En el límite

La falacia de la austeridad

Los nuevos gobernantes griegos de Syriza han proclamado el final de la austeridad, al modo que Francis Fukuyama anunció el fin de la historia. Abajo las estrecheces, vivamos de nuevo con desahogo, zafémonos de la opresora bota que aprieta el cuello. Atemos los perros con longaniza. ¡Menuda sorpresa! Aquello que siempre se consideró virtud, como la frugalidad, la moderación, la mesura, se ha convertido de la noche a la mañana en vergonzosa lacra, en un vicio impuesto por los despiadados bárbaros del Norte. ¿Nos encontramos por ventura ante algún error de concepto, falacia o perversión del lenguaje? Por definición, el Estado debe ser siempre austero, prudente en el gasto, utilizar cuidadosamente esos dineros que tanto cuesta ganar a los contribuyentes. Y acometer sólo los desembolsos necesarios para el mantenimiento de los servicios útiles al ciudadano. Nunca derrochar, dilapidar, ni siquiera en etapas de elevada recaudación. La cordura exige mantener en todo momento un nivel de gasto acorde con las propias posibilidades, guardando un prudente margen para imprevistos.

Los gobiernos sensatos y con visión de largo plazo, utilizan las etapas de bonanza para ahorrar en previsión de una crisis. No aprovechan la coyuntura favorable para expandir las redes clientelares hasta el límite

Si el manejo de las finanzas públicas es responsable, la estructura del gasto debe ser similar en expansión o en depresión, salvo aquellas partidas que dependan fuertemente del ciclo económico. Así, los gobiernos sensatos y con visión de largo plazo, utilizan las etapas de bonanza para ahorrar en previsión de una crisis. No aprovechan la coyuntura favorable para expandir las redes clientelares hasta el límite, creando descomunales estructuras administrativas donde colocar a sus partidarios. Ni convierten ingresos coyunturales en gastos permanentes, inabordables cuando llega la depresión. No disparan enormes y frecuentes salvas con pólvora del Rey; ni permiten al Rey disparar con la pólvora del contribuyente.

Lo que ahora llaman austeridad no es más que una torpe y apresurada poda tras décadas de enorme despilfarro. Es el agua que atraviesa ásperamente el resacoso gaznate tras la dulzura de innumerables cócteles. La improvisada tijera que no recorta lo superfluo sino aquellas partidas que menos resistencia generan, perjudicando casi siempre a los más débiles. Un remedio torpe, coyuntural, pasajero que ataca sólo los efectos, la enorme deuda y el déficit, pero no la causa: un gasto estructural excesivo para alimentar gigantescas tramas clientelares.

¿Aplazamiento de la deuda por reformas?

Muchos hablan ya de una nueva reestructuración de la deuda griega, algo que por sí sólo no resuelve las dificultades: solo las aplaza. Porque el problema no es la deuda sino las causas que la generan: el excesivo y descontrolado dispendio. Agua pasada no mueve molino, pero el cauce sigue soportando tremendo caudal.

Señalan algunos, como The Economist, la conveniencia de aceptar una nueva quita de deuda helena a cambio de reformas. Y el gobierno griego ha propuesto un aplazamiento, es decir una quita encubierta, mientras el ministro de economía Yanis Varoufakis solicita mayor margen fiscal  a cambio de reformas estructurales. ¿Verán nuestros ojos a Syriza, haciendo de Tsipras corazón, impulsando las anheladas reformas? Ojala. Sería motivo para celebrar, quitarse el sombrero y aplaudir hasta despellejarse las palmas. Pero es una opción poco probable.

Los partidos convencionales no acometieron las reformas ni en Grecia ni en España, ni siquiera sometidos a enormes presiones. Accedieron a recortar pero no a reformar. Las verdaderas reformas favorecen el crecimiento y contienen el gasto superfluo pero generan muchas resistencias pues eliminan los privilegios de ciertos grupos bien adosados al poder.

Tanto Syriza en Grecia, como Podemos en España, más parecen continuadores y dinamizadores de los presentes regímenes que auténticos reformadores. Prometen el santo y la limosna, sin esfuerzo, todo gratis, desviando la culpa hacia los demás

Tanto Syriza en Grecia, como Podemos en España, más parecen continuadores y dinamizadores de los presentes regímenes que auténticos reformadores. Prometen el santo y la limosna, sin esfuerzo, todo gratis, desviando la culpa hacia los demás. No pretenden cambiar el sistema, más bien sustituir unos privilegiados por otros. Pero el mundo ha cambiado: ya no funciona ese motor de movimiento perpetuo que compraba votos presentes con el dinero de contribuyentes futuros, mientras el crecimiento económico diluía la deuda. La creciente competencia internacional dificulta el crecimiento en sistemas cerrados, intervenidos, regulados, plagados de restricciones a la actividad económica. En esos regímenes que otorgan ventajas a los amigos, no a los más eficientes.

Eliminar barreras, abrir las instituciones

Reformar es transformar las instituciones para que funcionen con mayor rigor e imparcialidad. Cambiar las reglas del juego por otras más justas, garantizando que todos los agentes se atendrán a ellas. Retirar las barreras que impiden la participación de muchos y entorpecen la libre competencia. Abrir las instituciones para eliminar monopolio del poder, la connivencia entre políticos y conocidos “empresarios”, el reparto inconfesable de beneficios no competitivos y el intercambio de favores. Reforma económica y reforma política son, inevitablemente, dos caras de la misma moneda

Un buen ejemplo sería la transformación radical de la planificación de las infraestructuras: en lugar de primar la imagen, las comisiones ilegales o las necesidades electorales de los caciques, reformar es implantar un criterio basado en un riguroso cálculo de rentabilidad social. O, en España, admitir el completo fracaso de un modelo autonómico que no responde a las necesidades de los ciudadanos sino a intereses de las oligarquías locales. Reformar es redistribuir las competencias atendiendo a criterios de eficiencia y economía, arbitrar los correspondientes mecanismos de control para desmantelar las redes que los políticos autonómicos implantaron en beneficio propio y de sus amigotes.

¿Dónde está en España esa intelectualidad erudita que debería promover e impulsar los imprescindibles cambios?

Tanto Grecia como España darían un paso de gigante sustituyendo la pretendida austeridad y los recortes por un gasto racional, sostenible, previsor, en beneficio de los ciudadanos, no de los gobernantes. Y transformando el régimen político y económico en un sistema abierto a la competencia, con igualdad de oportunidades, regido por el mérito y el esfuerzo.

¿Hay alguien ahí? ¿Dónde está en España esa intelectualidad erudita que debería promover e impulsar los imprescindibles cambios? Parece que, tal como observó Javier Benegas, se encuentra aplaudiendo al poder y haciendo méritos para conseguir un puesto. En definitiva, no se vislumbran buenas señales en el horizonte.


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