En el límite

¿Más embajadas autonómicas?

La noticia de que Susana Díazquiere duplicar las oficinas de la Junta de Andalucía en el exterior es un aldabonazo, una señal de la impaciencia autonómica por reanudar la frenética expansión administrativa que interrumpieron por la crisis. Las “embajadas” eran el mástil, la punta del iceberg del despilfarro regional. Pero, últimamente, agobiados por la falta de liquidez, algunos gobiernos autonómicos aceptaron integrar parte de sus delegaciones en la red diplomática española. Una claudicación contra natura, a regañadientes. Ahora que el dinero vuelve a correr con cierta alegría, regresan espontáneamente los impulsos hacia el dispendio. La cabra siempre tira al monte.

Las representaciones sirvieron para colocar amigos en cualquier punto del globo, con estupendos sueldos, complementos y vacaciones pagadas

Las autonomías abrieron unas ciento cincuenta “embajadas”, delegaciones u oficinas comerciales, absorbiendo ingentes recursos públicos. Duplicaron funciones que ya cubría la diplomacia española, proyectando en el exterior la imagen de una España que hablaba con voces disonantes. Las representaciones sirvieron para colocar amigos en cualquier punto del globo, con estupendos sueldos, complementos y vacaciones pagadas. O para vender favores a algunos empresarios, a mayor gloria de los dirigentes regionales. Unas actividades ya usuales en casa, ahora con un toque exótico. 

Pero no se trataba sólo de embajadas. Las autonomías nacieron con una irresistible inclinación a expandir constantemente estructuras burocráticas, inventando organismos, sacando de la chistera empresas públicas. Y adquirieron una irrefrenable tendencia a multiplicar exponencialmente leyes, normas, regulaciones, amenazando seriamente la unidad de mercado. El sistema autonómico generó pocas ventajas al ciudadano pero muchísimos beneficios a una clase política regional empeñada en reproducir toda la estructura del Estado.

Autonomías: dogma y tabú

No hubo en España un debate racional, serio y riguroso, sobre ventajas y desventajas de la descentralización. Nunca se discutió su diseño, ni se planteó criterio alguno para repartir poder y competencias. En su lugar, el Régimen lanzó un discurso trufado de consignas y dogmas. Una letanía de disparates y majaderías que identificaba autonomía con democracia, convirtiendo cualquier crítica a la descentralización en un terrible tabú. Su violación implicaba descalificación personal y ostracismo. La prensa contribuyó a propagar semejante dislate… y los intelectuales callaron.

Ni siquiera existía un modelo autonómico: los “genios” del 78 lo dejaron completamente abierto, indefinido, al albur de futuros pactos

Ni siquiera existía un modelo autonómico: los “genios” del 78 lo dejaron completamente abierto, indefinido, al albur de futuros pactos. Un proceso incierto, con destino desconocido, sin mapa brújula ni sextante, que se iría definiendo mediante cambalaches, enjuagues y componendas entre políticos. Los traspasos de competencias no siguieron un criterio racional de eficacia en la prestación de servicios sino una regla de mera conveniencia política. Servían como moneda de cambio o como vía para multiplicar los cargos. Sin crítica alguna, sin diseño consistente, el resultado fue un sistema caótico y disfuncional.  

La teoría de la descentralización gira en torno a un postulado básico: que la democracia se perfecciona en ámbitos reducidos pues permite una interacción más cercana entre representante y representado, entre gobernante y gobernado. Es el ideal clásico de la polis griega. Sin embargo, la capacidad de los votantes para vigilar y controlar al poder no siempre se acrecienta en circunscripciones reducidas. A veces ocurre lo contrario.

Todo depende del marco institucional

La descentralización intensifica las virtudes, pero también los vicios del sistema político. Los mecanismos de control de una democracia mejoran en el ámbito regional… cuando existen y son eficaces en la política nacional. Pero si el régimen carece de controles adecuados, de sistemas eficaces de representación, los defectos se reproducen ampliados a escala local. Si los partidos mangonean todos los órganos del Estado e influyen decisivamente sobre la prensa nacional… este poder de manipulación crece en las autonomías.

La democracia puede mejorar en unidades más pequeñas… o acabar de corromperse hasta la médula. Todo depende del marco institucional

Surgen así unidades autonómicas basadas en el clientelismo más extremo, en un intenso intercambio de favores. Un río revuelto donde ciertos pescadores se mueven a su antojo. Andalucía, escenario de la próxima contienda electoral, es un ejemplo paradigmático. La democracia puede mejorar en unidades más pequeñas… o acabar de corromperse hasta la médula. Todo depende del marco institucional.

El desbarajuste autonómico es un reflejo más de la podredumbre generalizada de nuestro sistema político. El grave problema no se resuelve con una mera recentralización ni con una mayor descentralización: requiere una profunda reforma política. La puesta en marcha de unos mecanismos que permitan a los ciudadanos controlar a sus gobernantes… y no al revés. La asignación de competencias debe ser resultado de un análisis riguroso, exento de mitos, dogmas o tabúes, capaz de determinar qué servicios se prestan de forma más eficaz y barata en el ámbito nacional y cuáles en el autonómico. Unos cambios dirigidos a que la autonomía comience a favorecer al ciudadano, no a los caciques locales.

La reducción de las hipertrofiadas estructuras administrativas, embajadas autonómicas incluidas, es muy saludable para el bolsillo del contribuyente. Pero bastante dolorosa para esos partidos que necesitan puestos para colocar a legiones de militantes a costa del erario. Es explicable que estas imprescindibles reformas no encuentren hueco en el insustancial debate político actual. ¿Quién se atreverá a coger el toro por los cuernos? 


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