En el límite

El nudo gordiano catalán

Como es costumbre en la España actual, la creciente deriva independentista en Cataluña ha suscitado debates que nada tienen que ver con el verdadero problema. Sostienen algunos que un nuevo pacto fiscal, otra organización territorial o una postura clara de la Unión Europea podrían acallar esas sonoras voces que, denunciando agravios, afrentas y ultrajes, exigen la separación. Craso error, los impulsos secesionistas no responden tanto a un cálculo racional como a una potente marea emocional que, paradójicamente, puede crecer como consecuencia de una recesión económica.

La potenciación de la identidad y la autoconfianza son los mecanismos psicológicos que alimenta los nacionalismos. El ser humano tiende a mostrar inseguridad con respecto a su identidad, cualidades, valores o la propia autoestima, algo que se acrecienta en momentos de crisis económica. Identificarse con una nación, sea ésta real o imaginada, lleva al sujeto a atribuirse todas las supuestas cualidades y virtudes de una idealizada colectividad y a establecer unos potentes lazos emocionales con sus símbolos. El nacionalismo necesita, además, crear un enemigo contra el que definirse pues la sobrevaloración de las propias virtudes requiere la atribución de los vicios y defectos a los “otros”. Así, se forja un relato, siempre exagerado o falso, repleto de tópicos, en el que en el que se traspasa al rival los males y, sobre todo, la culpa.

Este impulso nacionalista ejerce un enorme atractivo porque permite aliviar esos conflictos interiores, contradicciones e inseguridades que aquejan a todo ser humano, proyectándolos hacia el “enemigo”. Proporciona una sencilla vía para sentirse, sin esfuerzo, justo, cabal y repleto de razón. Para considerarse una víctima, disfrutando de una enorme superioridad moral y del derecho a un trato de favor. El peligro consiste en que, lanzando al exterior las miserias humanas, el nacionalismo sustituye el conflicto psicológico interior por otro político y social de mucha mayor gravedad, que puede llevarse por delante la convivencia.

La ideología como una de las señas de identidad

Todo esto explica que un mundo cada vez más complejo, cambiante y globalizado haya sido testigo de un fuerte resurgimiento de estos impulsos en muchos lugares del mundo. Los cambios rápidos y profundos implican un riesgo para la identidad y empujan a muchas personas a refugiarse en el grupo, en la tribu, como una forma de lidiar con la confusión y la inseguridad del mundo exterior.

Pero el nacionalismo catalán posee una peculiaridad adicional. Al contrario que en otras partes del mundo, no dispone de diferencias de raza, religión u origen étnico para separar con nitidez “nosotros” de “ellos”. Y el idioma tampoco es un criterio definitivo pues muchos catalanes tienen como lengua materna el castellano. Las similitudes con el enemigo, los españoles, son mucho más abundantes que las diferencias. Solución: la ideología, ser nacionalista o no serlo, se convierte en uno de los criterios fundamentales de distinción y clasificación. Así, dentro de ese imaginario, los no nacionalistas serían considerados catalanes, tan sólo a medias.

Esta buscada confusión de la identidad catalana con una ideología política estaría en la misma base de muchos equívocos y malos entendidos. Explicaría las misteriosas afrentas a Cataluña, que sólo ven los nacionalistas. Lo que todo el mundo consideraría una mera crítica política es sentida por los independentistas como un ataque a Cataluña pues, para ellos, la ideología nacionalista no es sólo una forma de pensar sino un rasgo distintivo de su identidad nacional. También explicaría que muchos inmigrantes adopten ese imaginario como un intento de ser aceptados en el grupo.

Naturalmente, el conflicto no surge espontáneamente sino que ha sido espoleado desde el poder por ciertas oligarquías, que encuentran su piedra filosofal azuzando las emociones del público y canalizándolas hacia sus intereses. Décadas de siembra en el sistema educativo, más la incesante propaganda de unos medios completamente controlados por el poder, producen finalmente ciertos resultados. Sin embargo, una vez desencadenado ese sentimiento, el proceso se vuelve autónomo, muy difícil de controlar.

Los enjuagues de nuestros constituyentes

Toda la clase política, y no solo la nacionalista, es muy responsable del peligroso odio sembrado. La Constitución del 78 no fue un intento de crear unas reglas del juego claras y eficaces sino un enjuague para dar satisfacción a todos los partidos políticos. Implicaba conceder a los partidos nacionalistas todo lo que pidieran y darles manga ancha para actuar en su Comunidad Autónoma según su voluntad, sin interferencias. Nadie fue consciente, o no quiso serlo, de que la cesión absoluta, incluso concediendo una de las autonomías más amplias del mundo, resultaba contraproducente. Ni de que un marco político, como el español, donde los poderosos no suelen cumplir las leyes, constituye un caldo de cultivo óptimo para estos movimientos.

Como los nudos gordianos, sobrellevar el problema nacionalista quizá requiera enfoques imaginativos. Aceptar que no se trata exactamente de un conflicto de intereses, aunque quienes lo alientan desde el poder busquen el beneficio propio. Que constituye un error caer en la dinámica nacionalista de “ellos y nosotros”, acometer discusiones estridentes, lanzar acusaciones indiscriminadas sobre cuestiones de dinero o alentar absurdos boicots comerciales, que perjudican a muchas familias y sólo logran exacerbar todavía más las emociones. Tampoco será Bruselas quien resuelva el contencioso.

Son los catalanes no nacionalistas quienes, a través de un mayor protagonismo y presencia política, pueden contener esa peligrosa deriva. Estos ciudadanos han resistido la fuerza de la corriente y, a pesar de la presión política y social, desean mantener también su condición de españoles. Son ellos los verdaderos héroes en esta tragicomedia. Han sido abandonados a su suerte durante muchos años, mientras sus derechos eran conculcados. Saben que el sistema político español deja mucho que desear, con toda su partitocracia, caciquismo y corrupción. Pero también son conscientes de que una Cataluña independiente, gobernada por la casta política actual, sería un lugar igualmente corrupto y arbitrario pero mucho más asfixiante para el que desee vivir en libertad. Tienen la posibilidad, y quizá el deber, de convencer a sus conciudadanos de los enormes costes que conlleva tan arriesgado proceso y de las ventajas de mantener la autonomía. Son ellos quienes merecen todo el apoyo y comprensión.

No sirve de nada realizar cambios, o aceptar concesiones, creyendo que los secesionistas quedarán conformes: nunca ha resultado ni resultará. Se trata de reformar el sistema para que la inmensa mayoría de los españoles, catalanes o no, nos encontremos bien representados y podamos confiar en nuestras instituciones. Una emoción negativa sólo puede contrarrestarse con la razón y con fuertes dosis de ilusión: construir una nueva España política de la que todos nos sintamos orgullosos.


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