En el límite

Cuando Suecia era España

Una gigantesca marea de corrupción inunda el sistema político mostrando nítidamente la profunda podredumbre del Régimen. La ciudadanía, indignada, no divisa con claridad el final del túnel ¿Acabará la pesadilla o estamos condenados a revolcarnos por siempre en el lodo? ¿Se trata de nuestro sino, del inevitable destino, o existen opciones de cambio? ¿Son los nuevos partidos una garantía de regeneración? ¿Saldremos del círculo vicioso de favoritismo y corrupción? Sencillo no es. Pero tampoco imposible: Suecia lo consiguió.

Según Vergennes, los dirigentes y servidores públicos mostraban un extremado grado de deshonestidad, envilecimiento y degradación. Una situación muy similar a la de la España actual

En un reciente artículo, B. Rothstein y J. Teorell analizan en profundidad los cambios que transformaron completamente el marco político sueco durante el siglo XIX, una inusitada evolución desde un régimen patrimonialista, de intercambio de favores, hacia un Estado objetivo e imparcial. Hacia 1800, Suecia era uno de los países más corruptos del mundo. La omnipresente podredumbre había alarmado en 1771 al recién llegado embajador francés, Charles Gravier de Vergennes, quien describiría en sus cartas la tremenda arbitrariedad y el desafuero que imperaban en ese reino. Según Vergennes, los dirigentes y servidores públicos mostraban un extremado grado de deshonestidad, envilecimiento y degradación. Una situación muy similar a la de la España actual.  

La catastrófica derrota ante las tropas rusas en 1809 privó a Suecia de un tercio de su territorio, generando un poderoso revulsivo en la conciencia de la clase dirigente. Muchos atribuyeron la responsabilidad del desastre a la corrupción, al sistema patrimonialista que otorgaba los grados en el ejército, no a los más formados y capaces, sino a quienes pagaban por ellos. En efecto, los cargos oficiales se compraban y vendían. Comenzó a extenderse la percepción de que la propia existencia de la nación se encontraba en peligro. Sólo una catarsis podría evitarla.

Reformas profundas, intensas, radicales

Los cambios comenzaron poco después, entre ellos la sustitución de la dinastía reinante. Jean-Baptiste Bernadotte, general del ejército de Napoleón, es proclamado rey. Las reformas continúan y ya no cesan, acelerándose entre 1855 y 1875 de manera tan profunda y radical que transforman completamente la faz del país. Y alteran drásticamente la conducta de los gobernantes, la actitud de los servidores públicos y la mentalidad de las gentes. En medio siglo, Suecia abandona la corrupción generalizada para convertirse en uno de los países más limpios. Por supuesto, no necesitaron cambiar la base étnica o cultural, esa esencia que, según algunos, determina el destino de los países. Bastó con reformar profundamente las instituciones.

Absurdo es el pretendido pacto anticorrupción entre partidos, un ridículo gesto de cara a la galería. Las reformas deben ser profundas intensas, radicales, continuadas

Para salir de un régimen de latrocinio generalizado son inútiles los cambios parciales o timoratos. Absurdo es el pretendido pacto anticorrupción entre partidos, un ridículo gesto de cara a la galería. Las reformas deben ser profundas intensas, radicales, continuadas. Deben transformar las expectativas de la gente, su percepción del comportamiento de los demás. Es la conocida teoría del Big Bang, el colosal impulso, la volea capaz de vencer la enorme inercia, superar la fuerza gravitatoria y lanzar el sistema a una órbita distinta. Aun así, ésta solo es la parte sencilla. Se conocen bien las reformas necesarias para superar la corrupción sistémica, la putrefacción, los regímenes patrimonialistas, pero mucho peor las condiciones que impulsan a un país a llevarlas a cabo. ¿Cuáles son las circunstancias que conducen a dirigentes y ciudadanos a acometer con seriedad y disposición los cambios? El verdadero enigma no es cómo sino por qué lo hicieron. "Lo difícil no es saber dónde está el alcohol sino encontrar a alguien dispuesto a enfrentarse a Al Capone".

El caso sueco es ilustrativo por su excepcionalidad: los sistemas cerrados raramente evolucionan. Un marco institucional como el español, corrupto, personalista, basado en privilegios e intercambio de favores constituye un equilibrio muy robusto, un potente círculo vicioso que se refuerza constantemente: ninguno de los participantes posee incentivos individuales para impulsar el cambio. Las élites por motivos obvios. El sistema extractivo las protege de la competencia, permite a sus integrantes, sean políticos o grandes empresarios, repartirse rentas de mercados cautivos, aprovechar retorcidas leyes en beneficio propio. Para Rothstein y Teorell fue la visión del abismo el factor que pudo empujar a las clases dirigentes suecas a renunciar paulatinamente a sus privilegios para evitar el hundimiento de la nación. No parece el caso de España, donde unas clases gobernantes retrógradas, miopes, ocupadas en contemplar su ombligo, no suelen mover un dedo ante un perspectiva catastrófica.  

La fuerza de las ideas

El ciudadano de a pie tampoco posee grandes motivaciones para enarbolar la bandera del cambio. Desde una perspectiva de cálculo individual, no compensa incurrir en los costes y riesgos que implica organizarse para impulsar la regeneración, una acción cuyo beneficio, en caso de éxito, ser repartirá entre todos. Ya lo señaló con agudeza Mancur Olson: resulta bastante más fácil organizar grupos que persiguen intereses particulares que aquellos que promueven el interés general. Cada sujeto juzga mucho más rentable dedicar los esfuerzos a colocarse adecuadamente dentro del sistema, buscar un puesto de privilegio, que a intentar cambiar el marco político.

Desgraciadamente, los nuevos partidos atraen arribistas como un potente imán al ritmo de las perspectivas electorales

Quizá por ello, no todos los que hablan de regeneración lo hagan por motivos puramente altruistas. El discurso ha servido en ocasiones como elegante disfraz, estrategia de marketing o vía para medrar, ascender en el escalafón. Desgraciadamente, los nuevos partidos atraen arribistas como un potente imán al ritmo de las perspectivas electorales. Y los recién llegados descubren rápidamente que no resulta tan fácil renunciar a la dulzura de los privilegios.

La regeneración política es imprescindible para la sociedad pero muy costosa para aquellos que intentan sinceramente impulsarla. Ésa es la verdadera tragedia. Sólo la fuerza de las ideas, la convicción, la generosidad, los principios, son capaces de romper el fatídico círculo vicioso, generar esa voluntad que mueve montañas, que impulsa a muchos ciudadanos a actuar de forma desinteresada en pos de aquello que consideran justo y conveniente. Si Suecia fue capaz... nosotros también. Pero hace falta una actitud mucho más activa, consciente y generosa. 


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