En el límite

¿Por qué leen esta sección?

Esta semana, segundo aniversario de Vozpópuli, se cumplen también dos años de mi colaboración en este gran medio. Recuerdo con agrado la recién montada sala de redacción y la sesión fotográfica para columnistas, donde coincidí con Javier Benegas y Juan Carlos Escudier, los tres mirándonos dubitativos mientras el fotógrafo espetaba "¿quién será el primero?". El resultado permanece a la vista de todos. O la inicial maquetación del periódico, una angosta cuadrícula para las columnas de opinión, que impulsaba a los autores a agudizar la imaginación, a crear un título muy breve pero sugestivo, costumbre que todavía permanece. Ya se sabe: quien se alarga no sale en la foto.

Pero no se trata solo de rememorar anécdotas, recuerdos, o de transmitir una merecida enhorabuena a todos los profesionales de este medio, comenzando por su director. Muchas felicidades y que la tarta sume muchas más velas para un diario que hace de la regeneración política una razón fundamental de ser. La efeméride es también una buena excusa para reflexionar sobre la actividad que cada semana nos ocupa, esa que absorbe tiempo y esfuerzo. Un buen momento para buscar en tan revueltos tiempos el sentido de las columnas de opinión… si es que tal existe. ¿No harían mejor los diarios digitales limitándose a buscar información, a dar la primicia, y que cada lector se las ingenie para opinar a su aire?  

Modestamente, creo que no. Para cualquier diario, y especialmente para éste, la opinión constituye un complemento imprescindible a la información, un valor añadido crucial. Muchos lectores deseamos estar informados pero también valorar, clasificar y enlazar las noticias que recibimos. Nos interesa conocer el comportamiento de los gobernantes pero además evaluar sus decisiones. Nos gusta estar al día de los acontecimientos pero también sopesar la relevancia de cada información, determinar las consecuencias futuras de los sucesos del día. Este es precisamente el papel de la opinión: ofrecer una guía, un marco para interpretar los hechos, un esquema argumental diferente, más coherente, útil y desinteresado que esas machaconas e interesadas explicaciones que suelen emitir los altavoces partidarios. Un enfoque que saque a la luz los graves problemas que aquejan a nuestro país, tan ocultados y disimulados por los políticos.

Una perspectiva crítica, a contracorriente

Aunque la pura información arroja luz sobre acontecimientos inmediatos, suele ocultar la parte trasera del escenario. Es la punta del iceberg de algún proceso social, político o económico que permanece oculto, entre bambalinas, esperando ser desvelado. Los simples datos no dicen nada relevante si no hay un esquema interpretativo detrás. Si no existe un marco analítico, una estructura de pensamiento donde encajar las noticias. Es ahí donde los hechos cobran significado, donde la información revela su verdadera trascendencia. No siempre las noticias implican lo que aparentan ni su relevancia guarda necesariamente consonancia con su repercusión mediática, ni mucho menos con lo que el poder pretende hacernos creer. Es labor de los columnistas desenredar la complicada madeja, ofrecer un análisis sosegado de los hechos, una visión con perspectiva siempre crítica, alejada de lo políticamente correcto, a contracorriente de las tendencias impuestas, un producto del pensamiento libre.  

Como lectores, carecemos de tiempo suficiente para documentarnos rigurosamente sobre cada una de las materias que componen la actualidad. Forjarse individualmente una fundada opinión sobre todos los asuntos requiere un derroche de recursos, tiempo y esfuerzo. El columnista intenta cubrir esta dificultad, allanando el camino. Propone interpretaciones razonadas de algún aspecto de la realidad, sugiere vías para abordar la comprensión de los fenómenos, proporciona explicaciones meditadas o, simplemente, anima a los lectores a reflexionar sobre algunos puntos que pudieran pasar inadvertidos. Su papel consiste en hacer la información más útil, señalando cómo usarla, cómo valorarla o cómo reaccionar ante ella, caminos que el lector seguirá, o no, según su criterio.

Aun así, la columna de opinión debe ser breve, amena y atractiva. El usuario de un diario digital lee el texto con un dedo en el ratón, ese gatillo tan sensible que se dispara a la primera contrariedad. Con su particular nave espacial "Enterprise", el lector se desplaza por el ciberespacio a la velocidad de la luz, trasladándose en décimas de segundo a otro articulista, o a otro medio, al menor signo de hastío o aburrimiento.  

Dar al lector lo que nunca ha escuchado

Es tarea del columnista mantener un pie en la actualidad y otro en el análisis, en el pensamiento. Su objetivo no es dar al lector lo que quiere escuchar sino aquello que nunca ha escuchado. Ofrecer un contrapunto, una refutación a la dominante interpretación oficial o partidista, generalmente interesada. Esta es la principal utilidad social, la gran fuente de prestigio y reputación para las secciones de opinión y, por ende, para los medios que las acogen.  

Aunque la opinión no pueda ser completamente neutral, el verdadero columnista debe ser riguroso, honesto y coherente, aplicando siempre la misma vara de medir, el mismo rasero, a cualquier acto, con independencia de quién lo lleve a cabo. Sujeto a equivocación, sí, pero nunca partidista, favorable a la corriente o interesado. Y dispuesto a aprender de quienes sostienen criterios distintos, a debatir con los que mantienen una visión diferente del mismo problema.

Con su estilo directo, sencillo, sin grumos, tostones ni tropezones, el articulista no pretende ser un técnico que asesora fríamente. Pero tampoco un predicador que lanza consignas desde el púlpito. A contracorriente de las consignas del poder, aspira a ofrecer una visión distinta, novedosa, en una columna breve, concisa, sugestiva, siempre sujeta a discusión y confrontación de los lectores pues los mejores criterios para el ciudadano libre surgen del debate abierto, sin reservas ni tabúes. En mi caso particular, prometo seguir intentándolo. 


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