En el límite

Ese obtuso discurso político

Comienza un nuevo curso político sin perspectiva de cambios apreciables en el monótono discurso de nuestros gobernantes. La radical transformación del entorno no altera esa escasa o nula capacidad de adaptación de unos dirigentes desprovistos de ideas y presos de esa singular inercia que proporciona una vida entera en la política. Perro viejo no aprende trucos nuevos. Apegados a los hábitos de siempre, no reparan en que las recetas del pasado perdieron su eficacia: la repetición de una mera consigna no logra ya la conformidad de la opinión pública. El régimen se halla en esa avanzada fase de degradación y pérdida de legitimidad donde no es posible disimular, y mucho menos tapar las vergüenzas, como paciente sometido a un potente aparato de rayos X.

En el llamado caso Bárcenas, la arraigada costumbre empuja a los dirigentes del PP a negar los hechos hasta el final, encubrirlos, taparlos sin asumir responsabilidad ni propósito de enmienda, confiando en que el hartazgo de la opinión pública, la pasividad de una parte de la prensa y el control de escalones clave del poder judicial acaben por conducir el escándalo al olvido. Sin embargo, tan burda estrategia deja al descubierto lo que era de público conocimiento: las numerosas componendas de los dirigentes del partido con Bárcenas apuntarían al partido como verdadero titular de las abultadas cuentas suizas aun cuando se valiese de titulares ficticios y testaferros.

La corrupción constituiría más la regla que la excepción en el funcionamiento de los partidos, y las comisiones ilegales una moneda de curso corriente en ciertas relaciones contractuales con la Administración, si bien sólo se descubrirían algunos episodios más por casualidad, por carambola, que como producto de una persecución ordenada y sistemática. No es que el sistema sea corrupto: es que la corrupción es el sistema.  

Corrupción ¿para gastos electorales?

Pero el culebrón del extesorero arroja también un torrente de luz sobre aquello que sólo se sospechaba. En contra del benigno rumor difundido por la clase política, el grueso de los ingresos corruptos no se destinaría a sufragar gastos electorales sino a establecer un sólido patrimonio que garantice una desahogada jubilación a los dirigentes políticos y una vida más acomodada en el presente. No de otro modo podría interpretarse la proliferación de cuentas e inversiones en paraísos fiscales y en países con secreto bancario, que no parecían mermar sustancialmente en períodos electorales. Si se tratase simplemente de atender a apremiantes gastos corrientes, poco eficaz resultaría expatriar los fondos para luego repatriarlos en vísperas de la campaña electoral, con el consiguiente riesgo que implican tales movimientos. Para tal eventualidad, los fondos no habrían salido de nuestro país.

Por otro lado, se critica a Rajoy por dar la callada por respuesta ante el desafío independentista de los nacionalistas catalanes. Por aplicar la política del avestruz, pretender que los problemas se solucionen por sí mismos y esperar pacientemente hasta ver pasar por la puerta el cadáver del enemigo. Aunque tal estrategia parece cuadrar con el carácter de don Mariano, justo es reconocer que la falta de argumentos sólidos y coherentes ante tan grave problema no es una responsabilidad exclusiva de su persona. Desde su inicio, el Régimen de 1978 careció de discurso consistente o guía de actuación que equilibrase la abrumadora deriva centrífuga del Sistema Autonómico. Por ello, la iniciativa secesionista pilla a los políticos nacionales sin argumentos y con el paso cambiado.

Prácticamente todo podía transferirse a las Autonomías, no existiendo criterio objetivo y racional para distribuir atribuciones y responsabilidades entre Administraciones, tan sólo el interés político y partidista de cada momento. Los que durante décadas cantaron absurdas loas a la centrifugación de competencias a paletadas, sin rigor económico o político, calificándola como profundización de la democracia o como poción mágica para conjurar el diablo del separatismo, difícilmente pueden rebatir ahora la pretensión de la casta política catalana de asumir las pocas competencias restantes.

Dentro de la perversa lógica que ha regido el abierto Sistema Autonómico, la asignación de todas las atribuciones a una autonomía (independencia) constituiría una cuestión de grado, no de sustancia, el resultado final de un imparable proceso que sólo ha beneficiado a ciertas oligarquías políticas locales. Tampoco resulta muy convincente apelar al respeto a las leyes pues el comportamiento político de las últimas décadas no ha sido precisamente un ejemplo intachable de cumplimiento de la legalidad vigente. Por ello, un discurso territorial renovado, objetivo, libre de dogmas, mitos y tabúes, es algo que se encuentra fuera del alcance de los partidos mayoritarios.

Un préstamo o donación Real

Para completar el esperpento, sale a la luz que el Rey prestó o donó 1,2 millones a su hija, pretendiendo así tapar, con el privilegio de la inviolabilidad, parte del escándalo Cristina-Urdangarin. Craso error. En sus buenos tiempos, el manto real era tan amplio y extenso que podía cubrir al interesado y a cientos de tunantes, si ello fuera menester. Ahora sin embargo, tras sucesivos y enérgicos lavados, la túnica ha encogido de manera tan alarmante que para vestir un santo se desviste otro, aunque ninguno sea ejemplo de virtud. Y, al contrario que en el cuento, la desnudez real no suscita ese proverbial disimulo de los súbditos sino, más bien, la formulación de incómodas preguntas que saltan rápidamente al candelero: ¿de dónde viene esa fortuna del Rey que prestigiosos medios internacionales cifran en 1.800 millones de euros? Algunos retrotraen la explicación al ya lejano momento en que el monarca se afilió a comisiones sin necesidad de hacerse sindicalista.

Así que solo resta a los gobernantes aferrarse a la posible recuperación de la economía como un disolvente de los grandes males patrios. Pero las perspectivas no son tan boyantes como el gobierno pretende pues las previsiones para 2014 vaticinan cierto estancamiento o, como mucho, un crecimiento muy ligero, todavía insuficiente para generar una reducción sustancial del desempleo o una mejora apreciable del nivel de vida de la gente. Y mucho menos para cubrir la falta de discurso político ni la caída en picado de la credibilidad de unas instituciones controladas por mafias partidarias. Una vez que los vientos han escapado, ni el más habilidoso mago o el más poderoso héroe mitológico son capaces de volverlos a encerrar.  


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