En el límite

Marchando una de tahúres

Difícilmente podría haber sospechado Nicolas de Caritat, Marqués de Condorcet, que su curioso hallazgo causaría tal furor en la España actual. Tanto, que marcaría el inicio del Régimen de 1978 y, posiblemente, su final. Corría el año 1785 cuando el Marqués de Condorcet descubría que la agregación de preferencias individuales a través del voto podía dar lugar a marcadas inconsistencias. ¿Qué significaba esto? En pocas palabras, que quién establece el método de votación puede determinar el resultado final. Sí, los sistemas de votación pueden ser manipulables sin necesidad de pucherazo o lavado de cerebro.Simplemente ajustando las alternativas, el orden de votación o introduciendo nuevas opciones. Un terreno abonado para tramposos y tahúres. 

Como era de esperar, la paradoja de Condorcet encontró buenos maestros y aprendices en España. La Transición política arrancó en 1976 con uno de los episodios más ingeniosos de manipulación del voto. Torcuato Fernández-Miranda, presidente del franquista Consejo del Reino, se había propuesto un crucial objetivo. En connivencia con Juan Carlos, debía lograr la inclusión de su pupilo, Adolfo Suárez, en esa terna de candidatos a presidente de Gobierno que el propio Consejo elevaría al Rey. Una misión complicada pues Suárez no gozaba precisamente de gran aprecio, prestigio, fama o popularidad entre los consejeros. Pero el avispado Torcuato estableció un peculiar sistema de votación que, ante la estupefacción de los presentes, condujo inexorablemente a la inclusión de su protegido

Casi cuatro décadas después, la casta independentista catalana intenta rendir su particular homenaje a Torcuato lanzando una pregunta… o, quizá dos. Está bien, dejémoslo en una y media. La sombra de Condorcet vuelve a planear sobre un fantasmal referéndum que enlaza con esa pícara tradición española. Pero la hechura es zafia, grosera, sin estilo, muy lejos de esa elegancia que caracterizaba al antiguo secretario general del Movimiento. Ciertamente, introducir una tercera opción o manipular el orden de la votación son reglas de libro. Pero debe hacerse sin que la gente se percate de la tomadura de pelo. 

La casta se quita la máscara

Pero esta falta de disimulo no es accidental, producto de la impericia, la ignorancia o el desconocimiento. Es buscada y deliberada. Es precisamente esta claridad, esta jactancia en el incumplimiento de las normas el elemento crucial, el punto de ruptura de las castas políticas nacionalistas con el Pacto de la Transición. Su alejamiento de ese acuerdo tácito por el que, dentro de un sistema con pocos controles, nulos equilibrios y muchos privilegios, la Corona y unas oligarquías partidarias se repartieron el pastel,  otorgándose licencia para ejercer el expolio, para actuaral margen de las leyes. Y los nacionalistas recibieron manga ancha para actuar a placer en sus territorios. Pero existía una regla esencial: mantener las formas. Las actuaciones ilegítimas de los dirigentes deberían guardar, al menos, cierta apariencia de que se respetaban las leyes y los procedimientos. 

La oligarquía nacionalista catalana ha decidido abjurar de esta regla: pretende vulnerar la ley, no disimuladamente, sino de manera ostensible, con petulancia, exigiendo la pasividad del resto. Y reclama el derecho de extracción de rentas en su propio cortijo sin tapujos ni molestas interferencias externas. Al fin y al cabo, si la Corona no disimula en sus manejos por conseguir la impunidad de Cristina, ¿por qué habrían de hacerlo ellos? 

El camino iniciado por la Generalidad de Cataluña tiene mucha más trascendencia de lo que algunos quieren admitir. Tras él órdago nacionalista resulta casi imposible regresar al punto de partida. Se trata probablemente del tirón definitivo, ese que puede acabar desgarrando las costuras de un sistema político en proceso de descomposición que difícilmente recuperará sus constantes vitales. A pesar de que nadie puede prever el desenlace de este desafío, cualquier vía de salida implicará mutaciones que alterarán los principios no escritos del Sistema. Obligará a movimientos, acomodos, cesiones, transformaciones, rupturas o duros enfrentamientos, trastocando necesariamente las piezas fundamentales del Régimen.   

A tiempo de evitar el abismo

Muchos ciudadanos, presos de la emoción, se dejan llevar de esos cantos de sirena que prometen el cercano paraíso en la Tierra. Otros, desde la distancia y sumidos en el hartazgo, ven la independencia de Cataluña como la liberación de una pesada carga, la marcha de unos vecinos protestones que se pasan la vida quejándose. Todos ellos se equivocan. La ruptura no constituiría el final de los problemas sino el comienzo. Y los riesgos más graves no provendrían del complicado reparto de la deuda. No es difícil imaginar una Cataluña independiente con reivindicaciones territoriales sobre ciertas regiones que permanecen en España. Y gobernada por esa casta política que no dudará en seguir agitando el espantajo del malvado enemigo español, infiltrado o acechando tras la frontera, si ello favorece sus intereses. Las previsibles consecuencias quedan a criterio de cada cual. 

Dicen los pesimistas que ninguna generación aprende de la historia ni escarmienta en cabeza de sus mayores. Que todas deben padecer su dosis de desgarro, miseria, infortunio y sufrimiento para lamentarlo después. No lo creo así: estamos a tiempo de evitarlo. La contemplación del profundo y tenebroso abismo debe ser suficiente para realizar la oportuna autocrítica. Para enmendar la anterior pasividad ciudadana ante unas clases políticas, nacionalistas y no nacionalistas, que nunca buscaron el bien común sino el beneficio propio aun a costa del desastre final. 

Es la hora de la sociedad civil. El momento apropiado para que los ciudadanos españoles, catalanes y no catalanes, unamos nuestras fuerzas denunciando las terribles carencias de un Régimen que ha perjudicado a todos. Solo una sociedad civil unida, cohesionada, nunca fracturada como pretenden algunos, será capaz de exigir e impulsar esas necesarias reformas que conduzcan a una democracia digna de tal nombre y a un sistema de libre acceso. 

Tengan todos una Feliz Navidad.


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