En el límite

Suárez y el Rey en 'Sálvame'

El último libro de Pilar Urbano ha desencadenado un fenómeno inédito en España. Mientras una masa de informadores se rasgaba las vestiduras, incluso antes de leer sus páginas, la Casa Real difundía un comunicado desmintiendo el contenido. Y al calor del conjuro, una santa compaña de antiguos colaboradores de Adolfo Suárez rebatía, con acompasada voz de ultratumba, todo lo expuesto en el texto. ¿A qué obedece tanta controversia? ¿Cuál es la causa de semejante efervescencia? El problema no se encuentra en la argumentación, en las ideas desarrolladas en el libro, pues Urbano no presenta ninguna tesis novedosa, nada que no estuviera escrito con anterioridad. El escándalo tiene su origen en los detalles, en esos elementos que tocan la fibra sensible, en esos cotilleos que conectan el relato con la prensa rosa. Una muestra más de la simpleza y frivolidad que han caracterizado los debates políticos en el Régimen de la Transición.

En "la gran desmemoria", Urbano sostiene la implicación de Juan Carlos en la llamada 'Operación Armada', esa retorcida jugada para desbancar a Suárez. Un plan que incluía el g Gobierno presidido por el general Alfonso Armada con participación de todos los partidos, el famoso 'golpe de timón' que acabó desembocando en el 23-F. Aun así, otros autores ya habían desarrollado esta línea argumental sin causar gran escándalo. Incluso, comparativamente, el presente libro resulta moderado al adjudicar al Monarca un papel más lejano y secundario. Pero el detonante de la polémica no se encuentra en la mayor o menor complicidad del Rey en la trama sino en los pretendidos diálogos entre Suárez y Juan Carlos. Ésos que se filtraron en la entrevista previa al lanzamiento del libro.

Titulares para la prensa rosa

Los libros políticos no suelen crear tanta polémica en España. Por muy crítico que resulte su contenido, rara vez molestan al poder pues muy poca gente los lee. "Si quieres guardar un secreto... escríbelo en un libro y publícalo". Cosa muy distinta es dar titulares a la prensa rosa, la que más audiencia tiene, la que más discusiones y chascarrillos suscita. Ahí se encuentra el límite de lo tolerable. Un texto podría perderse en complicadas argumentaciones para mostrar que el Rey propició la caída de Suárez, que estuvo al tanto o, incluso, impulsó activamente la 'Operación Armada'. El poder ni se inmuta. Podría señalar indicios de que Juan Carlos cobra comisiones, posee una fortuna milmillonaria o maneja los servicios secretos para asuntos privados. Escasa reacción. Pero la transigencia desaparece drásticamente ante la difusión de presuntos diálogos con lenguaje barriobajero y modales patibularios entre Suárez y el Rey. Un gancho capaz de despertar la vena cotilla que, creen, todo español lleva dentro.

Expresiones como "nos la has metido doblada" entorpecerían el proceso de canonización de Suárez, con el que el Régimen intenta blindarse temporalmente. Otras, más propias del peor Spaghetti Western, "uno de los dos sobra aquí, y no soy yo"; o de una riña tabernaria, "¿me estás amenazando, so cabrón?" dirigidas al santo, degradarían todavía más la figura de Juan Carlos al papel de villano, poniendo en riesgo el período necesario para organizar la abdicación y el relevo. Al fin y al cabo, fueron titulares de prensa rosa, Corinna y el elefante, los que torcieron definitivamente la imagen del Rey. Ahora se trata de apuntalar, a cualquier precio, la peana de Suárez y el trono de Juan Carlos hasta que alguien establezca una hoja de ruta que permita salvar al Régimen del más que probable naufragio.

La España del esperpento

Así se explica que la Casa del Rey se arranque por bulerías calificando "las conversaciones que se citan en el libro como pura ficción imposible de creer". O que ciertos dinosaurios, hasta ayer políticamente extinguidos, desfilen a toque de silbato afirmando que las relaciones entre Suárez y el Rey "estuvieron presididas,por ambas partes, por la lealtad, el respeto recíproco en lo institucional y por una amistad sincera y profunda en la esfera más personal, todo lo contrario de lo que algunas conversaciones imaginadas y noveladas pretenden sugerir".

Tampoco sorprende que uno de los principales beneficiarios del negocio de la Transición, Juan Luis Cebrián, entre al trapo exponiendo por enésima vez los consabidos argumentos, rancios y apolillados, esas consignas que se repiten y repiten hasta acabar perdiendo el sentido. O que Suárez Illana salga al quite publicando varias cartas que mostrarían un tono muy distinto entre los dos personajes. No esperaría Illana que esas misivas, seguramente dictadas por Sabino y con membrete oficial, iban a mentar a la señora madre de Suárez o poner en tela de juicio la hombría del destinatario. Como una corrala de asiduos a los programas del corazón, todos estos personajes se han tomado demasiadas molestias para desmentir detalles que, en circunstancias normales, no pasarían de una fugaz entrada en la prensa de chismorreo. Y han acabado promocionando un libro que, de otro modo, hubiera tenido modesta acogida.

La España del esperpento se revuelve con creciente intensidad a medida que se acerca el fin del Régimen. Poco a poco, la gente va descubriendo que la historia de la Transición se manipuló hasta tal punto, que cualquier detalle morboso resulta ahora verosímil. Con la perspectiva del tiempo, la talla de la mayoría de sus protagonistas ha ido mermando hasta reflejarse como miopes ambiciosos que hubieran vendido su alma al diablo por un cargo destacado, por un ministerio... o por ocupar una línea en la famosa lista del general Armada. En este momento, los políticos no son conscientes de que el tirón necesario para sacar al Rey del fango puede acabar desencajando definitivamente sus maltrechos huesos. Quizá algunos lo sospechan y, por eso, le echan una mano... al cuello, en espera de los futuros favores que pudiera otorgar Felipe. Ignoran que la historia no siempre se repite. 


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