En el límite

El PP asalta la tele

Informaba Alejandro Vara en estas páginas que el presidente del gobierno, Mariano Rajoy, ha exhortado a sus ministros a salir del despacho, dar la cara, acudir a televisión, presentarse a pecho descubierto en las tertulias, en cualquier lugar donde funcione una cámara. Todo esfuerzo es poco para recuperar votantes, para evitar la debacle. "Hay que hacer política" , dijo Rajoy a sus chicos, animándolos a partirse la cara con locutores, periodistas, candidatos y otros personajes que, codazo a codazo, diatriba a diatriba, sentaron plaza de tertuliano. Toda una declaración de principios: el arte de la política degradado a mero espectáculo, a oficio de figurantes, bufones y saltimbanquis.

Ante el evidente deterioro de imagen, y drástica caída en la intención de voto, el gobierno evita la autocrítica y el propósito de la enmienda. Prefiere señalar un supuesto problema de comunicación que debe resolver urgentemente

Ante el evidente deterioro de imagen, y drástica caída en la intención de voto, el gobierno evita la autocrítica y el propósito de la enmienda. Prefiere señalar un supuesto problema de comunicación que debe resolver urgentemente: "hacemos bien las cosas, pero no sabemos transmitir nuestros logros". Olvidan que la verdadera comunicación requiere contenidos convincentes, argumentos adecuados y un discurso adaptado a la complicada situación actual. La tarea se torna harto dificultosa: ni la labor del gobierno ha sido meritoria, ni dispone de aquellos recursos propagandísticos que permitían antaño vender como excelente una gestión desastrosa.

Con una clase política y un gobierno anclados en el pasado, ajenos a los cambios que ha experimentado la sociedad española, resultará casi imposible a los ministros aportar argumentos atractivos a una opinión pública profundamente transformada. Las viejas argucias, infalibles en un marco de estrecha corrección política, de teatral confrontación izquierda-derecha, resultan ineficaces una vez roto el paradigma, quebrada la espiral de silencio. Si hace años la gente tragaba con facilidad "es la única política posible" o "viene obligado por Europa", hoy responde con enorme cabreo e indignación. El ciudadano no cree ya en la buena voluntad, en el altruismo de los políticos. 

Podrán repetir la viejas consignas o apelar a los supuestos logros en la gestión pero la estrategia no funcionará con los tabúes rotos, los mitos por el suelo, el sistema político en tela de juicio y la opinión predispuesta en contra. Sólo queda una última vía, ese recurso tan apreciado por los políticos: recurrir a las emociones, al miedo, aprovechar la simpleza, la inmediatez del discurso televisivo, esa capacidad que posee la pantalla para manipular, tocar la fibra sensible del público. 

Según comentan, Alfonso Alonso podría saltar al campo sustituyendo a Marhuenda para la prórroga y los penaltis. Imágenes y emociones en detrimento de ideas

Sale Alonso por Marhuenda en la segunda parte

El interés por la tele surge tras comprobar que la controlada prensa convencional no ha logrado contener esa deriva de la opinión pública, preocupante para el PP. La expectativa de voto no deja de bajar pese a los esfuerzos de una prensa de papel, bien untada de ayudas pero huérfana de credibilidad e influencia por la pujanza de los medios digitales. Fracasaron también los agentes televisivos interpuestos, esos periodistas a sueldo del partido que deambulan de tertulia en tertulia repitiendo consignas para irritación, rechifla o divertimento del público. 

Solo resta, como último recurso, potenciar directamente la imagen de los ministros, presentar mediáticamente sus figuras, convertirlos en espectáculo circense, desplazando de las tertulias a los ineficaces representantes. Según comentan, Alfonso Alonso podría saltar al campo sustituyendo a Marhuenda para la prórroga y los penaltis. Imágenes y emociones en detrimento de ideas: un anzuelo dirigido a las masas hipnotizadas por la "caja tonta". 

La televisión produce imágenes, y con frecuencia las transforma en espectáculo, en entretenimiento, anulando los conceptos. La tele atrofia la capacidad de abstracción y entendimiento, sustituyendo el conocimiento profundo por la visión de lo superficial, por la percepción de lo concreto. La pantalla ofrece una falsa sensación de saber, de comprender, cuando tan sólo se mira. Y el ojo cree lo que allí ve porque parece real. Se favorece así la manipulación, las soluciones simplistas, la aceptación de aquello que aun sonando bien, carece de fundamento. Grandes majaderías pueden convertirse en verdad revelada si se suministran de forma repetida a un público predispuesto. Especialmente si el contenido apela a la fibra sensible, a las debilidades humanas, y el individuo dispone de pocos recursos para resistir. 

Los gobernantes actuales no aguantarían un debate en profundidad pero podrían salvar la cara en programas donde se vocifera, se recurre a la demagogia o se repiten simplezas a granel

Agitar los miedos desde la pantalla

Los gobernantes actuales no aguantarían un debate en profundidad pero podrían salvar la cara en programas donde se vocifera, se recurre a la demagogia o se repiten simplezas a granel. El simple hecho de subirse al escenario, de aparecer en televisión aunque solo sea para recibir tomatazos, se convierte en argumento de autoridad, una aureola que ofrece credibilidad para alguna gente. Proporciona una tribuna ideal para animar el voto irracional, pescando electores movidos por la angustia, el recelo, el temor al incierto futuro. Una batidora que agita el miedo a lo que pueda venir, sea el populismo o el desmembramiento de España, ocultando que fueron los políticos del Régimen quienes pavimentaron concienzudamente el camino al desastre. Sin embargo, en un contexto de hartazgo generalizado, esta burda táctica tiene pocas opciones de prosperar. 

Rajoy y sus colaboradores siguen pensando que cada partido tiene sus propios votantes, un rebaño ovino que se aleja temporalmente a otros pastos pero siempre regresa al redil para las elecciones. Sobre todo si se vocea la presencia del lobo. Algunos siguen tan ciegos, tan aislados en su mundo, que no han percibido el profundo cambio estructural de los últimos tiempos. Definitivamente, ver la televisión puede convertirse en un ejercicio de masoquismo... más intenso todavía.


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