En el límite

Has fumado, Costos

La información filtrada por Edward Snowden, antiguo empleado de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA), ha desatado todo tipo de reacciones entre los aliados de EEUU, desde la airada denuncia a la educada petición de explicaciones. Al parecer, numerosos dirigentes fueron espiados en una masiva operación de inteligencia. Incluso el famoso móvil de Angela Merkel habría sido pinchado, seguramente con poco gozo y disfrute para sus escuchadores. Parecería justificado este malestar por la traición del socio, por ese abuso de confianza del amigo. Pero se trata de una mera tormenta en un vaso de agua.

En realidad, Snowden no descubre nada nuevo: todos los países se espían entre sí, en función de su capacidad. A los enemigos por motivos obvios. A los aliados para determinar sus movimientos, prever sus decisiones o conocer sus contactos con otros países. Y también porque en industria y comercio, incluso los más amigos son competidores. El pacto tácito entre gobiernos tolera esta caótica pesca de información pues nadie puede tirar la primera piedra. La vertiente cómica aparece cuando la noticia salta a la opinión pública, obligando a los dirigentes a salvar la cara, a representar una emotiva función fingiendo decepción, dolor o indignación.

Bernard Kouchner, antiguo ministro de exteriores francés ha declarado: "Seamos sinceros, nosotros también interceptamos las comunicaciones. Todo el mundo escucha a todo el mundo... La diferencia es que nosotros no disponemos de los mismos medios que los Estados Unidos”. Por su parte, Bernard Squarcini, anterior jefe del contraespionaje galo señaló: “Los servicios saben perfectamente que todos los países, incluso los aliados en la lucha antiterrorista, se vigilan entre sí. Los americanos nos espían en el comercio y la industria, como nosotros les espiamos a ellos. Es de interés nacional defender nuestras empresas. Nadie se lleva a engaño”.

¡Qué vergüenza, aquí se fuma!

Pero se trata de un asunto que los países niegan sistemáticamente. Todos repiten hipócritamente que en este local está prohibido fumar pero todos lo hacen y saben perfectamente que los demás también fuman. En España, tras conocerse que la NSA habría registrado más de 60 millones de llamadas telefónicas en un mes, el Ministerio de Asuntos Exteriores se aprestó a convocar al flamante embajador de los EEUU, James Costos, que acudió puntual a la reunión para escuchar las quejas. “Sabemos que fumas, Costos”.Pues a buenas horas os enteráis”.  

El comunicado posterior de la Embajada de EEUU resulta revelador: “Estados Unidos reconoce que algunos de nuestros más cercanos aliados han expresado su preocupación por la reciente serie de divulgación no autorizada de información clasificada. Los programas a los que se hace referencia en algunas de estas informaciones son programas de seguridad nacional que han desempeñado un papel fundamental en la protección de los ciudadanos de Estados Unidos. También han jugado un papel primordial en la coordinación con nuestros aliados y también en la protección de sus intereses”.

Muy diplomáticamente, el embajador Costos parece insinuar que, en algunas operaciones, distintos servicios secretos habrían cooperado con los EEUU. Existiría connivencia para obtener una información aprovechable por el gobierno del país objeto de escuchas. No sólo todos fuman sino que, en ocasiones, también se dan fuego entre ellos. Especialmente cuando las leyes prohíben a las agencias nacionales recoger información indiscriminada en el propio país. Todo ello agravado por la ya antigua costumbre europea de delegar su responsabilidad defensiva en los EEUU. Y por la relajación de escrúpulos causada por la creciente amenaza del terrorismo internacional.

Este pacto tácito entre países, aceptando que todos van a recibir la visita de espías y que cada uno debe distribuir los suyos convenientemente, es bastante antiguo. Y los dirigentes no van a modificarlo porque ciertos episodios hayan salido a la luz. Sin embargo, el entorno se ha transformado tanto en los últimos tiempos que las reglas del juego requerirían una profunda revisión. Al menos si deseamos preservar la libertad ciudadana.

Las nuevas tecnologías transforman el panorama

El objetivo final del espionaje, obtener información sensible, no ha cambiado con los tiempos pero la tecnología ha avanzado de manera radical. Ya no es necesario fotografiar pacientemente los impresos con una pequeña cámara, como en Operación Cicerón de Joseph Mankiewicz, ni encontrar un fenómeno capaz de memorizar todos los documentos para escamotear la información sin infundir sospechas, como en Treinta y Nueve Escalones de Alfred Hitchcock. Todas esas películas quedaron obsoletas para los modernos servicios secretos.

El vertiginoso avance en la tecnología permite hoy rastrear millones de llamadas y codificarlas sin necesidad de escucha humana. No hay cambio en las reglas del juego pero la expansión de las posibilidades de vigilancia transforma drásticamente el panorama, convirtiendo las operaciones de inteligencia en una amenaza, no ya para los dirigentes o para el Estado, sino para los habitantes de los países pretendidamente libres. Antes, la recogida de información debía limitarse necesariamente a unas pocas fuentes. Ahora, las operaciones pueden inmiscuirse en la vida privada de todos los ciudadanos.

Al igual que las armas nucleares cambiaron el equilibrio estratégico y las formas de hacer la guerra, las nuevas tecnologías deben transformar completamente ese pacto tácito entre países, poniendo límites al espionaje considerado “tolerable”. Algunos gobernantes europeos han señalado la necesidad de un acuerdo con los EEUU antes de final de año pero no han adelantado directrices ni propuestas. Aunque exista la tentación de estipular un veto a las escuchas directas a altos dirigentes (quizá lo que verdaderamente ha molestado a los gobiernos), lo que el pacto debería impedir es el espionaje indiscriminado, su extensión a la esfera particular y privada. Los líderes disponen de eficaces medios para protegerse; los ciudadanos no. Aunque exista una imperiosa necesidad de combatir el escurridizo terrorismo internacional, alguien debería explicar si es menester rastrear 60 millones de llamadas cuando las que pudieran tener interés geopolítico, o antiterrorista, no pasarían de unos pocos miles.


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