En el límite

Guerra de cifras, manipulación y propaganda

Decía Jean-François Revel que "la primera fuerza que dirige el mundo es la mentira", frase merecedora de ser coreada tras la resaca de la pasada huelga general cuando las cifras ofrecidas por sindicatos y gobernantes guardaban entre sí una desproporción tan colosal que bien podrían pertenecer a distintas dimensiones del universo. Un seguimiento de la huelga entre el 15% y el 85% (según la fuente) y una cifra de manifestantes que en Barcelona, por ejemplo, oscilaba entre 80.000 (guardia urbana) y 800.000 (sindicatos), pasando por 275.000 (número sacado del bombo por cierto diario de tirada nacional), son guarismos capaces de desanimar al más tenaz y esforzado de los lectores.

Si los griegos clásicos fueron capaces de calcular las dimensiones de la Tierra, sorprende que en esta era de avanzada tecnología carezcamos de estimaciones fiables de tan escurridizas magnitudes. Pero la dificultad no se encuentra en la técnica sino en la política. Las verdaderas cifras constituyen una preocupación de segundo orden para sindicalistas, políticos y buena parte de la prensa ya que estos conflictos no se dilucidan tanto en el terreno de la realidad como en la esfera de la propaganda. Relevante es la incidencia de la huelga en la fábrica pero bastante menos que su repercusión en los medios. Importante la cifra de manifestantes pero mucho más los minutos en televisión. Pocos buscan la objetividad y muchos las ventajas de la manipulación para ciertos intereses particulares.  

Contar los manifestantes uno a uno

No puede extrañar, por ello, el prematuro fin de la empresa Lynce, creadora de una técnica bastante rigurosa. Un programa informático contaba el número de manifestantes en cada fotografía, proporcionando cifras reales con un moderado porcentaje de error. Para disgusto de muchos, el número era siempre muy inferior al ofrecido por organizadores, autoridades y prensa.

El recuento gráfico de manifestantes rompía uno de los más arraigados tabúes sugiriendo que, en contra de lo esgrimido por la propaganda, no habían existido manifestaciones de millones de personas en la historia española reciente, ni siquiera de cientos de miles. De hecho, pocas habrían alcanzado a duras penas las 100.000, muy lejos de las cifras mitológicas. Nueva señal del escaso protagonismo ciudadano durante las últimas décadas. Pero estas mediciones no suscitaron gran interés en los medios, a juzgar por el cierre de esta empresa el pasado mes de febrero debido a la falta de demanda.

Los sindicatos intentaron apoyar sus elevados datos de seguimiento de la huelga general a través de la caída del consumo eléctrico, una vía muy poco afortunada. Aunque la demanda de electricidad depende de la actividad económica, la relación no es homogénea: el consumo eléctrico por trabajador en la industria es unas quince veces superior a su equivalente en el sector servicios. Concentrada la huelga en las grandes empresas fabriles, el descenso de la demanda de electricidad resultaba muy superior a la verdadera incidencia de una huelga poco secundada en un mayoritario sector servicios. Este método es más adecuado para comparar la intensidad de una huelga general con la de convocatorias anteriores aunque debe mantenerse estable el diferencial relativo de incidencia entre sectores. 

Aritmética frente a propaganda

Ingenuo sería aceptar, sin embargo, que no pueda calcularse con rigor el seguimiento de las huelgas. O que las verdaderas cifras de manifestantes fueran desconocidas para organizadores, gobernantes y periodistas antes de que Lynce comenzase sus trabajos. Con frecuencia se medía la superficie ocupada por las concentraciones y se estimaba la densidad para, con una simple multiplicación, alcanzar un resultado fiable. Pero el conflicto entre aritmética y propaganda siempre se decantaba en favor de esta última, impugnando aquellas leyes de la física que impiden a dos o más cuerpos ocupar el mismo espacio. Aunque la batalla comenzó a tornarse más igualada cuando la geometría tuvo como aliadas a unas fotografías que asignaban un número a cada manifestante, parece que la correlación de fuerzas va regresando a su tónica habitual una vez que esta empresa suspendió su actividad.

Si algunos medios no informan con objetividad sobre algo tan visible y directo como el número de manifestantes, difícilmente lo harán en otros asuntos más complejos. Y la inercia resulta tan intensa que algunos lectores se habrían habituado a consumir unos peligrosos y adictivos cócteles que mezclan información con opinión. Y a buscar en su periódico no tanto la objetividad como aquello que, aun manipulado o falso, les hace sentir mejor.

Sin embargo, una sociedad abierta, moderna y eficiente necesita una prensa independiente, libre y fiable, que ofrezca por separado información y opinión. Unos medios que resistan la poderosa tentación de sazonar, adobar o edulcorar las noticias, a fin de que muestren un aspecto y sabor más apetecible a su público. Y superen la inclinación a excluir de la dieta cuanto resulte inconveniente para los intereses que representan. Que opinen libremente, exponiendo todo tipo de argumentos y razonamientos. Pero que, por una cuestión de rigor, estética, pundonor, decoro o mera vergüenza torera, eviten el mal gusto de titular la primera plana con abultadísimas cifras de manifestantes, en un claro desafío a Arquímedes, Pitágoras y a la rigidez del espacio. Hasta entonces, sigamos la sana recomendación de creer la mitad de lo que vemos y… la décima parte de lo que leemos en ciertas portadas.  

Twitter: @BlancoJuanM


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