En el límite

Una casa de locos… bastante cuerdos

En febrero de 1873, Amadeo de Saboya renunciaba al trono de España tras un reinado de dos años marcados por una intensa agitación política y social. Testigo de los más absurdos e inexplicables acontecimientos, el augusto príncipe italiano no lograba, por más que se esforzaba, encontrar lógica alguna a la compleja, contradictoria y disparatada dinámica de la política española, cuyos entresijos parecían apuntar a un inabarcable caos. Por ello llegó a exclamar “Ah, per Bacco, io non capisco niente. Siamo una gabbia di pazzi” (“No entiendo nada, esto es una casa de locos”).

Por fortuna para su salud mental, el Duque de Aosta no sobrevivió lo suficiente como para presenciar los acontecimientos de los últimos días en Valencia que, tomados de forma literal, podrían arruinar no sólo la cordura del valiente y arrojado noble piamontés sino la de cualquier mente ávida de una explicación basada en el sentido común. Tras años de descabellado despilfarro en faraónicas e inútiles infraestructuras, en la creación de multitud de absurdos servicios para colocar a amigotes y compañeros de partido, con un tufillo a corrupción generalizada, los políticos acabaron llevando la Comunidad Valenciana al borde de la bancarrota. Por fin, y ante el inapelable hecho de que las arcas se encontraban repletas de telarañas, los imprudentes gobernantes no tuvieron otro remedio que recortar el gasto, mostrando crudamente que “a la fuerza, ahorcan”.

Protestar por el motivo equivocado

Una vez conocidos los detalles, habríamos esperado que los ciudadanos juiciosos saliesen a la calle para gritar contra tanto derroche y prodigalidad, afeando esa extendida costumbre de gastar lo que no se tiene y exigiendo un mayor control en el manejo de las cuentas públicas.

Sorprendentemente, los manifestantes valencianos no tomaron la calle para clamar contra el gasto desmesurado, ni para exigir una sensata e imprescindible austeridad sino para oponerse ¡al recorte de los gastos!, bramando a favor de una continuación del despilfarro. “No a los recortes”, “servicios públicos y enseñanza pública de calidad” eran las consignas, copiadas probablemente de algún guion de Groucho Marx, que alentaban la contumacia en el gasto a raudales y en el dispendio desproporcionado, sin especificar la imposible fuente de financiación. Se diría que la calidad de los servicios públicos podría depender de la intensidad del griterío, abucheo, alboroto o algarabía registrada en las calles.

Puedo imaginar al bueno de Amadeo frotándose los ojos y exclamando “io non capisco niente,  questi manifestanti sono pazzi”. Los insensatos vociferantes no protestaban por el problema, condenaban la ineludible solución y, en lugar de exigir disciplina en el gasto, incitaban a los ya de por sí irresponsables gobernantes a dar el paso definitivo hacia el abismo de la bancarrota.

Unas manifestaciones más bien interesadas

Sin embargo, no resulta creíble que todos los manifestantes fuesen realmente tan zoquetes como a primera vista pudiera parecer. Existiría otra interpretación, algo menos bondadosa pero bastante más coherente, de este fenómeno. Ciertas investigaciones muestran que el recorte del gasto público constituye una de las causas fundamentales de agitación social, algaradas o violencia callejera pero que, curiosamente, el incremento de impuestos no suele generar inestabilidad social ya que ambas medidas tienen efectos distintos. Mientras que el incremento impositivo suele repartirse de manera más extensiva entre todos los ciudadanos, la reducción del gasto público permite unas decisiones mucho más discrecionales en lo que a su estructura se refiere y, por ello, puede afectar de manera concreta e intensa a unos grupos sociales y económicos o a otros, dependiendo de las partidas que se reduzcan.

Así, ante la realidad inevitable de los recortes, pronto aparecen fuertes presiones de grupos concretos, interesados en eludir los perjuicios del descenso del gasto, intentando a toda costa que los recortes se centren en aquellas partidas que no les afectan. Las consignas de las pancartas no serían más que excusas, mera propaganda que esconde intereses particulares, que podrían traducirse como “recorten a los demás pero no a mí”. Este peligroso proceso suele conducir a una guerra de desgaste en la que cada coalición intenta mantener su parte en los decrecientes recursos, utilizando en ocasiones tácticas que resultan éticamente reprochables. Algunos profesores de bachillerato, afectados por los recortes, habrían incitado sutilmente a sus alumnos a salir a la calle, pretendiendo sacar tajada sin arriesgar sus nobles costillares o ciertos empleados de los servicios públicos habrían esgrimido la excusa de la calidad para desviar los recortes. Al final, se trata de grupos egoístas buscando su propio interés, secundados por arribistas de mentalidad simplista, que se adhieren a cualquier protesta que pueda debilitar al “partido contrario”, en una visión fanática e ignorante de la política, más basada en emociones e impulsos que en el conocimiento o el raciocinio.  

Es evidente que los políticos valencianos no estuvieron estos años a la altura de las circunstancias: merecen por ello un rechazo y una crítica muy contundentes. Sin embargo, aun aceptando que la protesta fuese iniciada por estudiantes de bachillerato, es indudable que el nivel de las consignas esgrimidas por los manifestantes no podría pasar, en buena lid, de infantil o primaria.


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