En el límite

ʻTangentopoliʼ aquí y ahora

Ningún augurio permitía sospechar a Mario Chiesa (47) que su trayectoria vital se torcería radicalmente esa funesta mañana de febrero de 1992. Ni que su caída arrastraría consigo el sistema político instaurado en Italia tras la muerte de Benito Mussolini y la abolición de la monarquía. Chiesa se había limitado a representar el acostumbrado libreto, esa rutina de cobrar por otorgar un favor. Pero esta vez iba a ser diferente. El fiscal Antonio di Pietro, alertado por un empresario harto de pagar comisiones, había tendido una trampa al político milanés y lo detuvo infraganti mientras se embolsaba un abultado fajo de billetes destinado a su cuenta suiza.

Pero sería su jefe en las filas socialistas, Bettino Craxi, el principal protagonista, el verdadero detonante de la tremenda explosión. En lugar de arropar a su compañero, apelando a la consabida presunción de inocencia, el arrogante dirigente lo descalificó en público afirmando que era un ladrón, una mancha en el "partido más honrado de Italia". Abandonado a su suerte, Chiesa decidió cantar involucrando a muchos conmilitones, entre ellos el propio Craxi. La bola de nieve comenzaba a rodar. El movimiento de jueces y fiscales, denominado Manos Limpias, fue tirando de los hilos hasta desentrañar unas tramas corruptas que enraizaban en todos los partidos y en todas las estructuras administrativas del país. Tras el telón, las vergüenzas de Tangentopoli, todo un mundo de corrupción, extorsión y financiación ilegal, se mostraban a la vista del público.

Acorralado por la justicia, Bettino Craxi no negó los hechos. Más bien trató de justificarlos en un ejercicio de banalización del mal. Declaró que su proceder era común a todas las formaciones, la regla general de actuación. Que la corrupción era el coste de la política, el precio que la sociedad debía pagar para mantener una democracia de partidos. Olvidaba que la mayor parte de los sobornos iba directamente al bolsillo de los dirigentes, no a la financiación de gastos electorales. Los jueces citaron a 5.000 sospechosos, imputaron a más de la mitad de los miembros del parlamento, disolvieron 400 ayuntamientos y comprobaron que las grandes empresas pagaban anualmente más de cuatro mil millones de dólares en sobornos. Los partidos tradicionales sufrieron un cataclismo electoral, desapareciendo del mapa. El propio Craxi, antiguo primer ministro, acabó sus días exiliado en Túnez para eludir una condena de 27 años de cárcel.

Anatomía de un sistema

En 1948, bajo el influjo de la guerra fría, Italia había establecido una fórmula electoral proporcional, que reproducía convocatoria tras convocatoria una composición parlamentaria casi fija. Diseñado para excluir del gobierno nacional al Partido Comunista y evitar intromisión de Moscú, el cerrado e hiperregulado sistema propició un reparto de áreas de influencia entre partidos y facciones (lottizzazione), en un marco profundamente clientelar con fuerte polarización ideológica (o pseudoideológica) izquierda-derecha. Pero la acción de Manos Limpias destapando la cloaca desató el entusiasmo de la población y propició la transformación del sistema. 1993 daba paso a una nueva ley electoral que permitiría elegir en distritos uninominales el 75% del parlamento.

Es entonces cuando surge una singular figura, que protagonizará las dos décadas siguientes. Silvio Berlusconi, magnate de los medios de comunicación, se presenta como un empresario hecho a sí mismo, el self-made man estilo americano, un hombre que ha construido un imperio de la nada. Con un novedoso discurso, claro y directo, ataca a las clases políticas tradicionales, fustiga la corrupción, la burocracia, la hipocresía. Il Cavaliere apela constantemente a la democracia de los electores, a la transparencia, a la conexión inmediata entre política y opinión pública.

Sin embargo, Berlusconi no aparecía por arte de magia: era un producto del viejo sistema. Los políticos no se corrompían ellos solos, necesitaban la contraparte, esos "empresarios" que pululaban alrededor en busca de privilegios. Ciertamente, Berlusconi no había sido político, no cobraba comisiones. Él las pagaba. Había labrado su fortuna a base de contactos, favores e influencias, siempre en la órbita del poder político. Era absurdo presentarse como un outsider, libre de polvo y paja, un auténtico reformador del caduco régimen. Tan ridículo como si Jesús Polanco hubiera saltado al ruedo de la política española como un empresario modelo, ajeno al sistema, un emprendedor con fortuna amasada con esfuerzo, competencia e innovación, sin contacto alguno con los poderes públicos.

El vendaval que barrió Italia en los 90 redujo la corrupción y mejoró la política. Pero su efecto fue temporal e incompleto. Las reformas parciales, limitadas, fueron engullidas paulatinamente por la implacable maquinaria a medida que la población se desentendía, perdía interés por los interminables procesos judiciales. Finalmente, los cambios fueron revirtiéndose, siendo Berlusconi el artífice de esa contrarreforma electoral que regresó en 2005 a un sistema de listas cerradas.

Y ahora España

Esta historia resulta familiar pues el montaje del sistema político español utilizó muchos decorados, atrezos y vestuario de diseño italiano. Como allí, el presente Régimen se agrieta, se resquebraja, se hunde bajo el peso de la corrupción y de una clase política más pendiente de mantener sus privilegios, de achicar crecientes vías de agua, que de velar por los intereses generales. Una élite que, por mucho empeño que pone, se muestra incapaz de tapar los numerosos escándalos que revelan la putrefacción de la cúspide a la base.

Y, aunque Bárcenas no encaje en el papel de Chiesa ni el carácter de Rajoy sea propicio a admitir públicamente que aquí nadie, ni siquiera el Rey, hace ascos a suculentas comisiones, los partidos tradicionales se van desangrando en votos a medida que los electores vislumbran las colosales dimensiones de nuestro particular Tangentopoli. ¿Acabarán ciertos personajes encarcelados o en el exilio? La experiencia italiana muestra que el cambio es posible, que la opinión pública puede ejercer una fuerza irresistible, que los partidos tradicionales no tienen el futuro asegurado. Pero hacen falta nuevos líderes, dispuestos a romper barreras, a avanzar hacia un sistema de libre acceso.

Es tiempo de participación, de empuje, de superación de absurdas enemistades tribales, de cumplida respuesta a los pusilánimes, a esos que agitan el espantajo del pesimismo, de la imposibilidad del cambio, a los que, encerrados en su torre de marfil, justifican su pasividad y conformismo en la inutilidad de cualquier esfuerzo. Es hora del recambio de los viejos partidos por otros nuevos, de renovación dentro de un proceso de reformas rápidas, profundas y radicales. Eso sí, desconfiando de aquellos que, tras haber ocupado destacados cargos políticos, despotrican contra el statu quo cuando sospechan que la tortilla está a punto de voltearse. Ya lo dijo Pio Cabanillas: "todavía no sé quiénes ganaremos las elecciones".


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