En el límite

Rubalcaba: ¿En busca del voto irracional?

“Tiene usted un programa oculto de recortes” espetó Alfredo Pérez Rubalcaba a su rival, atribuyéndole así unas malignas y arteras intenciones, en un intento de elevar la tensión y movilizar a una parte del electorado a su favor. “Ustedes lo hicieron muy mal y yo pienso hacerlo bien, dando confianza” podría resumir la respuesta de Mariano Rajoy, pretendiendo restar carga emocional al debate.

Aparte de la vaguedad y extremada pobreza argumental que siempre ha caracterizado la política española, algunos aspectos de esta discusión traen a la memoria un episodio ocurrido en las anteriores elecciones generales. Un micrófono abierto permitió escuchar a José Luis RodríguezZapatero confesando que “nos conviene que haya tensión” y “voy a dramatizar un poco”. Y la pregunta que surge es: ¿puede una mera tensión teatral modificar los resultados de unas elecciones? La respuesta sería negativa si aceptamos que todos los ciudadanos votan tras sopesar concienzudamente los pros y los contras de los programas electorales pero ¿qué pasaría si no fuera así?

Bryan Caplan, profesor de economía en la Universidad George Mason (Virginia), sostiene que una parte de los electores vota bajo el influjo de emociones, impulsos o creencias erróneas, que no se molestan en corregir, porque eso les hace sentir bien. Es lo que el autor llama el “votante irracional”. Se trataría de una persona que, en el resto de aspectos de la vida compararía adecuadamente las opciones disponibles, eligiendo aquélla que considera mejor para su bienestar e intereses, sin dejarse cegar por impulsos. Puede ser un trabajador ejemplar y un consumidor prudente pero no actúa con el mismo celo ni muestra la misma coherencia cuando decide qué papeleta introducir en la urna. Esto es así porque percibe que el voto tiene consecuencias diferentes. Si fuese irracional en su trabajo o comprase guiado sólo por sus impulsos, los perjuicios de esas acciones recaerían sobre él. Sin embargo, su voto individual nunca va a afectar al resultado de las elecciones, ya que es uno entre millones. Puede permitirse el lujo de satisfacer ahí sus impulsos y emociones porque sabe que esa acción concreta no le va a perjudicar. Por ello, tampoco se mostraría muy dispuesto a dedicar tiempo y esfuerzo para obtener información sobre las propuestas ni sobre las consecuencias de las políticas.

Es evidente que gran parte de los electores atiende a argumentos y razones pero existen ciertos indicios para admitir que el voto irracional, tal como lo define Caplan, también puede haber representado un papel de relativa importancia en España, al menos hasta ahora. Entre ellos, la vehemencia con la que la que muchos ciudadanos se han alineado con alguno de los partidos dominantes, con independencia de su gestión. Y no se trataba exactamente de una adscripción ideológica: en el fondo, los programas de los partidos mayoritarios nunca han sido muy distintos. Subyacía, en muchos casos, un sentido de identidad o pertenencia, exacerbado en el caso de los partidos nacionalistas, cuyo leitmotiv parece consistir más en lo que son que en lo que hacen. Tampoco es descartable que ciertas características de nuestro sistema político puedan haber contribuido a fomentar este tipo de voto.

La estrategia de Rubalcaba se interpretaría entonces como un intento de agitar las emociones de aquellos votantes que, aún identificándose por alguna pulsión emocional con el Partido Socialista, han decidido racionalmente no votarlo ahora, debido a la mala gestión del gobierno. Se trata de repescar como votantes irracionales a algunos de los que se han trasladado esta vez al lado racional y, para ello, es necesario plantear las elecciones como una “pelea”. Sin embargo, es muy probable que esta dramatización vaya a tener bastante menos éxito que la de Zapatero en 2008.

Actuar por impulsos o emociones constituye un lujo que muchos electores sólo parecen permitirse cuando su situación es desahogada. Con una economía en pleno crecimiento y disfrutando de empleo e ingresos suficientes, el elector no se juega demasiado si apoya aquellas políticas que suenan bien aunque no tengan sentido alguno. No resulta tan sorprendente que hayan gozado de popularidad algunos argumentos que ocuparon la agenda de los gobernantes durante las dos últimas legislaturas, tales como la ideología de género, las alianzas de civilizaciones, la corrección política en el lenguaje u otros igualmente superficiales, inútiles y puramente emocionales, en detrimento de una gestión austera y eficiente de las cuentas públicas. Sin embargo, cuando la crisis amenaza el futuro de las familias y el desempleo acecha, muchas menos personas están ya dispuestas a movilizarse por semejantes astracanadas.

Quizá éste haya sido el acierto de la estrategia electoral de Rajoy: entender que en medio de una profunda crisis económica, los electores atienden poco a las apelaciones emocionales y evitar en su discurso cualquier elemento que pueda crear alguna tensión. Ahí está la clave: en momentos de aprieto y necesidad, los votantes son mucho menos irracionales de lo que el señor Rubalcaba parece creer.


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