En el límite

Las leyes no son todo

No es difícil percibir el fuerte hedor que emana de la política española, ni el anhelo de cambio que ha arraigado en muchos ciudadanos. Regeneración es el vocablo de moda, un lema que los partidos van asumiendo para vender su producto. Y, con tanto uso y abuso, tanta repetición sin concretar contenidos, la idea se trivializa, se reduce a mera consigna. La regeneración de la política requiere reformas capaces de desterrar el clientelismo, el amiguismo, el intercambio de favores, garantizar la efectiva igualdad ante la ley, poner coto a la corrupción. Y promover gobiernos dispuestos a impulsar políticas favorecedoras del bien común. ¿Cómo conseguirlo? 

La historia está repleta de reformas constitucionales bienintencionadas que fracasaron. Y, para mayor complicación, ciertos marcos legales funcionan adecuadamente en algunos países pero no en otros

Algunos apuntan a un proceso constituyente, una nueva Carta Magna que corrija los defectos de la anterior. Seguramente están en lo cierto, pero quizá no baste. La historia está repleta de reformas constitucionales bienintencionadas que fracasaron. Y, para mayor complicación, ciertos marcos legales funcionan adecuadamente en algunos países pero no en otros, un hecho que incita a muchos a identificar la idiosincrasia de los pueblos, su genética o base cultural como la causa del problema. Una explicación demasiado pesimista, conformista, justificadora del execrable statu quo: si somos así, si no tenemos remedio, más vale dejar las cosas como están. Regenerar un sistema político no es tan sencillo como promulgar nuevas leyes, agitar con fuerza la manivela del BOE. No existe botón, palanca, modelo legal capaz de tornar instantáneamente la podredumbre en bondad. Pero la regeneración tampoco requiere un cambio de genes o sustrato cultural.

Las interacciones sociales y políticas no son ni perfectamente moldeables ni absolutamente rígidas: tan sólo equilibrios con fuerte inercia. El remedio depende de la situación de partida. Una vez que las relaciones en una familia, una asociación o una empresa se deterioran gravemente, el equilibrio perverso se enquista, creando un círculo vicioso. Y requiere un arreglo mucho más complejo que el aplicable a un conflicto puntual. Por ello, los sistema políticos muy deteriorados son inmunes a un mero cambio en la constitución: lo más probable es que ésta no se cumpla, sea en su letra en su espíritu.

Allí donde el poder no cumple las leyes

La corrupción está penada en todos los países y, sin embargo, en algunos es la excepción y en otros la regla. Con leyes similares, con regulaciones parecidas, en ciertos lugares los gobernantes respetan las leyes; en otros no tanto. Grandes pensadores señalaron hace siglos la gran dificultad que entraña obligar a los gobernantes a cumplir estrictamente las normas ya que no existe un poder o fuerza superior. La independencia del poder judicial es pieza clave e imprescindible pero insuficiente por sí sola: los jueces pueden llegar a ser tan corruptos como los políticos. Aunque la separación de poderes permita a los diferentes cuerpos del Estado controlarse entre sí, sirve de poco si las partes carecen de voluntad para vigilarse mutuamente, si existe un acuerdo tácito de vivir y dejar vivir... a costa del ciudadano.  

El régimen de intercambio de favores, el capitalismo de amigotes, el clientelismo, o la corrupción generalizada, son modos de actuación informales que acaban dominando sobre el espíritu de las leyes

No puede obviarse el importante papel que desempeñan las instituciones informales, esas pautas espontáneas que surgen de la interacción humana, las reglas de juego no escritas que restringen, dan forma a las relaciones sociales y modelan las creencias. Son la forma más antigua de organización social, muy anterior a la aparición del sistema legal, unos usos y costumbres con equilibrio robusto pero no inmutable.

Las reglas informales coexisten en todas las sociedades con las leyes. Pero en algunos lugares contradicen, se superponen y acaban sustituyendo al sistema legal, mientras que en otros lo refuerzan y complementan. Ésta es la diferencia entre los sistemas políticos sanos y los corrompidos: el proceso histórico ha llevado a cada país a un equilibrio diferente. Así, el régimen de intercambio de favores, el capitalismo de amigotes, el clientelismo, o la corrupción generalizada, son modos de actuación informales, con sus propias reglas, que acaban dominando sobre el espíritu de las leyes. Constituyen un regreso a los antiguos sistemas de relaciones personalistas, de bandas y mafias. Poco efecto tendrán las reformas si no logran romper esta fuerte inercia.

La era de los nuevos oportunistas

Las instituciones informales poseen su propia dinámica. Muchos individuos tienden a adaptar su conducta al comportamiento que esperan de los demás. Cumplen las reglas por la presión del entorno y porque acaban internalizándolas: considerándolas útiles y adecuadas, especialmente si observan que los demás también las acatan. Si las calles están impolutas, el individuo medio evita tirar un papel al suelo. Si se encuentran cubiertas de inmundicias, quizá lo deje caer sin sentimiento de culpa. El acto es el mismo... pero cambia la percepción del comportamiento de los demás. Es el famoso síndrome del cristal roto. Si percibe que sus conciudadanos son honrados, fiables, el sujeto medio tenderá a actuar con limpieza. Pero si cree que se encuentra entre pícaros, probablemente se resista a hacer el primo.  

No hay fórmulas mágicas para transformar las reglas informales pero existen vías que contribuyen a empujar el equilibrio perverso hacia otro más saludable

No hay fórmulas mágicas para transformar las reglas informales pero existen vías que contribuyen a empujar el equilibrio perverso hacia otro más saludable. Las reformas deben ser lo suficientemente profundas como para cambiar las expectativas de la gente, los incentivos y los mecanismos de selección de las élites. Deben romper la inercia, generar la creencia de que nada será como antes, de que se trata de un cambio estructural sin vuelta atrás. Transformar los sistemas de selección de las élites dirigentes, esos referentes donde se miran muchos ciudadanos, evitando que se compongan mayoritariamente de granujas y arribistas, sujetos que encuentran en el reparto de cargos un cómodo medio de vida.

Desgraciadamente, no hay buenas señales en el horizonte. Ningún líder, sea convencional o nuevo, muestra visión de largo plazo, una cualidad que sólo poseen los grandes estadistas. Mucho menos conciencia de las necesarias reformas. Y, para colmo de males, muchos oportunistas se van afiliando a los nuevos partidos a medida que mejoran sus perspectivas electorales. Por ahora... se vislumbra más de lo mismo.


Imagen: Justicia y Venganza Divina persiguiendo el delito (1808), de Pierre-Paul Prud'hon.


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