En el límite

¿Qué hay detrás del caso Pujol?

Pocos fenómenos resultan tan incoherentes como los escándalos de corrupción en España. Periódicamente, a golpe de titular, la opinión pública se rasga las vestiduras ante episodios de pillaje que, curiosamente, pertenecían al dominio público mucho tiempo atrás.Todo el mundo los conocía, o sospechaba, pero faltaba el permiso, la pequeña chispa que transformara el conocimiento individual en colectivo. Habituados a décadas de autocensura, los ciudadanos mantienen su certeza en voz baja, no más allá de su capote, hasta que alguien da el pistoletazo, concede vía libre para que la información se transmita a la otra mitad del cerebro. Y entonces se desencadena la explosión. Una esquizofrenia política, digna del mejor Orwell, que permite saber y no saber a un tiempo. Y olvidar poco después, bailando al ritmo de la actualidad y las modas.

Una señal de que el gobierno está dispuesto a levantar la manta en un oasis catalán donde muy pocos mantienen cubiertas sus partes pudendas

¿Que los Pujol estaban inmersos en turbios asuntos? ¡No me diga! ¡Menuda sorpresa! Como la que experimentó el capitán Renault, de Casablanca, al percatarse de que "aquí se juega". Unos  hechos bien conocidos pero inertes, sin consecuencia alguna, ni siquiera cuando Pasqual Maragall lanzó la saeta del 3%, quedándose muy corto. Todo cambió cuando alguien desbloqueó ese semáforo que se mantenía en estricto rojo durante décadas. ¿Por qué se levanta ahora la impunidad de tan "ejemplar" familia? ¿Qué objetivo persigue la exhibición de Jordi Pujol en paños menores? Para algunos es un intento de desacreditar el proceso secesionista, de mostrar a la opinión pública la verdadera catadura del padre y precursor del invento. Pero el veterano político ha perdido su protagonismo, su lugar en la política catalana. Se trata, más bien, de un contundente aviso a navegantes, a esos que surcan los lagos suizos. Una señal de que el gobierno está dispuesto a levantar la manta en un oasis catalán donde muy pocos mantienen cubiertas sus partes pudendas. A ver quién es el guapo que aguanta el tipo.

Extorsión a cambio de obediencia

Durante décadas, las autoridades no sólo permitieron la corrupción sino que la promovieron, fomentaron e, incluso, justificaron como vía para financiar los partidos, aunque buena parte de las comisiones acabara recalando en cuentas privadas de los dirigentes. Pero toda la información de cobradores y pagadores iba componiendo un completo archivo del colosal latrocinio, a disposición del poder. Y estas pruebas de enriquecimiento ilícito constituían una eficaz coraza protectora del statu quo, una implícita extorsión, no para conseguir dinero sino obediencia: quien se apartara del guion, quien no acatara las informales reglas... perdería el manto del secreto. Ya lo advirtió Alfredo Pérez Rubalcaba en su etapa de Ministro de Interior: "veo todo lo que haces y dices". Ningún otro fenómeno explica mejor esas densas brumas de silencio, esa disciplina de omertà que amansa los espíritus más indómitos de la política. 

Se ofrecerán amplias concesiones que conviertan a Cataluña en un país independiente de hecho, aunque de derecho siga formando parte de España

La amenaza de airear la información indiscreta, el palo, se complementa ahora con la zanahoria: se ofrecerán amplias concesiones que conviertan a Cataluña en un país independiente de hecho, aunque de derecho siga formando parte de España. El Gobierno pretende estirar hasta el fin esa nefasta dinámica que caracterizó el Régimen de la Transición: el Estado se iría retirando de Cataluña poco a poco, por la fuerza de los hechos consumados, por el principio de no aplicar la ley, de abandonar a aquellos que veían vulnerados sus derechos. Una pasividad para dejar hacer con toda libertad a esos caciques, dueños del cortijo, mientras mantuvieran una ficción de legalidad. Nos encontramos ya en la etapa final, la de entregar las pocas competencias que restan a cambio de no convocar la consulta. Separación, sí, pero por la puerta de atrás, sin que lo perciban los ciudadanos, con disimulo, sin ostentación, sin alharacas... por ahora.

Es el fin, la última estación

Nuestro sistema político ha generado gobiernos irresponsables, inclinados a eludir los costes de las decisiones, a no asumir sus consecuencias, a permitir a los poderosos saltarse las leyes a la torera, sin cortapisa alguna. Reacios a mojarse, a aplicar medidas comprometidas. Todo por debajo de la mesa, sin transparencia, improvisando, a remolque de la política del día a día. Gobiernos cortoplacistas que fueron traspasando competencias a cambio de apoyo para la investidura, sin detenerse a pensar que ciertas atribuciones podrían ser vitales para el funcionamiento y la continuidad del Estado. Sin cuestionarse si los traspasos beneficiaban a los ciudadanos, a los contribuyentes. Siempre con el único objetivo de saciar los apetitos de las élites políticas.

Un Régimen está irremisiblemente condenado si debe amenazar con airear vergüenzas para forzar a algunos a cumplir la ley

La estrategia del palo y la zanahoria funcionó durante décadas pero difícilmente surtirá efecto ahora. Nos encontramos al final del camino, con la bolsa de caramelos prácticamente vacía. Pronto no quedará nada que ofrecer. Aunque algunos oportunistas se hayan apuntado a última hora al que creen caballo ganador, buscando influencia, prebendas y cargos, el grueso del proceso catalán se transformó en una locura colectiva, fuertemente emocional, que responde muy poco a argumentos racionales. Un fenómeno que trasciende ampliamente a quienes fueron sembrando concienzudamente el odio en interés propio, siempre al amparo de la pasividad y dejación de las autoridades españolas. Es la estación término de una política miope, de bajos vuelos, consistente en aplazar problemas y desentenderse de responsabilidades. La próxima patada adelante tendrá muy poco recorrido con un balón reducido a un pedazo de cuero sin aire.   

Es obligación de cualquier gobierno velar por la observancia de las normas utilizando medios lícitos, transparentes, con independencia de la pérdida o ganancia de popularidad que ello pudiera comportar. Y, si considera que la legislación no responde a las necesidades de la sociedad, impulsar un debate político sobre el cambio de rumbo. Pero es indigno exigir el acatamiento de la legislación tan sólo a los ciudadanos de a pie, a quienes carecen de poder para esquivarla. Poco más dará de sí el presente sistema político: mucha trampa, poca sustancia, todo cartón. Un régimen está irremisiblemente condenado si debe amenazar con airear vergüenzas para forzar a algunos a cumplir la ley... o a aparentar que la cumplen.  


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