En el límite

Islamistas frente a acomplejados

Foto Youtube.

El terrible atentado de Paris contra Charlie Hebdo ha sido una llamada de atención sobre la amenaza islamista, un aldabonazo para una opinión pública sumida en profundo letargo. Y un revulsivo para las conciencias de una sociedad europea excesivamente autocomplaciente, inmadura, cobarde, acostumbrada a infravalorar los peligros, a considerarlos lejanos o ajenos. A buscar la protección de otros. Asistimos a una meritoria reacción que puede quedar en efímera explosión de fuegos artificiales si no se aprovecha para exponer los problemas, coger el toro por los cuernos, llamar a las cosas por su nombre. Si la presente protesta e indignación no es capaz de sacar las conclusiones oportunas, se reducirá a un breve desahogo de carnaval antes de regresar a la estricta cuaresma del tabú, de ese dogma políticamente correcto que ha dominado el panorama europeo, especialmente español, durante décadas. 

Los peligros no se conjuran escondiendo la cabeza, ni lanzando discursos huecos: una sarta de estúpidas consignas, repetidas hasta la nausea. Pero tampoco recurriendo a la estridencia, el extremismo, el pogromo, el gatillo flojo contra colectivos enteros. Esos rituales ancestrales dirigidos a conjurar brujas y demonios. Hay que abrir ventanas, romper autocensuras y tabúes. Dominar el miedo, analizar con rigor y sin complejos el fenómeno del islamismo. Agarrar de una vez esa pelota que rebota constantemente entre el buenismo zoquete y la xenofobia irracional sin que nadie se mueva para no ser señalado con el dedo.

El islamismo se ha asentado en Europa no tanto por el aumento de la población musulmana como por la pérdida de esos principios y valores que marcaron la aparición de la democracia

El islamismo se ha asentado en Europa no tanto por el aumento de la población musulmana como por la pérdida de esos principios y valores que marcaron la aparición de la democracia, de la sociedad abierta: igualdad ante la ley, derechos individuales, concepto de ciudadanía, responsabilidad individual, mérito y esfuerzo. El islamismo ha encontrado un estupendo caldo de cultivo en una Europa, y particularmente una España, donde cunde el paternalismo y predomina la dinámica de grupos, el clientelismo, el intercambio de favores. En una sociedad que se ha vuelto extremadamente insegura, miedosa, hasta asustarse de su sombra.

Un  erróneo concepto de multiculturalismo

¿Constituye un peligro el crecimiento de la población musulmana en Occidente? En principio no debería pues las sociedades abiertas admiten pluralidad de ideas, culturas, religiones o concepciones del mundo. Los países democráticos pueden ser multiculturales siempre que todas las visiones respeten la igualdad ante la ley, la libertad del ciudadano y los derechos individuales. Pero la compatibilidad desaparece cuando algunos intentan convertir la religión en un movimiento político totalitario y violento, que no acepta la libertad individual ni la supremacía de la ley civil. 

Y el problema se agrava cuando las autoridades aceptan que la diferencia cultural, la funesta excepcionalidad, puede justificar la suspensión de las leyes para comunidades enteras, la tolerancia ante el pisoteo de derechos ciudadanos o la flagrante discriminación de la mujer mientras ciertos vociferantes, con la vista más dirigida a las subvenciones que a los principios, miran hacia otro lado. E, incluso, proclaman que la opresión femenina se encuentra más bien en el lenguaje. Y su remedio en un absurdo y majadero retorcimiento gramatical.

¿Qué visión tienen los musulmanes emigrados a Occidente? En una encuesta de Pew Research de 2006, a la pregunta ¿están justificados los actos de terrorismo para defender al Islam? respondían afirmativamente un 16% en Francia, un 15% en Gran Bretaña, un 7% en Alemania un 8% en EEUU. Y un 16% en España. Ahí se encuentra el peligro. La mayoría de los musulmanes que viven entre nosotros rechaza el islamismo radical pero existe un porcentaje demasiado significativo que simpatiza con él. Y, aunque casi ninguno de los que admite apoyar este terrorismo cometería personalmente actos violentos, el yihadismo puede encontrar ahí una base social de apoyo y potencial reclutamiento. Los inmigrantes se integran mejor en sociedades donde la clave para prosperar es el mérito y el esfuerzo que en lugares, como España, donde resulta mucho más rentable el grito, la queja, la protesta: la formación de un grupo de presión.

El terrorismo puede vencer a una sociedad cortoplacista, carente de valores e ideales, que sobrevalora los riesgos

¿Qué hacer?

El terrorismo puede vencer a una sociedad cortoplacista, carente de valores e ideales, que sobrevalora los riesgos. Principios, valentía, firmeza en las convicciones son los antídotos. La mayoría de musulmanes debe sentirse apoyada para tomar una postura mucho más activa, rechazando esa fanática visión del Islam: oponiéndose con visibilidad al terrorismo. Enfrentarse a los violentos requiere cierto coraje y, aunque los españoles de origen no somos los más indicados para dar lecciones de valentía, hay momentos cruciales en que nadie puede hacer dejación de su responsabilidad. Una condición para que el mal triunfe es que los hombres buenos no hagan nada.

 Cuando una sociedad depende del favor de los poderosos, pierde la autoestima, la confianza en sí misma. Se vuelve cobarde, asustadiza. Vive en el temor permanente a perder el supuesto privilegio. Y tiende a desviar la culpa hacia quienes considera inofensivos. La actuación por principios, por convicciones, confiere valentía al ciudadano, le ayuda a mantener la cabeza fría en momentos difíciles, a no actuar por impulsos. A no cambiar de criterio ante un acto terrorista. Y a señalar sin miedo a los verdaderos culpables, a esos ricos y poderosos que han promovido y financiado esa visión salafista e intolerante del Islam. A esos multimillonarios monarcas del Golfo con quienes Juan Carlos solía retratarse un día sí y otro también, antes o después de poner el cazo. 

El mundo nunca ha sido de los cobardes: quien acepta el deshonor para evitar la lucha acaba sufriendo ambos. Para doblegarnos, el terrorismo islamista pretende infundir el miedo a morir. Sabemos, sin embargo, que moriremos de cualquier modo. Y que solo vale la pena una vida con libertad, con dignidad; no una triste existencia de súbditos o esclavos. 


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