En el límite

Rasgose el velo de los tabúes

Corría el mes de febrero de 2005. La campaña previa al referéndum para la ratificación de la Constitución Europea estaba a punto de proporcionar un momento cumbre. El gobierno que presidía José Luis Rodríguez Zapatero había contratado al dúo musical “Los del Río” para animar y jalear el voto afirmativo. Ante las cámaras, aire desenfadado, Antonio y Rafael exponían con convicción las razones para otorgar su entusiasta e incondicional apoyo: “Si los políticos más importantes, tanto de izquierdas como de derechas dicen sí, nosotros tendremos que decir que sí. ¿Cómo vamos a decir que no a la Constitución Europea, si no la hemos leído?”.

Aunque algunos tomaran estas declaraciones con agitada mofa y chirigota, no se trataba de ningún disparate o astracanada. Tampoco de una broma copiada del genial Groucho Marx. Los cantantes sevillanos describían, sin intención pero con desparpajo, ciertos rasgos distintivos del régimen político español. Se limitaban a exponer, con extraordinaria crudeza, algo tan familiar que podía palparse en el ambiente. Buena parte de los mitos, tabúes y profundas deficiencias de la democracia española quedaban reflejados en un par de ingenuas pero incisivas frases.

Un pacto implícito: pasividad a cambio de bienestar

Era innecesario leer el texto sometido a referéndum pues los políticos lo hacían por todos, velando supuestamente por los intereses de la población. Se trataba de un pacto tácito, impuesto por las élites, de pasividad política a cambio de bienestar material: una de las piedras angulares del régimen surgido en 1978. El buen ciudadano delegaría sus responsabilidades en la clase política y se limitaría a votar cada cuatro años una lista cerrada y bloqueada. Los gobernantes se encargarían del resto en un marco fuertemente paternalista que, enlazando con la recomendación franquista de “no se meta usted en política”, mantendría a los ciudadanos en una infancia irresponsable y tutelada.

El sistema eludía los debates públicos sobre decisiones políticas o sobre las diversas opciones que se abrían en cada encrucijada. Mediante el dominio de los medios de comunicación de masas, los gobernantes cerraban la discusión argumentando que “era la única opción posible”, “no había otro remedio” o “era obligado desde Europa”. Como máximo, sometían a la deliberación pública los detalles más superficiales, los aspectos más llamativos y mediáticos. Se conformaba así un discurso público que primaba la imagen sobre la sustancia y el morbo sobre el debate en profundidad. En aquel referéndum se trataba de que España fuera el primer país en aprobar la Constitución Europea, con independencia de lo que el texto estableciese. Meses después, otros electores extranjeros bastante menos sumisos la enviarían al baúl de los recuerdos.

Un terrible tabú protegía el sistema constitucional vigente contra todo tipo de crítica. El buen ciudadano podía identificarse con una formación política y criticar vehementemente a otra (participando así en la teatral contienda partidista), pero nunca oponerse a lo consensuado por los partidos mayoritarios. El rechazo a la cerrada partitocracia gobernante, o la crítica del abuso, la arbitrariedad o la generalizada corrupción, eran descalificados como intentos de deslegitimación del sistema, ocultando que la conducta de las élites gobernantes era el principal elemento deslegitimador. Los autores de “Macarena” percibieron esta prohibición y la expusieron sin sonrojo. Huelga decir que el tabú blindaba la Constitución del 78, el Sistema Autonómico o la figura del Rey, entre otros, con amenaza de ostracismo para quien osara quebrantarlo.

También escapaban de lo políticamente correcto las dudas sobre ese inigualable concepto llamado Europa y los recelos ante los dictámenes de sus infalibles gurús. No se trataba de un regreso a la conocida máxima orteguiana de “Europa como solución al problema de España”. Consistía, más bien, en un moderno mito de Europa.

Los mitos han caído; los tabúes se han roto

Siete años después de tan lamentable referéndum, todo aquello destila un sabor antiguo, rancio y apolillado. Los mitos han caído con estrépito, anunciando el final de un régimen. La crisis económica y la incapacidad de los gobernantes para garantizar el bienestar material aceleraron la rotura del nefasto pacto de servidumbre. El velo de los tabúes ha comenzado a rasgarse, dejando al descubierto la podredumbre que ocultaba. Pocos perciben ya a Europa como el cuerno de la abundancia, o el hada madrina, después de que los políticos patrios comenzasen a atribuir la responsabilidad de todas las decisiones impopulares a las presiones de nuestros socios.

La ruptura del monopolio de la información, propiciada por las redes y por la irresistible expansión de los diarios digitales, ha espoleado importantes cambios en la mentalidad de los ciudadanos, reduciendo considerablemente su sumisión ante el poder político. Según las encuestas, un elevado porcentaje no considera ya inmutable la Constitución de 1978, ni cree que el Sistema Autonómico deba mantenerse en su caótico estado actual. Hasta el mito del Rey, sostenido por arcaicos lazos sentimentales, ha caído ante la evidencia racional de que la monarquía sólo es útil cuando su titular mantiene un comportamiento ejemplar. Y ante la comprobación de que, en contra de lo manifestado por el Monarca, en España la ley no es igual para todos: los tribunales no discriminan por el color de la piel pero sí parecen conceder escandalosos privilegios por el color de la sangre.

La actitud de los españoles ha cambiado tanto en los últimos años, que discursos como el de Mariano Rajoy reivindicando la plena vigencia de la Constitución resuenan hoy con estridente disonancia, casi como una cacofonía. Una puerta de esperanza se abre hacia una trasformación que devuelva a los ciudadanos la capacidad de decidir su futuro. Pero, cuidado, en esos momentos críticos surge la prueba más dura, la mayor de las barreras, la argamasa del vergonzante pacto de servidumbre: el miedo a la libertad y a la responsabilidad. 


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