En el límite

El incierto futuro de Felipe

La reciente abdicación de Juan Carlos resultó menos voluntaria que forzada, tal como muestran los últimos episodios del llamativo culebrón. En busca de una nueva estética, determinados grupos vieron en Felipe el detergente adecuado para un lavado de cara. Había que ganar tiempo, tomar impulso, proporcionar al sistema alguna bocanada de oxígeno. Pero las perspectivas para el nuevo Rey no resultan tan halagüeñas como piensan los tuercebotas muñidores del guion. La falta de credibilidad del Régimen, el pobre desempeño de la Corona y el tremendo hartazgo de la opinión pública piden a gritos reforma en profundidad, nuevos modos, no meros cambios cosméticos. De poco servirán la sombrilla, la crema solar o el flotador de patito. Si Felipe no se decide a nadar rápida y enérgicamente hacia la orilla, si se limita a flotar pasivamente a favor de la corriente acabará precipitándose por la rugiente catarata que se adivina tras el próximo meandro.

Desde la Transición, la Corona se caracterizó por un funcionamiento peculiar, bastante ajeno a las teóricas reglas formales. Aunque legalmente el Rey no disponía de poderes ejecutivos, numerosos indicios señalaban lo contrario. El enjambre de moscones, dudosos personajes que pululaban alrededor riendo las gracias, cantando alabanzas y ofreciendo valiosos regalos indicaba que el monarca podía otorgar favores palpables y tangibles. Cuadra en este esquema el caso Urdangarín y Cristina, donde numerosos sujetos pagaban para comprar supuestos favores del Rey. No, no se trataba en la práctica de un cargo meramente representativo y moderador. Había algo más. No predominaban las leyes, las reglas formales, sino otro tipo de normas no escritas, basadas en acuerdos tácitos y asentadas por su repetido uso: las instituciones informales.

Allí donde no existen mecanismos eficaces que garanticen el cumplimiento de las leyes, suelen aparecer acuerdos informales con sus propias y elaboradas reglas. Así, se otorgaría al Rey capacidad para gestionar por su cuenta compras de petróleo, organizar y decidir sus viajes de Estado o atender sus propios ‘negocios’. Incluso influencia en el nombramiento de ciertos ministros de defensa, el jefe de los servicios secretos o algún que otro presidente de empresa pública. A cambio, el Rey no se inmiscuiría en los manejos de los partidos, en esa estrategia consistente en fagocitar completamente unas instituciones cuyo funcionamiento estaba obligado a arbitrar y moderar. Este pacto para hacer la vista gorda ante las vergüenzas del otro se mantuvo con altibajos durante todo el reinado, conduciendo a un profundo deterioro del sistema.

La ‘real gana’ acabó siendo la regla general de procedimiento para la Corona. Y una vez en terreno pantanoso, era imposible no traspasar líneas de todos los colores, acumular muchos cadáveres en el armario. Siempre se pensó que Felipe no heredaría estas nefastas atribuciones informales pero la gran cantidad de personajes que comienzan a halagar, dar jabón por toneladas y propinar codazos por situarse en las cercanías del nuevo monarca, hacen temer lo peor.

Romper el indigno pacto con los políticos

Para escapar de la quema, Felipe debería renunciar de forma inequívoca a estos lamentables pactos tácitos con los políticos, atenerse a las normas formales, cumplir estrictamente con sus funciones. Exigir algo tan revolucionario en España como el cumplimiento de las leyes. Aunque ello suponga enfrentarse a los grupos que han impulsado un mero cambio lampedusiano, un proceso de renovación de caras y apariencias para que todo siga igual. El rey no tiene capacidad para liderar las reformas políticas, como se ha llegado a proponer, pero puede favorecerlas expresando su criterio contrario a la manipulación partidista de unas instituciones que debe arbitrar y moderar. Mostrándose favorable a la reinstauración de una separación de poderes que, aun recogida en las leyes, se difuminó completamente en la práctica.

Debería huir de la burda propaganda de exaltación personal, un arma de doble filo desastrosa a largo plazo. La legitimidad de la monarquía se abordó de manera equívoca desde la Transición, promoviendo a su titular, no a la institución. Así, la aceptación de Juan Carlos quedaba sujeta a ser el hombre que había traído la democracia, un personaje de singulares y sobresalientes virtudes. El sentimiento meramente juancarlista se diluyó rápidamente una vez descubierta la falsedad de las aseveraciones. Es peligrosa la exageración, la atribución de cualidades extraordinarias en un mundo digital donde la información fluye descontrolada a través de la red. Y donde la admiración se transforma rápidamente en formidable cabreo cuando la gente descubre que le han tomando el pelo reiteradamente.

Aunque nos encontramos ante una crisis política terminal, con el Régimen del 78 avanzando  con paso firme hacia su fin, el heredero podría salvar parte de los enseres renunciando a sus prerrogativas informales, huyendo de la ruidosa propaganda, haciendo autocrítica del pasado, ajustándose a unas reglas sensatas, cumpliendo puntualmente con sus funciones de moderación de las instituciones y mostrándose partidario de la regeneración democrática. Más vale un giro copernicano respecto a la trayectoria de su padre que quedar colgado de la brocha.

Ahora bien, si, como es probable, se aferra a la inercia del pasado, intenta agradar a todos sin mojarse, abraza un discurso repleto de lugares comunes, vaguedades, ambigüedades, sin autocríticas ni responsabilidades, desviando las reclamaciones al maestro armero, su posición se irá deteriorando con el paso del tiempo. Si decide ir a remolque sin tomar la iniciativa, si piensa que el puesto le corresponde por derecho de sangre, sin esfuerzo ni riesgos, irá notando poco a poco que sus reales posaderas no descansan sobre un sólido trono sino sobre una silla de montar en el agitado rodeo. Y entonces sí que deberá estar verdaderamente "preparao" para un buen costalazo o cualquiera otra eventualidad.  


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