En el límite

La muerte de la sociedad civil

La notoria pasividad, la nula visión histórica de Mariano Rajoy al dejar pasar el último tren, la última opción de reforma política, ha conducido al Régimen a un callejón sin salida. Desvanecidas las expectativas de evolución hacia un sistema de libre acceso, con controles, contrapesos e instituciones neutrales, un porvenir conflictivo, poco halagüeño, aguarda a la vuelta de la esquina. Y los monstruos de las profundidades se relamen al olfatear la presa asomada al abismo. "Sólo cabe agarrarse a la iniciativa de la sociedad civil", afirman algunos. "Abandonad toda esperanza", replican otros, "los ciudadanos constituyen una masa informe, carente de aliciente, estímulo o capacidad para transformar la realidad". ¿Existe en España la sociedad civil, esa ciudadanía consciente, decidida a tomar postura activa para corregir el rumbo?

Muchos ciudadanos poseen ese sentido de la justicia que les impulsa a defender aquello que consideran equitativo, por encima de sus intereses personales

El individuo aislado raramente dispone de motivación para ejercer un control eficaz de sus gobernantes. Ni siquiera incentivos para depositar concienzudamente la papeleta por la enorme desproporción entre los costes de obtención de la información y el nulo efecto de un sólo voto. Sin embargo, muchos ciudadanos poseen ese sentido de la justicia que les impulsa a defender aquello que consideran equitativo, por encima de sus intereses personales. A actuar por altruismo, dedicando tiempo y esfuerzo a causas que, no compensando personalmente sobre el papel, benefician a la sociedad en su conjunto. A dar los pasos necesarios para sentirse partícipes y protagonistas en la forja del futuro.

Pero estas tendencias o impulsos se pierden en el océano de la apatía y el conformismo cuando no encuentran cauce adecuado. En su ya clásica obra, Making Democracy Work, Robert Putnam desarrolló una interesante idea: la capacidad de la ciudadanía para mejorar la calidad de las instituciones políticas depende del Capital Social o beneficio colectivo esperado de la cooperación entre individuos y grupos, de las redes de interacción mutua, normas de reciprocidad y grado de confianza entre ciudadanos. Un capital social que se genera con abundancia cuando la gente participa intensamente en agrupaciones que, lejos de procurar beneficios individuales, persiguen el bien común.

La subvención mató al gato

La participación cívica inculca normas, promueve la cooperación, contribuye a forjar una identidad social común, a formar criterios razonados. Y constituye un contrapeso al poder político. El capital social potencia la preferencia por decisiones políticas encaminadas a beneficiar a la sociedad frente a las que solo favorecen a grupos concretos a costa del resto. Su ausencia deja campo libre a aquellos que se mueven por intereses egoístas, a los cazadores de rentas y ventajas, a quienes buscan arañar mayor trozo de tarta a costa del resto. Ésos que persiguen afanosamente la providencial página del BOE que otorgue jugosos privilegios a su grupo de presión. ¿Por qué en España prevalecen tan abrumadoramente estos últimos?

El Régimen de la Transición laminó sistemáticamente cualquier atisbo de organización ciudadana capaz de impulsar cambios políticos o de controlar a los gobernantes desde la sociedad civil

Tal como señaló con perspicacia Mancur Olson, la diferente estructura de costes e incentivos conduce poco a poco al predominio de grupos de intereses particulares sobre aquellos que buscan el bien común. Pero en España el proceso no ha sido lento y paulatino sino súbito y radical. El Régimen de la Transición laminó sistemáticamente cualquier atisbo de  organización ciudadana capaz de impulsar cambios políticos o de controlar a los gobernantes desde la sociedad civil. La inmensa mayoría de asociaciones y organizaciones fueron subvencionadas, compradas, desviadas de sus legítimos fines. La subvención ahuyentó a los bienintencionados y promovió a quienes sólo buscaban posición e ingresos a costa del erario.

La estructura jerárquica y cerrada de los partidos condujo la militancia política hacia la irrelevancia. Las bases fueron silenciadas, su papel reducido a aplaudir, callar, jalear o aclamar a una orden del jefe. El idealismo, el desinterés, la generosidad, el ansia de mejorar la sociedad dieron paso rápidamente al reparto de cargos, prebendas, sueldos y comisiones. Sólo los trepas, pelotas y aprovechados mantuvieron opciones de sacar tajada. Se crearon así unas élites políticas y económicas corruptas, extractoras de rentas. Y una crema de la intelectualidad severamente inclinada a venderse al mejor postor.

Inventando conflictos

La clase política desvertebró la sociedad civil promoviendo enfrentamiento donde debiera imperar la cooperación. Inoculó conflictos políticos inventados con el ánimo de dividir y dominar la sociedad, socavar la cohesión social o menoscabar la propia idea de nación. Generó una ciudadanía polarizada en grupos ideológicos fanáticos, incapaces colaborar entre sí. Pero fomentó la connivencia, el apaño y la componenda allí donde debía prevalecer la competencia. E introdujo el germen de la desconfianza por las grietas de infinitas y enrevesadas leyes que regulaban los aspectos más nimios de la vida privada, conduciendo a una extrema judicialización de la vida cotidiana.

La sociedad española, desvertebrada, desestructurada, tragó en silencio durante décadas miles de leyes caprichosas, discriminatorias, injustas 

La sociedad española, desvertebrada, desestructurada, tragó en silencio durante décadas miles de leyes caprichosas, discriminatorias, injustas. Innumerables enjuagues, estafas, embustes y trapisondas. Y, tras años de paciencia lanar, una parte se lanza irreflexivamente a los caminos, como masa dominada por la cólera, obnubilada por los cantos de sirena de cualquier caudillo, demagogo o redentor; creyendo a pie juntillas que hay algo nuevo bajo el sol. Ciega de odio y sed de venganza, derribaría cien veces las columnas del templo con tal de aplastar a los corruptos filisteos.

Quizá haya otra parte de la sociedad con suficiente cabeza y sangre fría para sentir la llamada del deber, identificar las imprescindibles reformas, unirse, cooperar entre sí, comprometerse a dedicar tiempo y esfuerzo a controlar al poder. Y a expulsar de sus cómodos sillones a los culpables del desaguisado sin que el pétreo techo se desplome sobre nuestras cabezas. Sería la prueba definitiva de que la sociedad civil no está muerta; tan solo hibernó para despertar en primavera. 


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