En el límite

El odiado copago desata la demagogia

La aprobación por el parlamento de Cataluña del recargo de un euro en cada receta ha levantado numerosas críticas y actitudes airadas, que conectan con la sempiterna costumbre española de anteponer los impulsos a la razón, cuando no de primar la defensa a ultranza de particulares intereses. Así, los abanderados de unos etéreos “derechos” interpretan estas medidas como un ataque al Estado del Bienestar y a la “gratuidad” de la sanidad mientras otro grupo, contrariado por la elevada presión fiscal, se muestra irritado ante la implantación de una nueva tasa, que considera un intento de compensar el despilfarro publico en otras partidas. Sin embargo, la implicación directa del usuario en la financiación de la sanidad, esquema conocido genéricamente como “copago”, forma parte de una serie de reformas imprescindibles para mejorar la eficiencia de los servicios sanitarios públicos y, en último término, para garantizar su viabilidad.

Por algún arcano y retorcido motivo, los voceros del Estado del Bienestar tienden a rechazar sistemáticamente cualquier medida encaminada a evitar su quiebra. Consideran, quizá, que la repetición de unos mantras, solicitando un volumen creciente de escasos recursos para una sanidad universal y gratuita, pudiera actuar como un potente sortilegio capaz de conjurar maléficos obstáculos financieros y de eludir inexorables leyes de la economía.

Pero la sanidad no sólo no es gratuita, algo imposible por definición, sino que su coste experimenta una formidable tendencia ascendente en el tiempo, no sólo porque los avances en medicina y farmacia resultan cada vez más caros, sino también porque el gasto sanitario crece exponencialmente con la edad de las personas. Así, el envejecimiento de la población va empujando a la sanidad pública hacia una situación financieramente insostenible, una suerte de trampa comparable a la del sistema de pensiones, incluso más compleja pues no puede paliarse con un simple retraso en la edad de jubilación. Por ello, la viabilidad del sistema requiere una reforma muy profunda, uno de cuyos pilares consistiría en una aportación directa de los usuarios y en una mayor flexibilidad para que los sujetos puedan elegir la cobertura de ciertos riesgos adicionales, dentro de un marco caracterizado por una implicación más intensa del sector privado.

Los propósitos y fundamentos del copago sanitario

La necesaria recaudación para financiar eficazmente la sanidad es, tan sólo, una función secundaria del copago. Su principal misión consiste en racionalizar y moderar la demanda, acercándola a un volumen más deseable, con el fin mejorar la eficiencia y el bienestar. En España, las visitas al médico y el consumo de medicamentos se encuentran en unas cifras mucho más elevadas que las de los países de nuestro entorno. Dado que nuestra salud no es peor que la de nuestros vecinos, puede colegirse un uso de los servicios sanitarios muy superior al socialmente deseable. Existe un apreciable porcentaje de actos médicos y consumo de medicamentos que resulta superfluo, cuando no perjudicial para la salud, sobreutilización que suele aparecer cuando el coste que soporta el cliente no depende de la intensidad de uso.

Con este esquema, el usuario debería pagar un moderado porcentaje del coste del servicio sanitario, o de la receta farmacéutica, pero su diseño óptimo resulta algo más complejo. Como el propósito es incrementar la eficiencia, el porcentaje cargado sería superior en aquellos servicios con una demanda más elástica (aquellos cuya utilización es más sensible al precio) y en los tratamientos que se consideren menos eficaces. Esta estructura de gravámenes constituiría una prueba de la inexistencia de un afán meramente recaudatorio, pues en este último caso se cargarían preferentemente las demandas menos elásticas. Se trata de desincentivar tan sólo el uso innecesario del sistema sanitario con el fin de lograr una mejor atención de aquellos pacientes que realmente lo requieren. Por supuesto, debe existir un tope máximo de pago para evitar un recargo excesivo sobre los pacientes crónicos, pudiéndose contemplar otras excepciones, como tarifas más bajas para los pacientes con menores ingresos.

El copago ya existe en Europa

Los copagos constituyen una medida eficaz pero deben formar parte de una estrategia mucho más amplia, incluyendo otros mecanismos que afecten igualmente a los incentivos de profesionales y proveedores. En realidad, estas reformas sanitarias no son tan novedosas pues ya han sido aplicadas en otros lugares: la mayoría de nuestros socios europeos, especialmente aquellos con un Estado del Bienestar más consolidado, dispone de algún esquema de pago por parte de los pacientes.

Por supuesto, resulta intolerable el nivel de ineficiencia, despilfarro y latrocinio que se comete regularmente con los recursos públicos en España pero el fundamento del copago sanitario no consiste, como parecen insinuar algunos, en recaudar aquello que malgastan o detraen ciertos dirigentes de otras partidas. Por ello, rechazar estas reformas con el argumento de que los gobernantes administran con poca diligencia los dineros públicos o pedir su aplazamiento hasta que Urdangarin, y otros, devuelvan todo lo transferido a paraísos fiscales, es decir ad calendas grecas, son actitudes que contribuyen a reforzar la extravagante creencia de que existe la gratuidad. Y, también, a preservar los intereses de aquellos que aspiran, a toda costa, al mantenimiento del statu quo.


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