En el límite

El mito de Suárez

Desde que se conoció el fallecimiento, políticos de todas las tendencias se deshacen en elogios y alabanzas a Adolfo Suárez: hombre extraordinario, creador de consensos, forjador de las libertades que ahora disfrutamos. El fenómeno es sorprendente. Quiénes hoy lo elevan a los altares son los mismos que le vilipendiaron, despellejaron y arrastraron por el barro mientras se mantuvo activo en la política. ¿Mala conciencia? ¿Intención de reponer el daño? De ningún modo. La santificación de Suárez no pretende reparar pasadas ofensas ni entonar el mea culpa. Es un burdo intento de recomponer a toda prisa el Mito de la Transición, esa leyenda heroica justificadora del actual Régimen Político. Una utilización torticera e interesada de la figura del antiguo presidente del gobierno.

La historia oficial de la Transición posee todos los rasgos de mito fundacional, un género narrativo que hunde sus raíces en el pasado más remoto de la humanidad. Es el relato prodigioso de la creación de un Régimen a través de las hazañas de un héroe, esa persona con cualidades extraordinarias que se enfrenta a duras pruebas, a fuerzas colosales, lucha con sanguinarios monstruos o desafía a dioses vengativos. El protagonista se sacrifica finalmente para salvar a los suyos pero su legado genera en el pueblo un sentido de aceptación y pertenencia. ¿Y quién es aquí el héroe mitológico? Hasta tiempos recientes, este papel correspondía a Juan Carlos, un actor que, aún encontrándose en las antípodas del heroísmo, siempre recibió buena aceptación de crítica y público. Pero las revelaciones sobre inconfesables negocios, falta de ejemplaridad o nula preocupación por el interés general, propiciaron su caída en desgracia y el relevo urgente por el denostado Suárez. La consigna es traspasar al difunto las antiguas cualidades del Monarca y seguir adelante con el mito.

Sin embargo, los muñidores de la trama olvidan que no se puede sustituir un héroe por otro en mitad de la función sin infundir sospechas. Menos aún cuando la información fluye mucho más aprisa que en los tiempos de Hércules, Ulises o Teseo. Los mitos contemporáneos sólo funcionan cuando la gente tiene disposición emocional a creerlos. Dejemos la leyenda y regresemos a la realidad. Suárez no fue el desastroso personaje del que todos, incluso el Rey, abominaron; ni tampoco éste otro, rayano en la santidad. Fue un hombre con luces y sombras; nunca gran estadista o héroe. Eso sí, la inanidad de sus sucesores contribuyó a agrandar su figura.

Más allá del mito

Quienes trataron Adolfo Suarez se sienten fascinados por su abrumadora simpatía, su don de gentes, su cercano trato personal. Fue precisamente esta cualidad la que, en ausencia de conocimientos profundos, le ayudó a medrar dentro del régimen franquista. Como hombre ambicioso, Suarez siempre supo a quien acercarse, halagar, a quien seducir con su amabilidad, con su radiante sonrisa. Conocía bien las debilidades humanas, esas pequeñas miserias que todos acarreamos. Sabía muy bien lo que cada uno quería oír.

Ante la inminente muerte de Franco, y relevo en la jefatura del Estado, la clase política comienza a tomar posiciones a fin de preservar su poder e influencia. Algunos todavía creen en la continuidad del franquismo sin Franco, pero son minoría. La mayoría comprende que España, ya en la órbita de los EEUU, está abocada a evolucionar hacia un sistema parlamentario. Se intensifican así las luchas intestinas entre grupos y bandos por capitalizar la reforma, por arrimar el ascua a la sardina. Finalmente, con el apoyo del Rey, resulta vencedora la facción capitaneada por Torcuato Fernández-Miranda, uno de los políticos más hábiles y maniobreros que ha dado la historia de España. Cuando los demás no han llegado, Torcuato ya está de regreso. Y tiene un plan. Él se mantendrá en segundo plano, manejando los hilos, mientras el Rey nombra presidente a un hombre de su confianza, Adolfo Suárez, a quien juzga atractivo para el público pero intelectualmente limitado. Por ello, cree, Suárez seguirá punto por punto sus órdenes, sin apartarse de la hoja de ruta.

El nuevo presidente muestra desde el principio valentía y arrojo, disposición a cumplir la misión encomendada. Pero los éxitos consecutivos van reforzando la confianza en sí mismo, hasta que se ve capaz de volar sólo, de emanciparse de la tutela de su valedor. Así, Suarez abandona el plan trazado y comienza a improvisar, a navegar sin mapa, brújula o sextante, tan solo guiado por su intuición, por su sexto sentido, ante el horror de Fernández-Miranda que fue a quejarse amargamente al Rey por la preocupante deriva. Según cuentan, un indiferente Juan Carlos respondió: "Torcuato, eso debiste pensarlo antes". 

Una trampa para elefantes

La Transición impulsada por Suarez tuvo éxito en la fase inicial, en la tarea de desmontar las estructuras políticas del régimen anterior. Pero cometió graves errores al construir uno nuevo. De audaces y decididos es desarmar un reloj pero sólo de constantes, pacientes y entendidos, armarlo de nuevo sin que sobren o falten piezas. Suarez poseía extraordinaria habilidad para desenvolverse en el corto plazo, en el regate rápido, pero le faltaba esa visión, esa concepción de largo plazo que sólo tienen los grandes estadistas. No cayó en la cuenta de que, para implantar una democracia de corte liberal, no bastaba con garantizar el voto e implantar un sistema pluripartidista. Era imprescindible establecer con minuciosa precisión todo un complejo sistema de contrapesos, controles y equilibrios que limitasen el poder, evitando el abuso de los gobernantes. La semilla de la degeneración estaba sembrada. La enfermedad se agravaría en las décadas posteriores ante el empuje de los partidos, colonizando todos los organismos del Estado, y la ausencia de reformas capaces de corregir el rumbo. 

Se elogia a Suarez por su flexibilidad, su inclinación al diálogo, su capacidad para encontrar consensos. Paradójicamente, también fue su principal defecto. La flexibilidad es peligrosa cuando se desconoce cuáles son los asuntos cruciales, aquéllos en los que no debe cederse. Y contraproducente otorgar alegremente cualquier concesión con tal de mantener el poder. Así, el tan cacareado consenso de la Transición fue más bien un cambalache, un reparto de la tarta entre los que estaban y los que llegaban. Oligarcas, caciques locales, burócratas de partido... todos tendrían su trozo de pastel, sus privilegios, aunque para ello fuera necesario multiplicar hasta el límite las estructuras administrativas. O ceder a los políticos nacionalistas la facultad de actuar sin intromisión, sin cortapisa, en su área de influencia. La Transición tuvo poco de proceso heroico y mucho de apaño, componenda y pasteleo.

Así, con el Régimen convertido en una auténtica trampa para elefantes, una estructura rígida muy difícil de reformar por la férrea resistencia de las oligarquías a ceder privilegios, se va Adolfo Suarez, un hombre que fue capaz de crear ilusión en muchos españoles. Puso todo su empeño, logró algunos éxitos pero, cual aprendiz de brujo, finalmente se vio desbordado por la enormidad de la misión, perdió pie y acabó en el suelo apaleado por sus propios compañeros. Su muerte es todo un símbolo, una señal de la decadencia y fin del Régimen que contribuyó a crear. Sin embargo, tras el costalazo del Rey, los gobernantes intentan montar a Suárez a lomos de Babieca para ganar, en nombre de ellos, la última batalla. Mejor que descanse en paz, que su memoria no se manipule en beneficio de algunos vivos. Porque ese altar que los políticos han preparado entre nubes de incienso, no es para Adolfo... es para ellos mismos. 


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