En el límite

Algo se mueve

Resulta llamativa la creciente sensación de pesimismo que embarga a muchos ciudadanos ante los recientes abusos de nuestra clase política. Cunde la desesperación al percibir que la arbitrariedad y el desafuero aumentan de manera incontenible en los últimos tiempos. Pero se trata de un error de apreciación. Los gobernantes no han cambiado sustancialmente su comportamiento o actitud en las últimas décadas. Ni se ha transformado la naturaleza del sistema político, aun habiendo alcanzado su fase de descomposición. Lo que se ha movido es la conciencia de los ciudadanos. Ese vértigo proviene de la contemplación por vez primera de la auténtica naturaleza del Régimen Político. Diera la impresión de que el andén retrocede pero es el tren el que, finalmente, se ha puesto en marcha.       

Las arbitrariedades, aceptadas antaño de forma natural, generan ahora un indisimulado cabreo e irritación. El reciente reparto en el Gran Teatro de Marionetas, conocido como CGPJ, ha levantado una irresistible marea de repulsa e indignación. Enfado sorprendente y llamativo pues estos enjuagues vienen cometiéndose regularmente desde hace muchos años. Uno similar fue perpetrado el año pasado en el Tribunal Constitucional, cuando Rajoy y Rubalcaba se adjudicaron dos muñecos de cera por barba, sin apenas crítica mediática. Y otro, cuando un recién elegido Mariano Rajoy cantó, en su particular ceremonia de los Oscar y entre grandes aplausos de la opinión pública, los nombres de los presidentes de Congreso y Senado, antes incluso de que las Cámaras pudieran constituirse.    

Sin embargo, las decisiones caciquiles conllevan ahora una fuerte contestación. Un duro reproche que ya no es promovido y manipulado por el partido de la oposición, ni puede encuadrarse en el falaz esquema izquierda-derecha. La desaprobación alcanza al sistema en su conjunto, a todos los partidos firmantes del pacto de la Transición. Y las críticas se dirigen a la raíz de los problemas, no a aspectos accesorios o estéticos. Así, se ha considerado intolerable el reparto del CGPJ por vulnerar el principio de Separación de Poderes y ninguno de los partidos agraciados se ha librado de los calificativos. 

Una revolución del pensamiento

Los cambios en las mentes no se manifiestan de manera espectacular, tan sólo ofrecen señales para quienes observan con paciencia. Pero acaban desembocando en auténticas revoluciones del pensamiento que, de manera discreta y sosegada, van creando condiciones propicias para el cambio político y social. A medida que se difunden nuevas ideas, con mayor capacidad explicativa, se transforma a pasos agigantados la visión de unos ciudadanos que buscan sentido y explicaciones coherentes. Hasta ahora, la concepción política dominante era la establecida por el propio Régimen y difundida por sus caducos terminales mediáticos. Pero este esquema ha ido acumulando demasiadas fracturas, perdiendo sus postulados mucha credibilidad.  

Como consecuencia, la engañosa concepción política oficial está siendo rebasada por momentos. Su principal pivote, la teoría de que el Parlamento representa la soberanía popular y, por tanto, que el legislativo puede nombrar directamente los miembros de las principales instituciones del Estado, ha colapsado ante la evidencia de que diputados y senadores se limitan a apretar un botón a una orden del jefe del partido. Se derrumba con estrépito esa otra engañifa, vendida desde la Transición, según la cual la democracia consiste simplemente en votar cada cuatro años a una lista. Cada vez resulta más obvio que, sin separación de poderes y adecuados controles, el mero voto no puede evitar la apropiación exclusiva e interesada del poder por partidos y grupos de presión cercanos. 

Pocos creen ya que los masivos traspasos de competencias a las Autonomías hayan beneficiado al ciudadano: más bien a oligarcas y caciques. O que los numerosos episodios de corrupción sean meros casos aislados: constituyen, por el contrario, un producto consustancial al Régimen, uno de los pilares que sustentan el nefasto sistema de reparto de rentas. 

Un nuevo paradigma político

Si el pivote fuerte del Régimen consistía en un engañoso concepto de soberanía popular, su trinquete, el mecanismo de defensa ante la reprobación, descansaba en la propagación de una falsa confrontación izquierda-derecha. Un “divide y vencerás”, que incitaba a cada individuo a encuadrarse en uno de los dos irreconciliables bandos. Una estrategia dirigida a desviar el descontento al terreno emocional, donde las críticas se neutralizaban entre sí. Para ello, las cúpulas de los partidos solían representar una comedia de enfrentamiento verbal, mientras pactaban el reparto de poder e ingresos entre bambalinas. Pero esa polarización izquierda-derecha se va transformando paulatinamente en otra distinta: ciudadanos-casta política o sociedad civil-oligarquía partidaria. 

El cambio se producirá en toda su dimensión cuando el nuevo paradigma, tras desplazar al anterior, acabe permeando el pensamiento de la mayoría de los ciudadanos. La experiencia muestra que las expresiones de descontento basadas en la simple emoción, sin un esquema de pensamiento complejo detrás, conducen sólo a la desmoralización. Los participantes en el 15 M pueden atestiguarlo con crudeza. De ahí el papel crucial de periodistas, comunicadores, intelectuales, columnistas y asiduos a los foros de opinión, para impulsar con eficacia unas ideas que, por su coherencia y capacidad explicativa, se difunden a gran velocidad. 

Una vez resquebrajado el telón, surge la visión del camino que permite abandonar el laberinto político, esto es, el conjunto de reformas necesarias para caminar hacia un régimen de libre acceso. La democracia no es un sistema mágico y su instauración formal no genera automáticamente buenos resultados. El voto es necesario pero no suficiente si el sistema carece de una adecuada separación de poderes. O no dispone de complejísimos controles, equilibrios y contrapesos, que deben ajustarse cuidadosamente cuando se produce algún fallo. O cuando las instituciones no actúan de manera neutral sino partidista, favoreciendo a determinados grupos de intereses. Todos estos conceptos, que se encuentran en los autores más clásicos, fueron ocultados deliberadamente en el Pacto de la Transición. Por ello, la difusión de las ideas constituye un verdadero peligro… para aquellos que pusieron el poder al servicio de sus intereses.  


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