En el límite

Más allá de Pedro J.

El polémico cese de Pedro J. Ramírez ha suscitado muchas y variadas reacciones en los medios de comunicación.  Corporativismo y compañerismo, pero también envidia e inquina. Esa esperada oportunidad de dar “a moro muerto gran lanzada”. Huyamos de todo ello. Lo fundamental es tomar distancia y perspectiva. Observar la singular trayectoria del ex director de El Mundo para examinar esa peligrosa simbiosis entre periodismo y poder político que ha caracterizado el Régimen de la Transición. ¿Fue la ojeriza  del gobierno o fueron los números rojos quienes truncaron la carrera del periodista riojano? Estéril discusión sobre el huevo o la gallina. El favor del poder abre la puerta a generosos ingresos mientras que su enemistad puede condenar a la fría y lluviosa intemperie. ¿Motivos políticos o económicos en su cese? Imposible establecer la frontera en un marco institucional donde ambos se mezclan, se revuelven en desordenada promiscuidad.

Desde hace décadas, las relaciones entre élites políticas y grandes grupos empresariales, se encuadraron en un marco profundamente clientelar. Un reparto de dádivas, favores y  privilegios a cambio de apoyo para mantener el poder. Este régimen de acceso restringido, de enormes barreras a la entrada, generó una enormeconcentración de poder económico políticoy una estrecha dependencia entre gobernantes y grandes empresas.

La dificultad de vivir de los lectores dio lugar a una prensa con gran dependencia del poder, traducida en subvenciones o publicidad institucional.  Y el mercado de publicidad privada quedó a merced de ese puñado de grandes empresas (banca, construcción, energía, telecomunicaciones etc.) cuyo negocio dependía de decisiones gubernamentales. Sin necesidad de indicación directa, estas empresas podrían retirar discretamente la publicidad a algún medio díscolo, tan sólo para preservar buenas relaciones con el poder. Proporcionaban así a los políticos una vía indirecta para influir sobre la información. La estrechez del mercado de publicidad privada se consolidaba como el verdadero talón de Aquiles de la prensa libre en España. 

Cobrar más por callar que por escribir

El poder y la prensa convencional fueron tejiendo una malsana red de connivencia basada en reglas sobreentendidas, poco transparentes, que determinaban el tipo de información que se difundiría, su calendario y el tratamiento de las noticias. Un arreglo por el que algunos periodistas cobrarían más por callar que por escribir. Favor a favor, confidencia a confidencia, el periodismo se corrompía en contacto con el dinero mientras la información se convertía, no en un servicio abierto a los ciudadanos, sino en un recurso de uso privado intercambiable por otras prebendas. El negocio no era informar sino utilizar la información para ganar influencia.

La cercana complicidad con los políticos, rayana en el compadreo, indujo a algunos periodistas a sentirse parte de los elegidos, del sancta sanctorum, de esa élite al corriente de lo que ignora el común de los mortales. A percibir que la participación en el secreto confiere poder para negociar mayores ventajas. A creer que podían jugar con las mismas cartas que los gobernantes. Si éstos intentaban deshacerse de algún periodista, ¿no podría la prensa descabalgar a algún dirigente? Un grave error en el cayó nuestro protagonista. El político adulaba al informador, pasaba la mano por su lomo, haciéndole sentir que poseía una influencia muy superior a la real.

Ramírez no fue un crítico de las nefastas reglas sino, a su modo, un seguidor. No las denunció ni las rechazó; pretendió retorcerlas en su provecho, adaptarlas a su modus operandi. No se resignaría a girar como el engranaje que el sistema le había asignado. Pedro J. descubrió el poder de la información, y apoyado en su capacidad para el regate en corto, intentó forzar los límites. Una aspiración a la medida de quien se sentía protagonista de la España contemporánea, una personalidad digna de tratar al poder de igual a igual. Con inesperados quiebros, osadía y astucia se las arregló para entrar por los resquicios del sistema, cuando éstos todavía existían. Y, en ocasiones, logró descolocar a una parte del poder para celebración, recreo y regocijo de sus lectores.

Finalmente devorado por la fiera

Finalmente, el fracasado intento de desmontar a Rajoy, apostando por el sector crítico del PP, selló definitivamente su suerte. Esta vez sobrevaloró sus fuerzas, su gran habilidad para vender, para crear imagen. Se veía capaz de adaptar el sistema a su particular estilo, de cabalgar el tigre con éxito. Pero la implacable maquinaria acabó engulléndolo. Sus últimos y desesperados intentos de defenderse atacando, de morir matando, resultaron infructuosos ante un poder que dispone de todas las palancas, de todos los resortes para ejercer la arbitrariedad.

Desde su atalaya, quizá Ramírez no llegó a percibir que todo a su alrededor había cambiado. Que, debido a la creciente descomposición del Régimen, las tácticas antaño exitosas podían no serlo en el presente. Que la influencia de la prensa de papel, tremendamente menguada, era ya insuficiente para ganar un órdago. Que internet, la prensa digital y las redes sociales habían perforado tanto la caja de los secretos, que la especulación con información reservada cotizaba muy poco en el mercado.    

Le sobraba brillantez, oficio y capacidad de resistencia pero sus actos no rebosaron idealismo, principios o altruismo. Pedro J. Ramírez no pudo representar el papel de Bob Woodward en una España que llamaba “periodismo de investigación” a las interesadas filtraciones de dossiers elaborados en la órbita del poder. Ni fue capaz de calzarse los zapatos de Charles Foster Kane en el baile que la prensa ofrecía en honor del poder político. Al menos, se resistió a representar el papel de pasivo director que, al estilo Marhuenda, repite al pie de la letra las consignas del poder. Faltaría más: las consignas sólo de cosecha propia. Genio y figura.

Bien lo sabían los clásicos. Un hombre sobresaliente nunca acaba de serlo mientras no toma plena conciencia de sus limitaciones. El general victorioso que, aclamado por la plebe entraba en Roma al frente de sus legiones, solía llevar a su lado un siervo que le repetía constantemente: “Mira hacia atrás y recuerda que sólo eres un hombre”.


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