En el límite

¿Internet nos hace idiotas?

Los que utilizamos Internet con regularidad raramente nos detenemos a reflexionar acerca de sus efectos sobre nuestra conciencia, sobre nuestra manera de asimilar la información. ¿Podría Internet estar deteriorando irreversiblemente nuestra mente? La discusión comenzó hace algunos años con el famoso artículo de Nicholas Carr Is Google Making Us Stupid?” El bueno de Nicholas tenía la sensación de que, en los últimos tiempos, algo o alguien había estado hurgando en su cerebro, cambiando los circuitos neuronales y reprogramando la memoria. Empedernido lector en el pasado, ya no lograba la concentración necesaria para leer un libro o, incluso, un texto largo. En la tercera página perdía el hilo y su mente comenzaba a vagar por los amplios espacios... cibernéticos. Se sentía incapaz de pensar, de procesar la información con la misma profundidad de antaño. Y, para colmo de males, todos sus amigos habían sufrido la misma mutación. ¿Enfermedad contagiosa? ¿Lento envenenamiento? ¿Extraños casos de posesión diabólica? ¿El mero avance de la edad? No, el origen estaría en el uso de Internet. 

Según Carr, la red de redes impulsaría a saltar rápidamente de un texto a otro, fomentando una lectura superficial, en diagonal. Y desactivaría la capacidad de interpretar profundamente el texto, de establecer esas conexiones mentales propias de una lectura reflexiva, concentrada y sin distracciones. Con el tiempo, el cerebro se iría dispersando, adaptándose al ritmo de la pantalla, a una corriente constante de partículas informativas débilmente conexas entre sí. La elaboración compleja se sustituiría por una nueva conciencia acomodada a la sobrecarga de información y a la respuesta inmediata. Y el pensamiento derivaría hacia un enfoque superficial, mecánico, basado más en la anécdota que en el conocimiento profundo, una suerte de inteligencia artificial. ¡Horror! la mente humana imitando al ordenador, no al revés.

El ancestral miedo a lo nuevo

Pero estos recelos, esos miedos a innovaciones que mermarían nuestras capacidades naturales, no son exclusivos de nuestro siglo. Toda época tuvo su afán, su preocupación. Algún filósofo griego advirtió contra la escritura, ese arte que reduciría el ejercicio de la memoria, atontando a las gentes. Los individuos se volverían vagos; ya no guardarían en la cabeza nada que cupiera en el bolso. El propio Don Quijote perdió el seso por abusar del Internet de aquellos tiempos, los libros de caballería. O, tal como señala Carr, el mismísimo Nietzsche cambió su lenguaje, su modo de expresarse, tras adoptar la máquina de escribir. Su cerebro se transformó al pasar del leve murmullo de una pluma deslizándose suavemente sobre el papel al estruendo de un novedoso ingenio accionado por unas teclas.

Por suerte, los temores de Carr resultaron infundados. Si no es por mal uso o abuso, la red no parece afectar negativamente al cerebro. En todo caso, sería difícil encontrar evidencia incontestable pues nuestra clase política es poco asidua a Internet. En realidad, los seres humanos adaptan su funcionamiento a las herramientas disponibles, a las nuevas tecnologías. Y, al igual que el uso de la fuerza física se trasladó a las máquinas, se descarga ahora en los aparatos informáticos ciertas funciones de almacenamiento que antes realizaba la memoria. Se trata de una mejora en la eficiencia, no de una nueva “invasión de los ultracuerpos”. Las nuevas tecnologías permiten reducir drásticamente el tiempo y los costes de adquirir información y favorecen nuevas posibilidades de interacción entre personas. Las aplicaciones y los recovecos de Internet pueden distraerte, romper tu concentración, pero no en mayor medida que la televisión, o unos tebeos, apartaban a un adolescente del aburrido estudio.

Internet rompe la censura

Pero también existen inconvenientes. Mientras la disponibilidad de información ha crecido exponencialmente, la capacidad de la mente humana para procesarla se mantiene invariable. La dificultad para llegar al fondo de cada asunto es la misma pero la superficie mucho mayor. Ni el raciocinio se deteriora ni el cerebro se vuelve insustancial pero la catarata de información obliga a conformarse con un conocimiento superficial en la mayoría de los temas. Igual que antaño, sólo somos capaces de adquirir entendimiento profundo en unos pocos campos. Sin embargo, la profusión de información puede generar un espejismo, una engañosa sensación de dominar todas las claves, de tener toda la sabiduría al alcance de la mano. Inducirnos a creer que podemos adquirir profundo conocimiento sin esfuerzo, a un clic del ratón. Internet no nos hace más tontos pero podemos llegar a sentirnos más listos de lo que somos. La superabundancia de información debe servir precisamente para tomar conciencia de lo mucho que ignoramos.

En España, Internet y la prensa digital han roto el monopolio de la información, desbaratando la sutil pero férrea censura de varias décadas. Ahora podemos encontrar informaciones y criterios que difícilmente se admitirían en la prensa convencional, muy dependiente del favor político. Sin la red, permaneceríamos embobados, escuchando constantemente esas absurdas consignas del poder. Nos desayunaríamos con las bondades de la Transición, la gran altura de miras de nuestros políticos, la inigualable ejemplaridad del Rey, la perfección de nuestra democracia, la necesidad de partidos fuertes, las virtudes de la Constitución que nos “dimos” o la profunda sabiduría de quienes diseñaron el Sistema Autonómico. Ese sí es el verdadero ejercicio de atontamiento, un curso intensivo para idiotizar al personal.  


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba