En el límite

Gallardón: el burlador burlado

Cuentan que, en cierta ocasión, al comenzar una sesión de la Cámara de los Comunes, Winston Churchill respondió a un joven diputado que se sentaba a su lado: "se equivoca usted, esos que tiene enfrente son sus adversarios. Los enemigos están detrás, en su propio partido". Eso mismo debió pensar Alberto Ruiz-Gallardón al descubrir la jugada de Mariano Rajoy, al sentirse utilizado en una de esas faenas que con tanta frecuencia, sutileza y sonrisa de dentífrico, se gastan entre sí los "compañeros" de partido. Un Rajoy que, conociendo de lejos a aquéllos que acechan para moverle el sillón, administra los tiempos, suelta cuerda suficiente para que los interesados se la enrosquen al cuello y espera el momento oportuno para dar el tirón.

Pocos personajes reflejan con tanta nitidez las cualidades del político actual en España como el recién dimitido ministro de Justicia. Ese tipo de personaje que se afilia a un partido casi desde la niñez

Pocos personajes reflejan con tanta nitidez las cualidades del político actual en España como el recién dimitido ministro de Justicia. Ese tipo de personaje que se afilia a un partido casi desde la niñez y comienza a ocupar cargos en la más tierna juventud. Que ejerce la actividad pública con más ambición que ideales, con más intereses personales que propuestas para mejorar la sociedad. Aprobó las oposiciones a fiscal pero, quizá por sentir una irrefrenable atracción por la política, o por descubrir una mayor inclinación al revés que al derecho, lo cierto es que Gallardón apenas llegó a ejercer la acusación, al menos dentro de los juzgados. Abandonó la toga pero, como a cualquier dirigente de partido, las puñetas le acompañarían durante toda su carrera.

Hombre de grandes aspiraciones, dotado de gran facilidad de palabra y camaleónica capacidad de adaptar sus principios, Gallardón es nombrado secretario general de Alianza Popular con 27 años. Su paso por la alcaldía de Madrid estuvo marcado por grandes obras en infraestructuras, acusaciones de megalomanía y enorme endeudamiento. Y quizá el descubrimiento de que la deuda no reduce la popularidad, la expectativa de voto, pues las generaciones venideras, aquellas que pagarán el dispendio, todavía no votan. Su ambición acabó colisionando con la de Esperanza Aguirre, otro de los personajes del PP madrileño, que vio enseguida en Albertito un peligroso rival a eliminar. 

Siguiendo esa discutible costumbre de clasificar a las personas, de colocar etiquetas, algunos observadores señalaron a Gallardón como el sector progresista del PP, tan sólo por mantener un intenso intercambio de favores con el grupo PRISA. Pero estas relaciones no suelen implicar posicionamiento ideológico alguno. En España todo político que se precie tiene sus periodistas o, cambiando el punto de vista, todo periodista destacado tendría sus políticos. Gallardón poseía un carácter inclasificable, refractario a cualquier etiqueta ideológica, al menos a priori. Ni progresista ni conservador, ni moderado ni radical, ni tirio ni troyano. Pragmático, con criterios moldeables, siempre en la dirección del viento.

Gallardón tuvo la rara habilidad de cabrear a todas las asociaciones judiciales, y a la mayor parte de los profesionales del derecho

Su llegada al gobierno levantó incontenible alborozo, grandes expectativas, al prometer, nada menos, que acabar con el control partidista del Consejo General del Poder Judicial. La influencia política, sutil al principio, había crecido con el devenir de las décadas hasta convertir tan noble órgano en un teatro de marionetas con poco público, muchos hilos, innumerables enredos y libretos demasiado previsibles. El destino daba oportunidad a Gallardón de entrar en la historia por la puerta grande, como un héroe de la separación de poderes, enfrentado a las oligarquías partidistas pero finalmente... miró al soslayo, fuese y no hubo nada. Tanta farfolla y presunción acabó con un Gallardón, espada envainada, impulsando una reforma que reforzaba todavía más, si cabe, el control político de tan rimbombante institución. Ingenuos aquellos que esperaron ver bracear a contracorriente a quien tiene por costumbre guardar la ropa sin llegar a nadar.

Gallardón tuvo la rara habilidad de cabrear a todas las asociaciones judiciales, y a la mayor parte de los profesionales del derecho, con su torpe ley de tasas judiciales. Teóricamente dirigida a desincentivar el abuso de la justicia y a desatascar los juzgados, en la práctica su garrafal hechura acabó imponiendo enormes barreras para los ciudadanos modestos que necesitaban protección judicial ante los abusos del poder. Trabas para la gente de a pie y facilidades para los poderosos, una costumbre muy arraigada en España. Y su anuncio de reducir drásticamente el número de aforados no fue más que una baladronada que no parecía dispuesto a cumplir.

Rajoy embarcó a Gallardón bautizando la ley con su nombre pero él tuvo la habilidad de quedarse en tierra para observar como el barco se hundía

Finalmente, Gallardón cayó víctima de las tretas que él mismo utilizó en alguna ocasión, de esas trampas para elefantes en que caen quienes, cegados por la ambición, no perciben la trayectoria y alcance de las jugarretas. Rajoy, que conocía bien la disposición del maniobrero Gallardón a moverle el sillón en el momento propicio, no de manera burda y abierta sino de forma sibilina, disimulada, echando la culpa a otros, decidió utilizar a su ministro de Justicia. Impulsó una ley de modificación del aborto, que nunca tuvo intención de llevar a término, pero que le permitía crear polémica, marear la perdiz, desviar durante un tiempo la atención de otros asuntos candentes y contentar temporalmente a ciertos sectores.

Embarcó a Gallardón bautizando la ley con su nombre pero él tuvo la habilidad de quedarse en tierra para observar como el barco se hundía. Así Rajoy mataba dos pájaros de un tiro: se libraba de un compañero de viaje poco fiable y sacaba todo el partido a la polémica mientras encasquetaba la culpa del desaguisado a su rival. Una vez en el cepo, Gallardón podía elegir entre dejarse cocinar a fuego lento o salir disparado una vez notaba su trasero abrasado. Eligió lo segundo quizá recordando aquel célebre episodio de la novela picaresca: "Debí caer en que Rajoy también hacía trampas: cogía las uvas de tres en tres porque yo las cogía de dos en dos y él callaba".


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba