En el límite

Una manipulación mutante

Se diría que el ritmo mediático de la política española se ha acelerado hasta alcanzar una velocidad de vértigo. Constantemente surgen noticias impactantes, escándalos que concentran la atención del público generando sorpresa e indignación. Pero no por mucho tiempo. Al poco, cada acontecimiento "histórico" queda enterrado y olvidado, eclipsado por un nuevo imán que atrae todas las miradas. Y el torrente de comentarios y discusiones se desplaza con celeridad al nuevo objeto. Rítmicas explosiones, breves bocanadas de fuego se suceden sin pausa pero el viento dispersa al instante sus cenizas. El frenético giro del carrusel informativo impide divisar con nitidez los objetos luminosos que surcan continuamente el espacio a velocidad sideral.

La intensa controversia sobre la implicación del Rey en la "Operación Armada" se diluyó instantáneamente tras una inoportuna multa en la Gran Vía de Madrid, el enésimo desvío de fondos en Andalucía, unos sospechosos viajes al Golfo, la fugaz reaparición de Bárcenas, el último espectáculo de Elpidio... Al contrario que los yogures, las noticias impactantes mantienen una apretada fecha de caducidad. Como replicantes de "Blade Runner", brillan con efímera luz cegadora pero sus recuerdos se desvanecen "como lágrimas en la lluvia". Sin tiempo para elaboración profunda, sólo cabe contemplar brevemente la superficie de cada fenómeno. La trepidante montaña rusa oprime el estómago contra la garganta del público y priva de aliento a los columnistas que intentan ajustar el tiro a la diana de la actualidad. Pero el alocado caos no es producto de la casualidad; más bien reflejo de un agitado mar de fondo, de una renovada estrategia de distracción.

Los medios cumplen la importante función de fijar la atención del público en determinados temas. Seleccionan entre la catarata de noticias otorgando un lugar destacado a las más relevantes. Y, en circunstancias normales, mantienen en el candelero durante algún tiempo los asuntos más cruciales. La anomalía actual es la efímera duración de los temas graves, su rápida ocultación tras la siguiente noticia impactante. Una treta dirigida a disipar la mirada del público, a evitar su focalización en los asuntos sensibles. 

Un NO-DO postmoderno

Qué lejanos quedan esos tiempos en que la prensa establecía la agenda de los lectores a completo gusto y satisfacción de los gobernantes. Las noticias comprometidas, aquéllas capaces de cuestionar el statu quo, eran directamente silenciadas, ocultadas de la vista del público. Simplemente, no existían. El discurso informativo recreaba un NO-DO postmoderno, una tramoya orwelliana de orden perfecto salpicada de reportajes dignos del Hola. Juan Carlos era un Rey ejemplar, un dechado de virtudes. La Transición, un modelo para el resto de países. Nuestra Constitución, el hito que marcaba un antes y un después en la historia de España. Y el sistema autonómico, el remedio definitivo a todos los males territoriales, una vía para acercar los políticos al ciudadano... a una distancia tan corta que podían sustraerle limpiamente la cartera, pero siempre de forma indolora, con sonrisa de dentífrico. Había conflicto, claro, pero se limitaba a la inevitable riña partidaria, una impostada y teatral controversia de frases aprendidas, tópicos y trivialidades, que no impedía el amaño, el reparto de la tarta. El Régimen que nos "habíamos dado" era ideal; tenía que venir Internet a fastidiarlo todo.

La información comenzó a fluir de manera incontrolada, a fugarse por los huecos de la gran red limitando drásticamente la capacidad de los medios convencionales para silenciar noticias inconvenientes. No quedaban ya osados dispuestos a retener en el cofre todo aquello que pregonaba la prensa digital. Los lectores podían comparar y sentirse estafados. Pero los caminos de la manipulación son inescrutables. Si no puedes tapar un árbol... escóndelo en el bosque. Si antes eran la escasez e irrelevancia de la información las que confundían a la gente, ahora podría manipular la abundancia, el exceso, el arte de tapar un asunto relevante con otro llamativo. El número de prestidigitación despistaría al observador cambiando constantemente el foco de atención. Un truco de espejos para crear un público con memoria de pez, volcado en la rabiosa actualidad, en lo más "in" y lo más "cool", sumergido en una vorágine entorpecedora de la reflexión. Más que un lector, un espectador de tenis siempre a merced de los caprichosos vaivenes de la bola

Recuperar el hilo argumental

La celeridad con que desaparece cada escándalo genera una noción de intrascendencia e insustancialidad, la impresión de que las noticias se miden por su atractivo, por su capacidad de tocar la fibra sensible. Un asunto crucial puede taparse con una información irrelevante pero poseedora de un contenido emocional equivalente o superior. Así, la atención del público podría trasladarse, sin solución de continuidad, desde las causas e implicaciones del 23F... al papel de los agentes de movilidad. Esa sucesión de pinceladas rápidas y toscas, sin visión de conjunto, sin resolución, acabaría provocando cansancio y hartazgo tras una rutina de surgimiento de expectativas, caída, olvido y, finalmente, pérdida de perspectiva. 

Es necesario detenerse a reflexionar, tomar distancia del infernal proceso, separar el grano de la paja y buscar las causas últimas. Recobrar una visión de conjunto evitando que la rápida sucesión de árboles impida contemplar el bosque. Vivimos una crisis terminal, el fin del nefasto Régimen de la Transición. Una organización institucional carente de controles, equilibrios y responsabilidades. Repleta de favoritismo, privilegio, ignominia y corrupción. Una estructura cerrada, con clases dirigentes endogámicas, en constante defensa de sus intereses más inmediatos. Un sistema que, tras prometer el paraíso, se entregó a una orgía de pillaje y latrocinio, acabando con las esperanzas de millones de españoles. Ceden las carcomidas vigas, mostrando las vergüenzas tanto tiempo ocultadas.

El agitado balanceo no debe impedir la contemplación del horizonte. No sirven esas reformas cosméticas, superficiales, esos cambios lampedusianos destinados a conservar los privilegios de sus promotores. La transformación debe ser profunda, radical, dirigida a construir un sistema con responsabilidad, transparencia, rendición de cuentas, igualdad de oportunidades y drástica separación de lo público y lo privado. Es decir, un viaje hacia las antípodas del Régimen de 1978.


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