En el límite

¿Repudiar la Deuda?

«Alexander Hamilton» de John Trumbull. Wikimedia

La victoria de Syriza en Grecia ha devuelto a la vida el espectro de la reestructuración de la Deuda Pública, esa mágica solución que algunos proponen ante tan insoportable carga. A grandes males, grandes remedios: un impago, generalmente parcial, para alivio de las agobiadas finanzas estatales. Y las reclamaciones... al maestro armero. Pero el problema raramente se encuentra en la propia Deuda sino más bien en las causas que la generaron. El endeudamiento excesivo es un síntoma, la fiebre que delata una grave enfermedad que aqueja al sistema político. El inevitable resultado de una política cortoplacista de permanente despilfarro, compra de votos y cacería de comisiones. Una consecuencia de la irresponsable actitud de cigarra que, lejos de ahorrar en la bonanza, fuerza los límites, hipotecando por décadas el efímero maná. 

¿Es lícito repudiar la Deuda? Desde su cargo de primer Secretario del Tesoro, Alexander Hamilton expuso en 1790 un inequívoco criterio: "Si el mantenimiento de la credibilidad pública es tan importante, debemos preguntarnos cómo se consigue. Y la respuesta es: mediante la buena fe, cumpliendo puntualmente los contratos. Al igual que los individuos, los Estados que satisfacen sus compromisos son respetados y gozan de confianza; el destino opuesto alcanza a quienes mantienen la conducta contraria. Y, aunque pudieran existir circunstancias que conduzcan inevitablemente a la violación del compromiso, en la mayoría de las ocasiones sólo encontramos fingimiento, ligereza, pusilanimidad o ignorancia. (...) Por todo ello, el crédito de los Estados Unidos de América sólo se establecerá sobre la base firme del respeto y reconocimiento de la Deuda contraída".

Aunque suenen tan lejanos, esos conceptos de ética y responsabilidad que inspiraron a aquellos puritanos Padres Fundadores continúan vigentes para delimitar la correcta acción política de gobernantes y gobernados

Aunque suenen tan lejanos, esos conceptos de ética y responsabilidad que inspiraron a aquellos puritanos Padres Fundadores continúan vigentes para delimitar la correcta acción política de gobernantes y gobernados. Existen, por supuesto, circunstancias excepcionales, imprevistos catastróficos que pueden impedir el pago de la Deuda y conducir a la reestructuración. Y los prestamistas saben que incurren en ese riesgo. Pero tal eventualidad no puede justificarse por el torpe o malicioso manejo de las finanzas públicas, la prodigalidad, el oportunismo o el descuido. Ni siquiera por la crisis económica, pues los  gobernantes juiciosos toman medidas previsoras, considerando siempre el largo plazo.

El respeto a la Deuda no puede depender de la bondad o maldad de los acreedores, de su amistad o enemistad sino, tal como señala Hamilton, del respeto al compromiso, a la palabra dada. Porque en ausencia de reglas y principios, la política acaba incurriendo en el círculo vicioso del riesgo moral: no puedo pagar la deuda porque he despilfarrado; y sigo despilfarrando porque de todos modos no voy a pagar.

Nadie protesta por el gasto

Resulta relativamente frecuente protestar por la Deuda pero nunca por el verdadero problema: el excesivo gasto que la originó. Hay quiénes contemplan sin inmutarse cómo los partidos extienden hasta el infinito sus redes clientelares, o las Autonomías multiplican exponencialmente empresas públicas donde colocar a sus partidarios, pero gritan indignados por la carga de la Deuda. Ponen cara de póker, o la mano, cuando los gobernantes reparten dádivas, subvenciones, pero juzgan odioso sentirse endeudados hasta las cejas. Descorchan una botella cada vez que el Estado coloca Deuda en el mercado... pero se rasgan las vestiduras si aparecen los acreedores a reclamar lo suyo. O consideran preferible pagar a tocateja 1350 millones a Florentino que remunerar a esos desconocidos prestamistas que nunca invitaron al palco a ningún hortera relumbrón. El dinero público no es de nadie... salvo en el momento de devolverlo.

No actúa con coherencia quien rechaza las consecuencias, si permaneció cruzado de brazos delante de las causas. El pasado no puede cambiarse pero el  presente sigue estableciendo las bases para el futuro desastre. Porque el fundamento de los sistemas clientelares, cerrados, de intercambio de favores consiste en mantener a toda costa los gastos imprescindibles para la supervivencia de su clase política. 

Denunciar la deuda como injusta es dar el capotazo cuando el toro ya ha pasado. La valentía consiste en mantenerse firme cuando se acerca amenazante el gasto injustificado

No hay ética en aplaudir con las orejas la línea de AVE sin ser consciente de que, más que un logro, suele ser resultado de presiones caciquiles, fuente inagotable de votos y comisiones. O bendecir ese diluvio de subvenciones que convirtió a organizaciones críticas en meros pedigüeños. O comulgar con indiscriminados repartos que desvertebraron la sociedad civil. O encogerse de hombros por las millonarias transferencias a la prensa que laminaron la objetividad, la libertad de expresión. No hay virtud en culpar a los malvados prestamistas pero callar ante un rescate de Cajas directamente orientado a tapar el colosal latrocinio

No podemos evitar el endeudamiento de hoy; pero sí el de mañana. Denunciar la deuda como injusta es dar el capotazo cuando el toro ya ha pasado. La valentía consiste en mantenerse firme cuando se acerca amenazante el gasto injustificado, poner pie en pared, reaccionar con la misma gallardía, la misma firmeza con que se protesta contra un recorte considerado innoble. Coraje es defender, promover e impulsar  las verdaderas reformas, ésas que nunca se acometen, las que retiran privilegios, eliminan trabas, desmontan las estructuras administrativas y empresas públicas que solo sirven para colocar a los amigotes. Quizá algunos no llegaron a aprender de pequeñitos que no se puede tener todo: gastar a manos llenas, mantener las barreras, las redes clientelares, no devolver los créditos y... persuadir al público para que siga prestando. 


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