En el límite

La extorsión como estrategia

El escándalo de espionaje múltiple, y a la carta, en Barcelona ha sacado a la luz unos episodios que bien podrían tener como protagonista al legendario Maxwell Smart, el Superagente 86. Unos detectives habrían grabado conversaciones de casi toda la clase política catalana e, incluso, de la cúpula del Ministerio del Interior, colocando micrófonos en los floreros de un restaurante. Sin embargo, a pesar de la aparente novedad, el espionaje de partidos o facciones parece una práctica bastante común en la trapacera política española.

No es necesario remontarse a las escuchas sistemáticas a importantes personalidades, incluido el Rey, de los lejanos años 90. Ni siquiera al presunto espionaje en la Comunidad de Madrid. Basta recordar a Alfredo Pérez Rubalcaba, en su etapa de ministro del interior, ofreciendo su peculiar interpretación del (orwelliano) Gran Hermano: “lo sé todo de todos”.

Admitamos que el uso de información comprometedora para obtener ganancias políticas es una práctica conocida en casi todos los países. Cuentan que, hace unas décadas, cierto líder de la mayoría del Senado de los Estados Unidos poseía una especial habilidad para enterarse de los secretos y chismes de sus colegas. Si le faltaba algún voto en una moción importante, podía contar un divertido chiste acerca de un senador casado que pasaba un fin de semana en Las Vegas en compañía de una amiguita. Mientras los demás reían, a uno de los presentes se le atragantaba el café y, súbitamente, cambiaba de criterio en la siguiente votación.

Pescar en un mar de corruptelas

Sin embargo, estas prácticas alcanzan en España una intensidad especial pues la información, que se obtiene de manera sencilla y relativamente barata, posee una enorme rentabilidad. Las irregularidades, malas prácticas y corruptelas se encuentran tan extendidas entre la clase política que no son necesarios largos meses de investigación e interminables seguimientos para descubrir algún asunto inconfesable. Cualquier conversación grabada al azar podría poner al rival en una posición bastante incómoda. No se requiere paciencia de pescador de caña: una red bien lanzada en cualquier rincón de ese peculiar mar de los sargazos sale siempre repleta de lustrosos peces gordos.

El chantaje puede resultar bastante eficaz para conseguir resultados prácticos debido a la ausencia de controles y a la falta de neutralidad de las instituciones españolas. Así, cualquier decisión forzada tendría muchas posibilidades de resultar finalmente aceptada, por muy disparatada que fuese. En un país serio, toda resolución debe someterse a muchos filtros y controles y, en último término, al dictamen de una opinión pública que difícilmente admite decisiones manifiestamente retorcidas, ilegales o contrarias al buen sentido.

En las últimas décadas, una hilera de personajes ha venido mostrando su convencimiento de que, aún cometiendo graves delitos, es posible eludir la prisión manejando hábilmente una información comprometida para presionar, no ya a los jueces, sino al Gobierno o al Rey. En la actualidad, figurantes como Luis Bárcenas o Diego Torres parecen pensar, quizá con razón, que siguen existiendo en España fuerzas capaces de frenar o azuzar a sectores del poder judicial, según convenga a oscuros intereses, hasta casi convertir algunos procesos en una obra teatral donde el público puede sospechar el desenlace.

¿Se promovió a algunos con algo que ocultar?

En el sistema político actual, los partidos mantienen una férrea tenaza sobre muchas instituciones a través de determinados mecanismos. En el Congreso de los Diputados éstos son inmediatos: la mayor parte de los diputados son políticos profesionales, que carecen de mejor alternativa laboral. Votar libremente implicaría su expulsión del partido, y de las listas, con importante pérdida de privilegios y un futuro lleno de incertidumbres. Sin embargo, el mecanismo ha resultado mucho menos evidente en órganos tales como el Tribunal Constitucional, el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) u otros similares. ¿Qué pudo llevar a personas con prestigio profesional, y buenas opciones de trabajo, a acatar las consignas de los partidos que los propusieron? Teóricamente, nada les impedía, una vez designados, actuar siguiendo su conciencia, saber y entender.

Puede haber muchas explicaciones pero una de las posibles vías de sometimiento es la información sensible sobre el sujeto en cuestión, un método tan antiguo como eficaz. Para determinados puestos comprometidos, ¿tendieron los partidos a promover de vez en cuando a algunos que, por poseer flancos débiles o ciertos secretos, resultaban sutilmente controlables? Esta hipótesis explicaría algunos hechos y ayudaría a encajar ciertos perfiles. Luis Pascual Estevill adquirió la condición de miembro del CGPJ a propuesta de CiU en los años 90. Posteriormente se supo que había cometido cohecho, prevaricación, extorsión y detenciones ilegales en el ejercicio de sus anteriores funciones como juez. ¿La información previa sobre sus manejos pudo ser determinante en su nombramiento para el cargo?

De ser cierta la hipótesis, la selección perversa que impera en la política adquiriría tintes esperpénticos en algunos órganos del Estado. Sin llegar, ni mucho menos, al extremo de Estevill, podría haber favorecido a candidatos con ocultas manchas en su pasado o vicios inconfesables, los más manipulables con la velada amenaza de destape. La conclusión sería muy desoladora: si usted no tiene nada que ocultar, ningún secreto vergonzante, quizá tenga menos oportunidades de ser nombrado para ciertos puestos.

Los partidos y facciones continúan recolectando información comprometida para protegerse frente los dossiers de otros, en una alocada carrera hacia ninguna parte. Aunque existe un pacto tácito para tapar la corrupción, muchos siguen guardando el as en la manga para el momento en que el resto de los tahúres haga lo propio. Así, el miedo a lo que pudieran conocer los demás ha venido guardando la viña en esa peligrosa selva, plagada de trampas y traiciones. Sin embargo, en situaciones extremas como la actual, la desbandada de algunas facciones y la ruptura de los acuerdos tácitos, pueden acabar sacando a la luz ciertas informaciones bastante jugosas. Ésas que casi todo el mundo imagina.


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