En el límite

Un Montoro bravo

Un gobernante serio y sensato, ese esperado y deseado mirlo blanco, tomaría siempre sus decisiones con arreglo a un plan coherente, previamente elaborado y meditado. Y sopesaría cuidadosamente el ajuste de sus planes ante cambios sobrevenidos en la realidad. No actuaría movido por impulsos ni improvisaciones, al albur de la dirección del viento. El anuncio del ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, de publicar listas de morosos y defraudadores de impuestos, tras comprobar que un diario muy crítico con su amnistía fiscal mantenía deudas con el erario público, constituye un buen ejemplo de esa improvisación, levedad y falta de objetividad que se apropió de la política española hace muchos años.

No se trata de un chantaje o amenaza a la independencia de la prensa como algunos medios, de manera alarmista y exagerada, han interpretado. Tal independencia desapareció en el complejo laberinto de favores e intereses compartidos de los medios convencionales con el poder político. Los premios, las presiones y el compadreo se encuentran tan firmemente asentados, que poco efecto ejercería lista negra alguna. Sería más acertado calificar la medida como una ocurrencia, un intento de enmendar o tapar un fallo, como la discutida amnistía fiscal.

Una falta de elegancia en la política española

El ministro puede proponer la publicación de las listas de deudores, tras el correspondiente ajuste legislativo, siempre con respeto a la intimidad de las personas. Es un asunto controvertido que, en ciertas condiciones, otros países admiten. Y, si se siente molesto con algún medio por poner en tela de juicio su política, tiene la opción de rebatir aportando argumentos o nueva información. Lo inaceptable es conectar los dos aspectos, generando la sospecha de que existe relación de causalidad entre ambos: la propuesta de airear la identidad de los morosos no puede estar motivada porque un diario, crítico con su política, pudiera tener deudas con el fisco. Son estos detalles los que delatan la generalizada falta de seriedad, elegancia y juego limpio en la política española: “en la mesa y en el juego se conoce al caballero”.

La línea editorial de un periódico puede ser acertada o equivocada, sublime o ruin, con independencia de que sus administradores estén o no al día en sus obligaciones tributarias. La dirección de opinión y la administración de la empresa son dos departamentos distintos, teóricamente con separación y autonomía entre sí. Por ello, el discurso del ministro denunciando que “algunos medios de comunicación dan lecciones de ética cuando tienen importantísimas deudas con Hacienda” es una salida airada y enfurecida. Tras cabreo y pataleta, Montoro parece embestir sin saber qué se llevará por delante. Irritado, amenaza con sacar los trapos sucios, como si de una vulgar discusión tabernaria se tratase.

¿Si la prensa hubiera alabado por unanimidad la amnistía fiscal, propondría igualmente las listas públicas de morosos? La medida puede ser conveniente o inconveniente pero su puesta en práctica no debe depender de que el Ministro de Hacienda se sienta o no ultrajado. Tampoco se explica la necesidad de agitar la presión social y el escarnio público pues, para resolver los impagos, Hacienda dispone de sus propios procedimientos de cobro, bastante contundentes con los ciudadanos de a pie. ¿Son quizá menos eficaces, o más laxos, cuando afectan a algunas empresas o entidades, como ciertos medios de comunicación? Si la respuesta fuera afirmativa, algunos podrían interpretar la salida de tono y la indignación como una reacción ante la ingratitud.

Yo, “ministro, aunque sea de Marina”

Sosiéguese, don Cristóbal. Sus medidas no van a gozar de mayor o menor aceptación social por lo que escriba, o deje de escribir, el diario “El País”. Debe actualizarse, modernizarse. Corren tiempos muy distintos y la actitud de los españoles ha cambiado notablemente. La gente toma ahora con desenfado esos otrora terribles editoriales, en sus buenos tiempos el “Oráculo de Delfos” y el látigo con que Jesús de Polanco azotaba y acobardaba a propios y extraños. Tómelos como una más de las muchas opiniones que encontrará a lo largo y ancho de la prensa, ni mucho menos la más cualificada.

El asunto es tan común, vulgar y repetitivo en la política española que ni siquiera alcanza para solicitar el cese de Montoro -como pidió el diario del grupo PRISA- pero sí para cuestionar los métodos de selección dentro de los partidos. Una cartera ministerial, en un momento de profunda y complicada crisis, conlleva una tarea muy compleja y desagradecida, que acarrea un riesgo de recibir aceradas críticas en caso de error y poco reconocimiento en el acierto. Cualquier persona sensata, aún con gran capacidad, claridad de ideas, proyectos bien definidos y fuerte determinación para llevarlos a cabo, dudaría cien veces antes de aceptar semejante responsabilidad. Sin embargo, los partidos se encuentran repletos de personajes, no especialmente cualificados, que venderían su alma al diablo por resultar agraciados con la poltrona de cualquier ministerio, “aunque fuera el de Marina”. Un enorme y sospechoso atractivo el que ejerce el desempeño del poder en España.


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