En el límite

Un banco malo y perverso

Hace algunos días, el Ministerio de Economía promulgaba un decreto estableciendo las pautas de funcionamiento de la “Sociedad de Gestión de Activos Procedentes de la Reestructuración Bancaria” (Sareb), ampuloso título para designar al “Banco Malo”. Durante el mes de diciembre, los bancos intervenidos traspasarán a la Sareb los inmuebles adjudicados, los préstamos a promotores y las participaciones en el sector inmobiliario. El resto de los bancos con necesidades de recapitalización deberá hacerlo a lo largo de 2013. El Banco Malo, que dispondrá de 15 años para ir liquidando estos activos, se constituirá con capital privado en un porcentaje superior al 50%, si bien los poderes públicos se reservan la dirección y gestión. Además, y esta es la parte crucial, la mayor parte de su financiación estará constituida previsiblemente por deuda avalada por el Estado.

En teoría, el Banco Malo constituye un remedio para bancos solventes pero incapaces de obtener financiación por la incertidumbre que generan ciertos activos tóxicos en su balance: préstamos de dudoso cobro, inmuebles de valor indeterminado etc. El problema de estos activos tóxicos no es su reducido valor sino su precio incierto y la inexistencia de un mercado eficaz donde puedan negociarse con garantía. Por ello, los agentes económicos perciben un enorme riesgo en sus poseedores.

La Sareb traslada los riesgos al contribuyente

El Banco Malo comprará los activos tóxicos a un precio superior a su valor de mercado actual pero muy inferior a su valor contabilizado. Tras la enajenación, la entidad incurre en una pérdida contable pero, a cambio, se desprende del riesgo pues obtiene a cambio un valor cierto y razonable. El reconocimiento de las pérdidas contribuye a clarificar el balance del banco, favoreciendo la transparencia. La entidad podría ya atraer inversores y recapitalizarse si, a pesar de los números rojos, disfruta de una perspectiva de beneficios futuros. Pero hay un problema: el riesgo que eluden los bancos en apuros se traslada mayoritariamente a los contribuyentes.

Una vez traspasados los activos tóxicos, la Sareb asume los inmensos riesgos pues, en teoría, el negocio puede reportar desde inmensas pérdidas hasta sustanciosas ganancias. Todo depende de la evolución futura del precio de esos activos, de la suerte y, por supuesto, de la habilidad, limpieza y eficacia de los gestores. Por ello, pocos inversores privados se jugarían a la ruleta su posición en el Banco Malo a no ser que el Estado asuma la mayor parte de los riesgos. En efecto, es el Estado, y no los propietarios privados de la Sareb ni los acreedores, quien soporta la mayoría de los riesgos. Si hay beneficios, éstos reparten de forma equitativa. Si hay pérdidas, éstas recaerán mayoritariamente sobre el contribuyente ya que el grueso de la financiación del Banco Malo está constituido por deuda avalada por el Estado. En caso de grave quebranto, los acreedores de la Sareb serían compensados por el Presupuesto, demostrando una vez más que el diablo suele estar en los detalles. Concretamente en los avales.

Un estratégico y sospechosamente mayoritario capital privado

En vista del planteamiento anterior, parecería preferible un Banco Malo con capital exclusivamente público. El contribuyente asumiría igualmente el grueso de las deudas, caso de haberlas. Pero no se vería obligado a repartir los posibles beneficios con los inversores privados. Sin embargo, esta presencia privada beneficia a los gobernantes: con una participación pública inferior al 50%, el Banco Malo no consolida en la cuentas del Estado y, por ello, no cuenta para el cómputo del déficit oficial. En realidad se trata de una mera trampa contable: la deuda existe igualmente aunque no se presente oficialmente como tal. Este enredo permite a los políticos colgarse otra medalla en su “lucha” contra el déficit oficial pero no aligera la enorme carga financiera que pesa sobre los ciudadanos.

Aunque la teoría del Banco Malo resulte relativamente sencilla, aparecen muchas dificultades en su aplicación práctica. Por su propia naturaleza, el cálculo del precio correcto de los activos tóxicos se muestra extraordinariamente complejo. Pero su importancia es crucial pues este precio determina la distribución de la carga entre las partes. Si es demasiado elevado, se produce una trasferencia implícita desde el Presupuesto Público a los bancos en apuros. Si es demasiado bajo, se intensifican en exceso las pérdidas de estas entidades. Será el Banco de España quien determine los precios, basándose en informes independientes.

Un bancario “café para todos”

En teoría, el Banco Malo debe aplicarse sólo a entidades solventes, con perspectiva de futuro. Para las que no lo sean, resulta más eficaz su liquidación, siempre que ésta sea posible. Sin embargo, en España no se han liquidado entidades bancarias, ni se ha procedido a discriminar de forma rigurosa entre las solventes y aquellas que no lo son. Al contrario, se trataba de no dejar caer ninguna de las Cajas con graves problemas, quizá porque ello destaparía las irregularidades de su pasada gestión política. La estrategia consistió en impulsar las fusiones para ir creando entidades de un tamaño considerable, sistémicas, demasiado grandes para quebrar sin poner en riesgo el sistema financiero.

Estirando un poco más la teoría del Banco Malo, una vez desaparecido el riesgo, las entidades solventes y con futuro no deberían necesitar una recapitalización pública, al menos sobre el papel. El rescate de todas las Cajas, sin discriminación alguna, implica un agravio comparativo para los buenos gestores bancarios y una burla al contribuyente. Además, podría incentivar en la gestión futura de la banca la toma de un riesgo excesivo pues las opciones menos prudentes, y por ende más rentables, se tornan más atractivas: “si acertamos nos quedamos con los enormes ingresos; si fallamos, ya vendrá el contribuyente a rescatarnos”. Es el fenómeno conocido como riesgo moral.

Llama la atención que se permita expresamente a la Sareb terminar las promociones inacabadas o, “en circunstancias tasadas” utilizar los terrenos adquiridos para la construcción ¿nos encontramos en los albores de un nuevo y surrealista miniboom del ladrillo? Pero lo que genera mayor intranquilidad es imaginar un organismo dedicado a la compraventa de activos, dirigido políticamente, en un país donde los poderes públicos han mantenido, con gran obstinación, esa peligrosa y lucrativa costumbre de comprar muy caro y vender muy barato, con frecuencia a los amigos, y siempre con quebranto y ruina para el contribuyente. ¿Mantendrá el Banco Malo esta sempiterna tradición?


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