En el límite

Toxo, Méndez y el Mago de Oz

“El maravilloso mago de Oz”, título publicado en 1900, narra la historia de una niña transportada por un tifón a una tierra fantástica donde conoce a personajes tan singulares como el “hombre de hojalata”, compañero del metal completamente oxidado y falto de corazón y sentimientos, o “el espantapájaros”, un hombre de paja con un pequeño defecto: carece de cerebro. Juntos recorren una senda de baldosas amarillas en busca del famoso mago de Oz, que podría dar solución a sus graves problemas. Mientras algunos estudiosos consideran que, más que un mero cuento para niños, esta obra constituye una profunda crítica política, social y económica de la Norteamérica de su época, traída a la actualidad bien podría componer una triste alegoría del sindicalismo español en la nueva e importante encrucijada que se abre tras la reforma laboral.

La obsolescencia de los sindicatos tradicionales

Los importantes cambios económicos, sociales y tecnológicos de los últimos tiempos condujeron a una notable obsolescencia del papel tradicional de los sindicatos. La competencia internacional, la apertura de los mercados y la crisis fiscal del Estado, mermaron las posibilidades sindicales de extraer rentas no competitivas, tanto en las empresas privadas como en la Administración Pública, mientras la acelerada tercerización de la economía reducía drásticamente su base tradicional en favor de empleados crecientemente heterogéneos, individuales e independientes, más preocupados por su carrera profesional que por la acción colectiva. Un contexto muchísimo más complejo donde ya no era posible resolver los problemas de los trabajadores con consignas simplistas, pancartas, banderolas, griteríos, huelgas ni algaradas callejeras.

A pesar de todas estas transformaciones, los sindicatos mayoritarios españoles pudieron  conservar unas estructuras y usos anacrónicos, tan oxidados y anquilosados como el “hombre de hojalata” y tan carentes de juicio, reflexión y criterio como el “hombre de paja”, gracias a unas leyes que les concedían artificialmente un protagonismo, unas atribuciones y unos medios absolutamente desproporcionados para la representación que ostentaban. Como era de esperar, utilizaron este enorme poder con menos sensatez de la deseable, imponiendo en muchos convenios ciertas condiciones que favorecían a sus bases pero resultaban lesivas para el resto de los trabajadores y, sobre todo, para los desempleados. Manejaron los cuantiosos fondos de formación de manera opaca, sin descartar la manifiesta irregularidad, y abusaron hasta el límite de las horas de representación, acumulándolas sin decoro para crear una casta de liberados al servicio del sindicato, que no trabajan pero reciben su sueldo de las empresas o de la administración.

Pero nada dura eternamente. La reciente reforma laboral, necesaria aunque insuficiente en algunos aspectos, limitará de forma notable el poder, y previsiblemente los ingresos, de los sindicatos mayoritarios, situándolos en una crucial encrucijada: transformarse o desaparecer.

Hacia un nuevo sindicalismo

Para adaptarse a los nuevos tiempos, el sindicalismo del futuro deberá adoptar unos estilos, formas y contenidos muy distintos a los actuales. Estará dirigido por un grupo de profesionales y expertos prestigiosos que aporten un valor añadido a los trabajadores, no por una casta privilegiada, que vive a costa del presupuesto público. Se financiará través de las cuotas de sus afiliados y, para ello, prestará unos servicios valiosos de asesoramiento, apoyo, protección y orientación profesional, en lugar de constituir un sindicato de silicona con ideología radical y  escasa capacidad de elaboración, reiterativo en desgastadas consignas. Enfocará su estrategia a la resolución de problemas, a la innovación, a la mejora de la productividad y a las políticas que puedan reducir el desempleo, no a una confrontación dialéctica poco imaginativa o a una inútil presión para mantener cierto statu quo legal, especialmente beneficioso para sus intereses. Y utilizará un lenguaje técnico, correcto, amable, riguroso e ilustrativo, desterrando cualquier atisbo de expresiones barriobajeras o modales patibularios.

Los nuevos sindicatos serán plenamente conscientes de que, en etapas de acusada caída de la demanda, deben fomentar la flexibilidad y el ajuste interno de las empresas antes que los despidos pero éstos antes que el cierre definitivo de las empresas. Perseguirán aumentos salariales en las etapas de expansión económica pero no pactarán incrementos desproporcionados en medio de una profunda recesión, aun cuando acceda a ello una patronal poco representativa. Admitirán la necesidad de un nuevo marco de relaciones laborales, tratando a los trabajadores como clientes de sus servicios, no como a una mera masa manipulable en una asamblea al grito de “compañeros, todos a la huelga general”. En definitiva, los sindicalistas dejarán de ser percibidos por el público como otra versión, acaso más tosca, de nuestra original clase política.

Ahora que esa senda de baldosas amarillas, formada por fondos públicos a raudales, amenaza con estrecharse poniendo en peligro una cómoda existencia a expensas de los contribuyentes, se abre una magnífica oportunidad para que los sindicatos mayoritarios acometan una profunda renovación. Profesionalización, despolitización, cualificación, amplitud de miras y capacidad de reflexión son las palabras clave. Sin embargo, conociendo los antecedentes, puede que los señores Toxo y Méndez necesiten los servicios de un mago, investido de extraordinarios  poderes, que les ayude a recuperar el corazón y, sobre todo, la cabeza.


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