En el límite

Cuanto más corta… mejor

En 1903, el norteamericano Richard S. Childs, de 21 años, acudía por primera vez a depositar su voto, uno de esos ritos iniciáticos que señalan la mayoría de edad. A pesar de su juventud, Richard poseía unos conocimientos y un interés por la política muy superiores a los del votante medio. Había colaborado intensamente en círculos cercanos al Partido Republicano pero su carácter ecuánime hacía de él una persona bastante independiente. No, no se dejaría llevar por impulsos o tendencias sectarias: para cada puesto votaría a la persona más adecuada, sin tener en cuenta su adscripción partidaria.

Pero nuestras intenciones no siempre se corresponden con los resultados. Acompañado por su padre, un hombre también versado en política, comprobó desolado que no sería capaz de cumplir su objetivo en ese colegio electoral de Nueva York. Cierto, las listas eran completamente abiertas y permitían al ciudadano escoger cualquier candidato para cada puesto, pero los cargos a ocupar eran muchos y la papeleta muy larga y compleja. Con esfuerzo, logró identificar a los aspirantes a los cuatro primeros puestos, votando a los que juzgaba más capaces y honrados. Pero ni siquiera le sonaban los nombres de los pretendientes a los quince cargos siguientes. En contra de sus propósitos, tuvo que marcar mecánicamente el resto de los candidatos de la lista republicana.

“Papá, ¿quiénes son todos esos a los que votaste?”, preguntó cuando regresaban a casa. “¿Y cómo quieres que lo sepa?”, respondió un tanto sorprendido su padre. Era terrible: incluso los ciudadanos más informados tendían a votar a ciegas en gran parte de los casos. Tanto afectó esta experiencia al joven Richard que cinco años después escribiría un ensayo titulado The Short Ballot (la papeleta electoral corta), exponiendo unos principios que generarían un potente movimiento en favor de la reforma electoral en EEUU. Sostenía Childs que los malos gobiernos, o el excesivo poder de los políticos, no tienen su origen en la indiferencia, conformismo o pasividad de las gentes, sino en deficiencias estructurales del sistema, en fórmulas electorales inapropiadas.

Las capacidades del votante corriente

La democracia se basa en la potestad de los ciudadanos para colocar en ciertos cargos a personas adecuadas y para retirarles la confianza cuando su gestión no resulta honrada o eficaz. Ello requiere un intenso escrutinio individual de cada candidato y una relación muy directa entre representante y representado. Por ello, el sistema electoral debe adaptarse a las capacidades del ciudadano corriente.

El votante medio no es pasivo ni ignorante, sostenían los partidarios de la “papeleta corta”, pero tampoco profundamente sabio, como suelen exclamar a los políticos para halagar a las masas, ni posee una capacidad extraordinaria. Es una persona normal, con aptitudes y limitaciones, sin tiempo ni disposición para enfrentarse adecuadamente a una papeleta larga y complicada. Si hay veinte puestos a elegir y tres partidos, una elección eficaz requeriría conocer las cualidades de sesenta personas, algo fuera de la realidad. Es esas circunstancias, la única estrategia factible consiste en votar de forma más o menos ciega la lista de un solo partido.

Las papeletas largas y complejas, aunque sean abiertas, acaban trasladando el poder desde los ciudadanos a la oligarquía que confecciona las listas. Aunque teóricamente era posible, los votantes no examinaban cada candidato; por el contrario, votaban una lista completa, que podía esconder sujetos indeseados. “Cuando hay demasiados puestos, la gente permite que los aspirantes sean agrupados en manojos, como los espárragos”, escribirá Childs. Finalmente, no son los electores sino los jefes de los partidos los que deciden quienes serán los representantes. Para evitar un gobierno oligárquico y una pseudodemocracia, la papeleta debe ser lo suficientemente corta como para impedir que algún candidato se oculte del escrutinio público.

El movimiento a favor del Short Ballot actuó con mucha intensidad entre 1909 y 1919, impulsando reformas electorales a lo largo y ancho de los Estados Unidos. Propugnaba un sistema de votación sencillo que permitiese el análisis público de cada aspirante. Para ello, defendía listas abiertas pero papeletas muy cortas, distritos electorales pequeños y un sistema político con pocos escalones de gobierno.

La papeleta más corta de todas

Por supuesto, la papeleta más corta posible corresponde a los distritos uninominales, esto es, a aquellas circunscripciones pequeñas donde se elige un solo representante. Ahí, el votante sólo necesita conocer bien a tres, cuatro o cinco candidatos, generalmente vecinos suyos, un objetivo al alcance del ciudadano medio. Si, además, la elección es a dos vueltas, en la fase definitiva sólo debe concentrar su atención sobre dos personas.  

A pesar del siglo que nos separa, las advertencias del movimiento Short Ballot resultan apropiadas para España. No es que aquí se fomente el voto a “manojos de espárragos”; simplemente se obliga. Con la lista cerrada, la comparación de candidatos pierde completamente su sentido. Por ello, los diputados no pasan el menor escrutinio personal de los electores, con gran merma de cualificación, honradez y representación del ciudadano. Muy pocas personas podrían citar todos los nombres de la lista votada. La verdadera selección no la realizan los ciudadanos, sino los partidos, con criterios que generan una clase política con cualidades manifiestamente inadecuadas.

Aunque no existe sistema electoral perfecto, las recomendaciones de Childs y sus seguidores no deben caer en saco roto. El voto a cada candidato por sus cualidades personales, su experiencia vital, su actitud ante la vida, su grado de ejemplaridad o su disposición a cumplir su palabra siempre dará lugar a mejores resultados que la elección basada en puras imágenes, siglas, símbolos o discursos aprendidos. Las listas abiertas aportan mejoras teóricas pero, si son largas, generan pocas ganancias en la práctica. Ante la duda, mejor la papeleta más corta, aquélla que permite al votante medio identificar todos los candidatos y conocer el nombre de su representante. De ahí las ventajas de los distritos pequeños, uninominales, que eligen un solo diputado

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Estimados amigos, el próximo jueves 13 de junio a las 19.30, si el tiempo y la autoridad lo permiten, tendrá lugar en el Centro Riojano de Madrid, calle Serrano 25, la presentación del libro CATARSIS. Se vislumbra el final del Régimen, a la que están invitados todos ustedes si se encuentran ese día en la Villa y Corte. Intervendrán, además de los autores (Javier Benegas y un servidor), Jesús Cacho (director de Vozpópuli), Jesús Espino (de AKAL Ediciones) y Oscar Mondrego (del Centro Riojano). No está prevista la presencia de ningún representante del Gobierno, la Oposición o la Casa Real. 


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