En el límite

El latrocinio viaja en AVE

Todavía resuena el eco de voces animando a aprender de la recesión, a evitar los errores del pasado, racionalizar el gasto, ajustarlo a nuestras posibilidades. Unas lecciones dirigidas en exclusiva a los ciudadanos de a pie, nunca a unos políticos reacios a cercenar aquellas partidas beneficiosas para ellos mismos. "Consejos vendo... pero para mí no tengo". Aún inmersos en la crisis, suena ya el pistoletazo para nuevas líneas de AVE, tan modernas y vistosas pero extremadamente caras. Atrás quedan advertencias, alarmas, declaraciones de mea culpa, golpes de pecho, propósitos de enmienda. Bastó una relajación de la vigilancia para que la subasta de despropósitos, la barra libre de AVE a cada puerta, se abriera de nuevo. Amigos, la fiesta debe continuar.

Hace pocos días, la fanfarria anunciaba la reactivación de las obras hacia Galicia y Extremadura. Como de costumbre, sin rigurosos análisis que justifiquen tan millonarias inversiones. Mientras tanto, en Gran Bretaña la opinión pública discute a cara de perro la futura línea que uniría Londres con Birmingham, Manchester y Leeds, unas áreas metropolitanas muy densamente pobladas. Es un debate con pros y contras, números, argumentos y contraargumentos, defensores y detractores. Donde el Gobierno de David Cameron asegura que el contribuyente acabará recuperando su enorme aportación. En España el gasto es a fondo perdido, sin debate, con actitud conformista y un "nosotros también queremos". Pero pocas o ninguna de las líneas resistiría un concienzudo estudio de rentabilidad. Ni siquiera generarán un flujo de ingresos suficiente para cubrir los costes de funcionamiento. Miles de millones al saco de la deuda y el déficit perpetuo. Debemos bailar y celebrarlo: el dinero no es de nadie.

Marchando una de "pork barrel"

Parecía atisbarse una luz en la profundidad de la crisis indicando que los gobernantes renunciaban al disparatado plan de llevar la alta velocidad a todas las provincias, a cada rincón de nuestra geografía. Pero era un espejismo. Ni rectificación, ni retorno a la cordura. Sólo aplazamiento, un paréntesis hasta tiempos mejores. Los políticos difícilmente rectifican. Desde su particular perspectiva, tampoco yerran. La estrategia de gasto superfluo cuadra milimétricamente con sus objetivos: maximizar votos e ingresos para el partido y sus jefes. Una perspectiva cortoplacista, a la larga nefasta para los ciudadanos. Una deriva alimentada por la lógica del sistema: perversos incentivos conducen a decisiones nocivas para el interés colectivo. Al igual que el río fluye en sentido descendente, el sistema político español tiende a fabricar bombas de relojería que van estallando a medida que pasa el tiempo. Las reclamaciones... al maestro armero.

En ausencia de controles eficaces, se torna irresistible la inclinación a "comprar" votos con el dinero del contribuyente. A transferir fondos de partidas prioritarias, pero poco vistosas, a otras espectaculares, llamativas, pero de escasa utilidad social. A esas que generan popularidad, emoción, y contribuyen a la cosecha de votos. Un nuevo triunfo de la imagen sobre la sustancia. Así, al ritmo electoral, los gobernantes tienden a concentrar enormes dispendios en aquellas demarcaciones donde un pequeño número de votos puede provocar un vuelco, una mayoría absoluta. A repartir el "pork barrel" (o barril de carne de porcino) en lugares clave para sus particulares intereses.

Los caciques locales agitan al público en nombre del territorio, exigiendo más gasto en su distrito, sea necesario o no. Piden obras faraónicas, AVEs, aeropuertos, lo que sea con tal de ganar votos para el partido. Intentan convencer al respetable de que la línea de alta velocidad es un derecho inalienable, una vía para alcanzar autoestima, para equipararse al vecino. Enarbolan vistosos señuelos para esos votantes más instalados en las emociones, más vulnerables a la manipulación. Pocos señalan que tan costosas inversiones deben cumplir ciertos criterios, superar una estricta prueba de rentabilidad social, un análisis objetivo por técnicos independientes. Pero aquí no existe rigor, transparencia o rendición de cuentas; sólo reparto de favores a placer y voluntad. El intercambio de gasto por votos en un mundillo dominado por la arbitrariedad, la ausencia de reglas objetivas, en constante deriva hacia el desastre. Es el repetido triunfo de lo efímero sobre lo duradero, la victoria del espejismo sobre las bases sólidas. Los votos van y vienen pero la deuda, la desconfianza y el descrédito permanecen.

Un manantial de sustanciosas comisiones

Las ventajas inmediatas para los gobernantes van impulsando con fuerza las líneas de alta velocidad aunque éstas puedan conducir con el tiempo a la ruina. Pero no sólo hay votos en juego; también sustanciosas comisiones por la adjudicación de unas obras siempre trufadas de sobrecostes. Los perjuicios para el contribuyente, como el déficit de explotación y la deuda generada, aparecerán tiempo después, cuando los responsables puedan estar ya disfrutando de la dorada jubilación en Suiza o las Caimán.

Pero el problema no es exclusivo de España; se reproduce en otros países que ejercen la autoridad en ausencia de controles adecuados. Así, no puede extrañar que la línea de gran velocidad de Arabia actúe como un inmenso pastel, un panal de miel que atrae a peculiares personajes hacia el Golfo. Un inmenso reclamo para moscones, intermediarios y comisionistas. Con una gran diferencia. Nosotros carecemos de esos ilimitados fondos que permiten a reyes, jeques y emires pagar las obras a tocateja, repartir regalos a diestro y siniestro sin necesidad de endeudar a varias generaciones.

La miopía, esa irresistible tendencia a contemplar un horizonte temporal que no se extiende más allá de las próximas elecciones, es un defecto muy arraigado en nuestra política. Tanto que esta inconsistencia temporal, la tendencia a aplazar las consecuencias desagradables, poner parches a los problemas graves, tomar el atajo fácil, buscar los réditos inmediatos, dejar las cargas al que venga detrás, no construir con amplias miras y carecer de principios, de perspectiva de futuro, ha generado la espiral acumulativa que marca la decadencia y fin del Régimen de 1978.


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