En el límite

Nicolás retrata la corrupción

El regreso mediático del joven Nicolás volvió a generar escándalo, morbo, suspense, adhesiones enfrentadas. Y una notable inquietud en diversos círculos gubernamentales, que se han apresurado a desmentir cualquier implicación. Estupendos ingredientes para cocinar un irresistible espectáculo de masas, bien aderezado con el aroma de implacables luchas entre facciones. Pura paja, mero señuelo en un caso que también contiene grano, algunos elementos que ayudan a comprender la organización de las cocinas del fondo. El funcionamiento de esa maquinaria discreta que determina las relaciones entre política y economía, entre partidos y esa caterva de empresarios que pulula alrededor del poder. 

Si miente Nicolás, o dice alguna verdad, es relevante para la agitación del circo. Pero lo importante no es el joven sino su estela, esa trayectoria que, como un marcador, permite reconstruir el torrente sanguíneo de la política en España. Un contraste que arroja alguna luz sobre esas técnicas de clientelismo, intercambio de favores y corrupción generalizada en un capitalismo de amigotes, antagónico a la libre competencia. La clave fundamental: sin ocupar cargo alguno ni posición relevante en el partido, presuntamente obtuvo dinero, prebendas y reconocimiento de un puñado de empresarios.

El viaje de Nicolás por las profundidades de la política española ofrece valiosas pinceladas, compone un bosquejo que permite recomponer parte del cuadro institucional

El viaje de Nicolás por las profundidades de la política española ofrece valiosas pinceladas, compone un bosquejo que permite recomponer parte del cuadro institucional. Y el resultado es un paisaje desolador, un panorama en el que tienen cabida todas las miserias, corruptelas y chapuzas posibles. No rigen las leyes, las reglas escritas, sino otro tipo de acuerdos implícitos, generalmente sobreentendidos, que sustituyen al estado de derecho. Un tipo diferente de normas no escritas, muy poco conocidas por los ajenos, asentadas por el uso repetido y aplicadas a través de coacciones y sanciones no oficiales. Es lo que se ha venido a llamar instituciones informales, una estructura que desplaza en muchos ámbitos al sistema legal. Sin pretenderlo, Nicolás ha proporcionado algunas instantáneas y planos muy interesantes de este conjunto de reglas ocultas.  

Corrupción compleja: surgen los intermediarios

El famoso joven se coló en el sistema por las grietas que dejan el amiguismo, el enchufe, el favor, conceptos que se encuentran en las antípodas del mérito y el esfuerzo. Y parte de su trayectoria se ajusta al papel de los intermediarios en los sistemas de corrupción compleja. Unos agentes que conectan a las partes implicadas, a los prestadores de favores y a las empresas pagadoras.

Cuando la relación corrupta es excepcional, se corrompe un alto cargo o funcionario de forma aislada, existe necesariamente una correspondencia directa entre favor ofrecido y pago exigido. El lenguaje es claro, la naturaleza de lo intercambiado inequívoca y los papeles de los participantes bien conocidos entre los implicados. Pero todo cambia cuando los partidos organizan el marco completo de la corrupción, dando lugar a complejas tramas. Las relaciones se vuelven indirectas, sobreentendidas, se desarrollan hábitos y reglas no escritas, que todos deben conocer. La concesión del favor y el cobro del soborno son llevadas a cabo por personas distintas, sin conexión aparente pero ambas al servicio del partido. A veces la empresa paga por favores futuros, todavía sin concretar, o meramente por mantener una fluida relación con el poder, que será rentable mañana.

La ambigüedad inherente y la inexistencia de credenciales oficiales, permiten la entrada de impostores, aprovechados que fingiendo intermediar para alguna de las partes, trabajan en realidad para sí mismos

En este universo complejo surge la figura del intermediario, persona que, con labia y lenguaje indirecto, representa a alguna de las partes aunque, dado el carácter opaco del negocio, no siempre es quien pretende ser. La ambigüedad inherente y la inexistencia de credenciales oficiales, permiten la entrada de impostores, aprovechados que fingiendo intermediar para alguna de las partes, trabajan en realidad para sí mismos. Mucho más cuando la descomposición del sistema comienza a difuminar incluso las antiguas reglas informales, abriendo nuevos atajos imposibles de controlar.

Lo tomaron por intermediario

¿Cómo podría determinar un pagador si un nuevo intermediario es un genuino representante o un farsante? Quizá preguntando en el mundillo, observando sus nexos con el partido, o con destacados miembros, aunque estas relaciones sean informales y el sujeto no ocupe cargo oficial. Puede que Nicolás fingiera ser un intermediario, pero lo verdaderamente revelador es que poseía la apariencia, los contactos y las claves adecuadas para que muchos lo tomaran como tal. Y reaccionaran de la forma acostumbrada: pagando para conseguir favores. Tras décadas de prácticas repetidas, la nube de "empresarios" cazadores de favores desarrolló un reflejo condicionado, un inexorable resorte que, como al perro de Pavlov, les impulsa a aflojar la pasta al instante cada vez que perciben la presencia de un conseguidor.

Sostiene Javier Ayuso, hasta hace poco jefe de prensa de la Casa del Rey, que los implicados en el caso Nicolás deberían haber seguido una regla no escrita que rige en la banca: desconfiar de todo cliente que presume de ser amigo del presidente o de algún miembro del consejo de administración. Quizá olvida que Urdangarin no necesitó fingir para ser tomado por intermediario: su relación familiar era cierta y notoria. Y que en ese mundillo no se pueden exigir credenciales, porque no existen.

El desmesurado afán de protagonismo es el detalle que apunta a Nicolás más como un impostor que como un auténtico intermediario

Aun así, puede que Ayuso tenga parte de razón. Tanta jactancia, presunción, tal obsesión por la foto no es propia de unos "agentes comerciales" que intentan pasar desapercibidos a los ojos del público. Así como el prestidigitador nunca revela sus trucos, un eficaz intermediario difícilmente irá pregonando su condición sin disimulo. Ni vanagloriándose en todos los mentideros de sus destacados contactos. El desmesurado afán de protagonismo es el detalle que apunta a Nicolás más como un impostor que como un auténtico intermediario aunque algunas de sus conexiones realmente existiesen. De ahí el pánico en determinadas esferas del poder. La discreción, la ambigüedad, la ausencia de prisas, en definitiva el cumplimiento de ciertas reglas no escritas, constituyen las señas de identidad en este contemporáneo patio de Monipodio que, dada la descomposición galopante, tiene los días contados. 


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