En el límite

¿Hay movilizaciones altruistas?

Incluso los más optimistas descartan que Rajoy contraiga una fiebre reformista que le impulse a tomar decisiones trascendentes en lo que resta de legislatura. Convenientemente vacunado, repetirá la acostumbrada representación, cambiando decorados para distraer y confundir a unos socios europeos ya hartos de tramposas argucias. Excluidas de la agenda todas las transformaciones capaces de abrir este hermético sistema que aplasta cualquier atisbo de iniciativa e innovación y comprobado el pétreo inmovilismo de una clase dirigente mediocre y refractaria a cualquier cambio que amenace su poder, la pelota queda en el tejado de una ciudadanía obligada a tomar las riendas, a impulsar con decisión el camino hacia el futuro, a romper esas barreras que sostienen los privilegios e impiden la participación política y económica.

Sin embargo, el movimiento ciudadano no se ha mostrado especialmente activo a la hora de exigir la evolución de este arcaico sistema de extracción y reparto de rentas hacia un nuevo régimen abierto, con igualdad de oportunidades, responsabilidad y trato equitativo. Ha existido contestación social sí, pero casi siempre circunscrita a esos consabidos conflictos por la distribución de rentas. Una presión de grupos que, afectados por la crisis o los recortes, con mayor o menor razón, reivindican una mayor porción del menguante pastel, a costa de otros. Una dinámica de colectivos que reclaman en beneficio propio, no de la sociedad en su conjunto, siguiendo la inevitable lógica de un sistema que asigna rentas según poder, influencia y capacidad de presión, no por mérito o esfuerzo. Incluso el 15 M, que comenzó exigiendo mejor representación política, acabó atrapado en las viejas consignas de reparto del presupuesto.

Esta aparente pasividad de la ciudadanía, su escasa movilización por un sistema más justo y eficiente, podría llevar a pensar que somos un país resignado, centrado en el día a día pero ciego ante el futuro. Una España de conformistas ‘sanchos’, reclamando su ración diaria de pan y vino, más que de visionarios ‘quijotes’. Sin embargo, esta aparente falta de entusiasmo por las reformas no implica que la gente no las desee o anhele. Significa, simplemente, que los mecanismos de la acción colectiva poseen una particular estructura de costes e incentivos que favorece la formación de pequeños grupos con intereses particulares mientras dificulta la organización de grandes colectivos ciudadanos en pos del interés general.

Movilízate tú, que ya me beneficiaré yo

Esa es la idea que lanzó Mancur Olson, allá por 1965, en un libro que pronto se convertiría en un clásico: The Logic of Collective Action: Public Goods and the Theory of Groups. Dado que organizarse, movilizarse y ejercer presión implica costes, cada sujeto sólo dará el paso si considera que las ganancias esperadas cubren esos costes. Desafortunadamente, las reivindicaciones que aportarían grandes beneficios a la sociedad proporcionan, paradójicamente, escasas ventajas al individuo movilizado. Y viceversa: aquéllas que ofrecen más ganancias al sujeto suelen generar pocos o ningún beneficio a la sociedad en su conjunto.

Movilizarse para exigir las reformas políticas y económicas, esos grandes cambios en las reglas del juego, plantea un objetivo con sustanciales beneficios para la nación pero escasas ganancias para el individuo que participa en la acción. Alcanzar un ‘sistema de libre acceso’, una auténtica democracia con sus controles y equilibrios, permitiría, a la larga, acrecentar el bienestar general pero estos beneficios se repartirían entre millones de personas con independencia de que hubieran incurrido en los costes de la movilización o no. El sujeto que vela por sus intereses experimenta una fuerte tendencia a rehuir la participación pues, conseguido el objetivo, disfrutaría igualmente de sus ventajas y, dado que el grupo debe ser necesariamente grande, percibe que su presencia aporta muy poco al resultado final. Señala Olson que, en estos casos, dominaría la postura conocida como free rider: dejar que sean otros quienes soporten los costes pues nadie quedará excluido de las ganancias si tiene éxito la reivindicación.   

Por el contrario, el sujeto se encuentra mucho más motivado para participar en un pequeño colectivo que busca rentas y ventajas. Los beneficios no están ahora dilatados en el tiempo sino que son palpables e inmediatos mientras la contribución propia se percibe mucho más determinante para el éxito final. Pero estos grupos obtienen sus ganancias en detrimento de otros colectivos, generalmente del contribuyente, nunca a costa de una clase política que posee los resortes suficientes para mantener sus privilegios. Una lógica en la que salen perdiendo aquéllos con menor capacidad de respuesta. Se refuerza así la dinámica grupal, propia del ‘régimen de acceso restringido’, generando graves riesgos en etapas de crisis: las tensiones entre grupos pueden llevar a un estallido del sistema cuando la tarta se reduce en exceso.

También actuamos por altruismo, ilusión y dignidad

Son conclusiones pesimistas y, sin embargo, la realidad ofrece salidas a este vicioso círculo. Los ciudadanos reaccionan a costes y beneficios pero no siempre se muestran tan fríos, calculadores e interesados. Poseen también un profundo sentido de la justicia, que les impulsa a defender aquello que consideran equitativo por encima de sus intereses personales. A actuar por altruismo, dedicando tiempo y esfuerzo a empresas idealistas que beneficiarán a otros, tan sólo por sentirse partícipes y protagonistas de la forja del futuro. A participar en causas que, aun no compensando personalmente sobre el papel, proporcionan optimismo e ilusión de un cambio favorable.

Ganar el futuro para España y vencer el problema de la acción colectiva, tan magistralmente descrito por Mancur Olson, requiere un proyecto serio de futuro con un análisis sensato de los problemas, unos objetivos claros y una estrategia coherente. Los ciudadanos necesitan su diario sustento pero también esperanza, dignidad, sentimiento de orgullo por su país, confianza en sus instituciones y estilo de vida acorde con sus valores. Rechazan sentirse como entes pasivos y abúlicos, que se cruzaron de brazos mientras la clase política mantenía un régimen ignominioso y corrupto, sólo formalmente democrático, que conducía a la pobreza y a la degradación.

No es hora de pesimistas, timoratos o pusilánimes. La historia se mueve ante el empuje de personas con convicción y voluntad de cooperar, cada una con su granito de arena. De  ciudadanos que no se limitan a desahogarse despotricando de la clase política y que, ante la dificultad, no se preguntan qué va a pasar sino qué pueden hacer.


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