En el límite

¿Sobrevivirá el euro?

La reciente crisis de Chipre ha devuelto la atención hacia el futuro del euro, suscitando nuevas dudas acerca de la permanencia de algunos países en la moneda única. Y también el viejo debate sobre si fue acertado adoptar la moneda europea, discusión que tiene su origen en el conocido concepto de zona monetaria óptima. ¿Es conveniente que dos o más áreas geográficas adopten la misma moneda?

La respuesta es tan compleja y controvertida como interesante su discusión. Se trata, nada menos, que de sopesar las ventajas, generalmente evidentes e inmediatas, con las desventajas, algo más ocultas, resbaladizas y diferidas en el tiempo. Si los beneficios superan a los costes, el área sería óptima. Fácil es decirlo, más complejo medirlo y muy resbaladizo determinarlo, especialmente por la importancia de condicionantes políticos que no suelen tomarse en consideración.

Una moneda común reduce los costes de transacción y elimina el riesgo de tipo de cambio. Por ello acrecienta el flujo comercial, fomenta las inversiones transnacionales y favorece los movimientos de capitales financieros. En este sentido, la zona euro intensificó el intercambio de bienes, aunque no en la magnitud que sus impulsores esperaban, y permitió a algunos países financiarse a unos “tipos de interés alemanes”.

Los peligros de la moneda única

Pero las autoridades europeas infravaloraron algunos peligros, quizá porque éstos tardarían en manifestarse. Los tipos de cambio constituyen una válvula automática capaz de aliviar de forma inmediata muchas tensiones y desequilibrios. Las perturbaciones negativas que afectan a un solo país se ajustan de manera mucho más rápida e indolora con una simple depreciación de la moneda que renegociando a la baja los precios interiores, generalmente bastante rígidos. Dado que el euro eliminaba este mecanismo, era conveniente establecer aliviaderos alternativos de la presión. Sin embargo, los padres del euro no cayeron en la cuenta de que su puesta en marcha iba a ser políticamente muy complicada. 

Desaparecida la opción de depreciar la moneda, países como el nuestro necesitaban unos mercados mucho más flexibles y competitivos, unas políticas presupuestarias bastante más sensatas y una acrecentada movilidad del factor trabajo. Ante el huracán, mejor un flexible arbusto que un árbol con tronco duro y quebradizo. Aunque España carecía de estos tres elementos, los optimistas creadores del euro pensaban que la Unión Monetaria incentivaría unas reformas que avanzasen en la dirección correcta. Craso error: las rigideces no son casuales sino consustanciales a sistemas políticos como el español, cuya lógica consiste en el reparto de rentas, la concesión de privilegios y la utilización del masivo gasto público para beneficio de bolsillos propios y compra de voluntades ajenas. Conceptos como la competencia, la eficiencia, la austeridad, la igualdad efectiva ante la ley, los incentivos al mérito, las oportunidades al emprendedor o la movilidad social siempre se encontraron en las antípodas de un Régimen caracterizado por el intercambio de favores y la sumisión al poder político.

Lejos de impulsar las necesarias reformas, el euro las desincentivó. Los políticos españoles tomaron la inicial bonanza y los fondos recibidos con el espíritu de la cigarra, disponiéndose a repartir entre los allegados el nuevo maná. ¿Por qué reformar o cambiar algo si la economía seguía creciendo? ¿Por qué moderar el gasto público si el euro permitía tomar prestado a tipos de interés de saldo? Al contrario, las crecientes y complejas normas y regulaciones autonómicas iban intensificando la rigidez de los mercados y estableciendo nuevas trabas a la movilidad, mientras los bajos tipos de interés y la enorme entrada de fondos inflaban espectacularmente la burbuja, proporcionando al erario unos ingresos engañosos que se convertían invariablemente en nueva burocracia, descomunales administraciones y sustanciosas comisiones que engordaban el peculio de ciertos gobernantes, desde el rey al concejal, cada uno en proporción a su rango. En contra de lo previsto, el euro empujaba a una política cortoplacista e insensata pero nadie se atrevió a parar la peligrosa fiesta.

Misma moneda, mismas instituciones

El estallido de la burbuja puso a nuestro país frente al espejo. El tipo de cambio hubiera proporcionado un analgésico para una intervención más rápida e indolora. Pero ya era tarde. El euro no permitía más que una operación larga y sin anestesia, una devaluación interna de precios y rentas tan lenta y compleja que los ajustes se produjeron mayoritariamente vía cantidades: enorme caída de la producción, desempleo masivo, etc. En resumen, aprovechar las ventajas del euro minimizando los riesgos hubiese requerido unas reformas bastante incompatibles con nuestro sistema político.

Si se aplicase estrictamente la teoría, algunos países del mundo no constituirían áreas monetarias óptimas: supuestamente algunas de sus regiones deberían disponer de una moneda distinta a la nacional. Sin embargo, óptima o no, la extensión geográfica de las monedas siempre ha coincidido históricamente con los límites de las fronteras nacionales, algo que funcionó aceptablemente por la capacidad de las autoridades para imponer reglas e instituciones homogéneas aunque existiesen marcadas diferencias económicas entre regiones. El euro constituye la primera experiencia seria y sistemática en que las lindes monetarias rebasan ampliamente fronteras políticas e institucionales.

Si persiste la nula disposición de regímenes como el español a transformar radicalmente sus instituciones, a superar el cerrado sistema de reparto de rentas para caminar con decisión hacia otro plenamente competitivo y abierto, las perspectivas para el euro no son muy prometedoras. O bien Europa avanza hacia una unión política, descartada por el momento, o el euro seguirá experimentando crisis recursivas que empujarían a la larga hacia su desintegración, al menos en la forma en que hoy lo conocemos. Y es una lástima, porque ante las tremendas dificultades surgidas, los políticos españoles llegaron a plantearse en algún momento la necesidad de reformas. Por desgracia, Mariano Rajoy sentó finalmente el criterio de que la mejor decisión es aquélla que no se toma.  


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