En el límite

De los caciques de ayer… a los de hoy

En su interesante artículo de la semana pasada, Javier Benegas señalaba con perspicacia ese sorprendente paralelismo entre el régimen de la Restauración Borbónica de 1875 y el sistema político actual. Esas coincidencias entre aquella España zarzuelera, teñida de color sepia, salpicada de barbudos o bigotudos caciques de mirada altiva, y la actual España de las Autonomías. Los tiempos cambian pero existen ciertos vicios surgidos en tan peculiar etapa de nuestra historia que, adaptados a los nuevos vientos, incluso corregidos y aumentados, se resisten tenazmente a desaparecer. 

Fue Antonio Cánovas el cerebro de aquel régimen cerrado, con dos partidos que se alternaban en el poder repartiéndose influencias y votos amañados. Una teatral contienda partidaria que enmascaraba profundos enjuagues, apaños y componendas entre los líderes. Se trataba de un sistema elitista, ficticiamente democrático, cuya principal virtud consistió en garantizar unas décadas de relativa estabilidad política, superando anteriores guerras, revoluciones y pronunciamientos militares. Pero el orden y el equilibrio no duraron para siempre.

El Gobierno, previo acuerdo con los partidos, y en connivencia con los notables locales o provinciales, era quien determinaba con antelación los resultados electorales. El Ministro de la Gobernación rellenaba unas casillas asignando a cada distrito los candidatos que debían salir elegidos. Este proceso, que se conocía como “encasillado”, era la versión decimonónica de lo que hoy llamamos “elaboración de listas electorales”.

Los caciques locales dirigían el comportamiento electoral en su zona y se valían de su influencia, o del reparto de favores, para asegurar los votos necesarios. Establecían relaciones clientelares, o de patronazgo, por las que los electores podían obtener ciertos beneficios o prebendas a cambio del apoyo al partido. Con frecuencia, éstos consistían en empleos públicos pero también en privilegios, contratas, trabajos temporales, regalos, recomendaciones, etc.

Los famosos “fondos de reptiles”

Aunque la censura previa sobre la prensa ya no se encontraba en vigor, la libertad de expresión e información fue siempre relativa. El Ministerio de la Gobernación ejercía un fuerte control sobre los medios a través de los famosos “fondos de reptiles”, cantidades de dinero público reservadas para gratificar de forma esporádica o regular a un número de periodistas destacados y subvencionar directa o indirectamente a los diarios. Así, el régimen se despojaba de otro elemento clave de la democracia moderna: la difusión de información veraz y la crítica de una prensa independiente.

Al avanzar los años, fueron apareciendo nuevas fuerzas políticas, al principio críticas con el sistema. Abominaban de los irregulares métodos cuando no obtenían suficiente poder pero lo aceptaron de buen grado, y aprovecharon las tramas caciquiles, cuando resultó beneficioso a sus intereses. La propia dinámica del sistema condujo paulatinamente a un debilitamiento del poder central frente a la creciente preponderancia de los caciques locales y provinciales.

Entre sus grandes logros, la Restauración del XIX sienta las bases de un estado moderno, con grandes leyes que consolidan el estado de derecho, contribuye a la creación de una sociedad civil profesional y garantiza durante algún tiempo una estabilidad política, que fomenta cierto crecimiento económico y desarrollo material. Sus contemporáneos fueron testigos de la desaparición del recurrente conflicto carlista.

Pero la principal deficiencia del régimen surgido en 1875 fue su incapacidad para evolucionar hacia un sistema constitucional y parlamentario, verdaderamente abierto, liberal y democrático, que diese cabida a la representación de todos los grupos sociales. Antes de cumplir 25 años, ya mostraba claros síntomas de artrosis y anquilosamiento y había sufrido el tremendo revés de la pérdida de Cuba y Filipinas.

Mucha resistencia a las reformas

No faltaron intelectuales, como Joaquín Costa, ni políticos preocupados del futuro de España, que denunciaron las evidentes carencias y defectos de un sistema que ya no funcionaba, proponiendo un programa regeneracionista. Incluso, personajes de la talla de Francisco Silvela o Antonio Maura intentaron impulsar desde la Presidencia del Gobierno las reformas necesarias para abrir el régimen y adaptarlo a los nuevos tiempos. Pero todos ellos chocaron con la firme resistencia de los grupos de intereses creados, muy poco dispuestos a perder los notables privilegios que el sistema cerrado les confería. Finalmente, la Restauración fue incapaz de resolver los importantes problemas que aquejaban a España: tan sólo los aplazó. Los conflictos larvados desembocarían en la dictadura de Primo de Rivera, la Segunda República y la Guerra Civil.

Nuestro sistema necesita reformas urgentes para mejorar la representación y el control de los gobernantes 

La Segunda Restauración Borbónica (o juancarlista) ha dotado a España durante estos años de estabilidad y crecimiento económico. Sin embargo, al establecer un sistema desprovisto de un apropiado juego de contrapoderes, de unos adecuados controles a la acción de los gobernantes y de unas eficaces vías de representación de los ciudadanos, ha conducido a una democracia de muy baja calidad. Las instituciones, manipuladas por los partidos, se muestran incapaces de dar respuestas objetivas y veraces a los ciudadanos. Mientras tanto, el improvisado y masivo traspaso de competencias a unas Autonomías carentes de los necesarios mecanismos de control del poder ha ido estableciendo un caciquismo de nuevo cuño, que usa los recursos públicos, y las leyes, para repartir favores entre partidarios y grupos cercanos. Al menos, hace un siglo existían dirigentes que, aún pudiendo ser corruptos y defender intereses propios, poseían una visión de España, de sus problemas y de los cambios necesarios. Hoy, el perverso proceso que utilizan los partidos para seleccionar a sus dirigentes nos ha proporcionado una clase política refractaria al debate de ideas, tan sólo preocupada por su permanencia en el poder y la persecución de estrechos intereses particulares.

Al igual que el régimen de la Restauración del XIX, nuestro desgastado sistema político necesita unas reformas urgentes encaminadas a la mejora de la representación y del control de los gobernantes así como a la creación de un sistema de libre acceso, que nos permita encarar con cierta garantía los años venideros. Y, aunque los tiempos han cambiado y ya no nos encontramos amenazados por la violencia y la inestabilidad política, corremos un serio peligro de quedar descolgados, por enésima vez en la historia, del tren del futuro.


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