En el límite

Seleccionar a los peores para gobernar

Tras años de escasa transparencia, decisiones erróneas (equivocadas muchas, interesadas la mayoría), corrupción generalizada, despilfarro, vergonzosa connivencia entre políticos y ciertos empresarios y, sobre todo, una constante deriva hacia el desastre, pocos ciudadanos tienen hoy un elevado concepto de nuestra clase gobernante. Algunos, sin embargo, aceptan la pésima calidad de nuestros dirigentes como un mal inevitable. Al provenir de la sociedad, sostienen, la clase política reproduciría los defectos del ciudadano medio: cualquier persona se comportaría de manera similar si tuviese que afrontar las responsabilidades públicas. Las causas últimas del pésimo gobierno se encontrarían en la peculiar idiosincrasia del pueblo español, sin que exista medida, transformación o reforma capaz de resolver el problema. Por suerte, este pesimista enfoque se asienta en una base poco sólida. La clave se encuentra en los erróneos mecanismos de selección de los dirigentes.

Dado que las personas difieren en sí en cualidades y actitudes, los procesos de selección consisten en escoger grupos de individuos con características medias distintas a las de la población. En ocasiones, son los propios sujetos quiénes se “autoseleccionan” mediante decisiones voluntarias. En cualquier caso, los criterios, pruebas e incentivos, deben ser los apropiados para que el grupo elegido resulte idóneo en la tarea encomendada. Sin embargo, los procesos de selección (y autoselección) en la política española son nefastos, permitiendo que muchos cargos de enorme responsabilidad sean ocupados por personajes incapaces, interesados, corruptos o malintencionados, bastante apartados del ciudadano medio.

Los gobernantes toman muchas decisiones que afectan a la vida y al bienestar de millones de personas. Una política incorrecta, o errónea, puede significar la ruina para muchas familias o el sacrificio de toda una generación. Al igual que las corporaciones escogen cuidadosamente los directivos que deben tomar las decisiones cruciales, una sociedad madura no debe escatimar esfuerzos a la hora de establecer unos adecuados mecanismos de selección de las élites dirigentes, garantizando que los puestos de alta responsabilidad sean ocupados por personas con aptitudes sobresalientes, especialmente en los momentos de gran dificultad e incertidumbre.

Las cualidades de un verdadero estadista

Ciertas cualidades definirían a un auténtico estadista. Formación y conocimientos para comprender el alcance y los efectos de las diversas opciones. Disciplina, tesón y pragmatismo para sobreponerse a circunstancias difíciles y superar los impulsos puramente emocionales. Sentido de la imparcialidad y conciencia de que gobierna para todos los ciudadanos, no sólo para una parte. Generosidad, honradez y voluntad de servir, sin que primen sus propios intereses sobre el bienestar de los ciudadanos. Principios sólidos, capacidad de resistir presiones interesadas y de transmitir confianza. Sinceridad, asumiendo la responsabilidad de sus actos y sus palabras. Austeridad, aceptando su condición de mero administrador del dinero de los contribuyentes. Respeto escrupuloso a las reglas del juego, consciente de que la base de la democracia no es tanto la preponderancia de la mayoría como el imperio de la ley y la separación de poderes. Y, por último, realismo y espíritu crítico, alejado de quimeras y fantasías.

Aun admitiendo que no existe sistema perfecto y que los políticos difícilmente reunirán todas esas características ideales, cualquier ciudadano racional intentaría escoger preferentemente a aquellas personas con las mejores cualidades. Desgraciadamente, los electores no pueden discriminar con su voto entre candidatos individuales; tan sólo introducir la papeleta con unas siglas. Son los partidos quienes realizan toda la selección previa, con criterios tan opacos como inadecuados, presentando al electorado unos paquetes elaborados y cerrados.

La clave se encuentra precisamente en este largo, enorme y complejo proceso de selección en el seno de los partidos, caracterizado por la falta de transparencia, la ausencia de democracia interna y el desprecio absoluto por las normas. Como los agujeros negros, los partidos atrapan cualquier rayo de luz que se acerca a sus inmediaciones, oscureciendo el sistema político y la mayor parte de las instituciones.

La perversa “selección” que realizan los partidos

Los criterios para permanecer y medrar en los partidos suelen estar muy alejados de conceptos tales como excelencia, mérito o esfuerzo. Y mucho más de la honradez o los principios sólidos. Afinidades personales o de grupo, carencia de espíritu crítico, conducta oportunista y conspiradora o flexibilidad para cambiar de criterio a una orden, son atributos muy convenientes para el “éxito”. El silencio ante al abuso, la indigna adulación o la capacidad de regate en corto, se consideran también apreciables méritos para ganarse la confianza de unos líderes que sustituyeron el debate de ideas por el reparto de favores. En las barriobajeras luchas por el poder, que se desatan en ocasiones, acaban venciendo casi siempre los más tramposos y maniobreros. Los procesos de autoselección funcionan con tanta intensidad como perversión: las personas honradas, cabales, idealistas y bien preparadas suelen experimentar un impulso irrefrenable a abandonar unos ambientes dominados por la corruptela, la pobreza intelectual y la indignidad.

Mejoraría sustancialmente nuestra clase dirigente, y el desempeño de la política, si tanto los líderes como los candidatos de cada partido fuesen escogidos mediante votación por militantes y simpatizantes. Y los diputados elegidos en distritos unipersonales, donde el candidato debe presentarse ante los electores de forma individual y a pecho descubierto. No sirve ya esconderse tras unas siglas, repetir como un papagayo las consignas del partido o soltar majaderías acerca de los rivales. Ahora cobran importancia sus actos, su trayectoria vital, personal y profesional, abiertas al escrutinio público.

Quizá en ese caso nos sentiríamos reacios a votar para representante, o gestor de recursos públicos, a alguna persona que nunca haya desempeñado una función de responsabilidad en el mundo profesional, más aún si jamás trabajó. O que no haya realizado el esfuerzo de formarse adecuadamente. O que nunca haya participado en un proyecto altruista y desinteresado. Al fin y al cabo, las cualidades de los candidatos se infieren mucho mejor de sus actos, y su pasado, que unas vacías siglas o unos aprendidos y entrenados discursos.


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