En el límite

Nadie confía en nada

La reciente crisis del ébola ha vuelto a poner al descubierto algunos defectos consustanciales a nuestra política. La improvisación, la chapuza, la toma de decisiones sin criterio racional. O la poca preparación de nuestros dirigentes políticos. Nada nuevo bajo el sol. Pero también otros elementos cruciales como la escasa credibilidad que la gente concede a las autoridades. No es un mero problema de comunicación sino algo más profundo: una enorme desconfianza en las instituciones políticas que, poco a poco, se extiende al resto de organizaciones e, incluso, a los propios conciudadanos. El vértigo, la creciente desorientación por la desaparición de referentes sólidos, conducen a recelar de todo y de todos. Si los políticos, los partidos, los órganos del Estado, los sindicatos, las asociaciones no son fiables ¿por qué el resto de la gente lo va a ser?  

Desconfiar de un gobierno se encuentra en la propia esencia de la democracia

El ciudadano tiende a confiar en las instituciones cuando percibe un proceder justo, objetivo, neutral. Y responde con reciprocidad respetando las normas, no por interés o temor al castigo, sino por convicción. O aceptando de buen grado decisiones políticas contrarias a sus intereses inmediatos si las considera parte de un juego limpio donde unas veces se gana y otras se pierde. Por el contrario, la desconfianza, la creencia de que la arbitrariedad es la norma, desvía muchas energías a recolectar información, despotricar, resistirse a las resoluciones o protegerse de inesperadas consecuencias. Aparta a la sociedad de otros objetivos cruciales y genera desapego. O la agobiante sensación de que aquéllos a los que encomendó importantes tareas las llevan a cabo con particular negligencia

Desconfiar de un gobierno se encuentra en la propia esencia de la democracia. El sistema establece mecanismos para cambiarlo. No fiarse de la clase política en su conjunto resulta más peliagudo pues limita considerablemente las posibilidades de reemplazo. Pero el asunto toma un cariz grave cuando la suspicacia se extiende a esos órganos del Estado que fueron diseñados como árbitros, como fiel de la balanza. Esas instituciones que encuentran su razón de ser en la imparcialidad, la neutralidad, la objetividad. La pesadilla comienza cuando las garras de los partidos modelan el Tribunal Constitucional o los organismos reguladores empujándolos a actuar de manera sesgada. Y de ahí la enfermedad se extiende al resto de la sociedad. Por no hablar de la Justicia. No hay peor engaño que pretender imparcialidad cuando se actúa en favor de parte interesada.

Nadie está libre de error pero la combinación de conocimiento, rigor e imparcialidad reduce la probabilidad de equivocación y genera confianza

Cuando los organismos son capturados

Competencia profesional y neutralidad es el fundamento teórico de los organismos de control. Si funcionan adecuadamente, constituyen una barrera contra la corrupción, una traba a las prácticas interesadas en busca de ventajas y privilegios. Nadie está libre de error pero la combinación de conocimiento, rigor e imparcialidad reduce la probabilidad de equivocación y genera confianza.

La captura por grupos interesados genera un grave perjuicio, un enorme embuste pues convierte a estos órganos en guardianes de interés de parte mientras mantienen apariencia de objetividad. Son utilizados como marionetas por los partidos, por los grupos de presión. O como pantalla por el ejecutivo, que descarga ahí la responsabilidad de ciertas resoluciones, vistiendo las decisiones políticas con el manto de una pretendida profesionalidad. "Respetamos el fallo del tribunal, como no podía ser de otro modo", es la desgastada frase de los gobiernos para escurrir el bulto. Estaría divertido que no lo respetasen cuando son ellos quienes lo propician.  

La actual degradación de las instituciones es resultado lógico de un mal diseño político

¡Dejen hablar a los profesionales! se escucha con frecuencia. Obtener respuestas fiables a problemas complejos suele requerir el concurso de expertos independientes. En España hay expertos; la dificultad surge al buscar independientes. Una vez los políticos han contagiado el sesgo partidista a todo el tejido social, mucha gente se alinea con grupos o facciones, sea material o emocionalmente. Y pocos agentes exponen criterios sin influencia partidista, grupal o corporativa, libres de conflicto de intereses. Se pierden los referentes objetivos pues nadie es percibido como neutral, aunque a veces lo sea. Casi siempre se adivina un interés oculto: es de éstos o de aquéllos, de los nuestros o de los otros.

Una degeneración terminal del cuerpo político

La confianza es como el jarrón chino, fácil de romper, casi imposible de recomponer. Al cundir el descrédito, cualquier medida puede resultar sospechosa, generar recelo, fuere acertada o equivocada. Las decisiones tienden a ser contestadas sistemáticamente ante la dificultad de juzgarlas objetivamente, de valorar su mérito. Alcanzado tal extremo de degradación, el ciudadano puede acabar rechazando no sólo las medidas nefastas, sino también las acertadas, especialmente si implican algún tipo de riesgo o renuncia. El público, presa de un justificado hartazgo, tiende a recibir cualquier decisión con recelo, rechazo, descalificación, lamento o improperio.

Los partidos y sus adláteres aprovecharon la ventana de oportunidad para extraer todo tipo de ventajas y privilegios

Se trata de un proceso degenerativo del cuerpo político y social que diluye la razón en la cubeta de los impulsos y las emociones. Una situación límite, un peligroso río revuelto que agita enérgicamente una suspensión de grano y paja. Donde muchos espectadores valoran de forma creciente aquello que les hace sentir mejor. Y, como Sansón, se sienten propulsados a derribar las columnas del templo con tal de aplastar a los corruptos y degenerados filisteos. Sin reparar en las ventajas de demoler el edificio sin que les caiga encima.

No estamos gafados. La actual degradación de las instituciones es resultado lógico de un mal diseño político: ausencia de controles adecuados, perversos mecanismos de selección de los gobernantes o desaparición de los órganos neutrales, con criterio fiable. Y la consecuencia de cierta desidia in vigilando, esa dejadez mediática y ciudadana que ha durado demasiado tiempo. Los partidos y sus adláteres aprovecharon la ventana de oportunidad para extraer todo tipo de ventajas y privilegios. Y utilizarán la tremenda confusión para intentar colar abominables cambios por la puerta de atrás, mientras el público embiste capotes insustanciales. Faltan árbitros en quienes confiar, esas figuras que por su honestidad profesional, independencia de grupos y facciones, o desapego a intereses corporativos, generan ascendiente y confianza. Se echa de menos una resurrección de esa auctoritas que feneció hace tiempo. 


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