En el límite

Economistas, ¿unos engreídos?

Todos hemos escuchado alguna chanza o rechifla acerca de la labor de los economistas, colectivo al que pertenezco. Tres personas, confinadas en una isla desierta y hambrientas, poseen una lata de conserva pero carecen de instrumento para abrirla. Tras exponer las ocurrencias de los dos primeros, el chiste finaliza con la solución del economista: "supongamos un abrelatas". También existe alguna parodia divertida, como el clásico artículo de Axel Leijonhufvud, que describe la estructura social, mitos, totems y tabúes de los econo, una tribu primitiva poco estudiada. Sus miembros, que habitan un desolado e inhóspito territorio, son gregarios, huraños, desconfiados hacia los forasteros, incluso peligrosos para el visitante. Tienden a hablar mal de los compañeros a sus espaldas y sucumben fácilmente a rivalidades entre grupos y clanes. Lo habrán adivinado: Leijonhufvud también es economista.

Los economistas se distinguen de otros científicos sociales por una situación material más desahogada, una visión del mundo más individualista y una gran confianza en el poder de su disciplina para arreglar todos los problemas

Pero hace unas semanas el semanario The Economist reseñaba un trabajo firmado por M. Fourcade, E. Ollion y Y. Algan quienes, con precisión de antropólogo, y esta vez sin chirigota, ponían bajo el microscopio a tan escurridizo colectivo. "Los economistas se distinguen de otros científicos sociales por una situación material más desahogada, una visión del mundo más individualista y una gran confianza en el poder de su disciplina para arreglar todos los problemas.Estos rasgos constituyen lo que llamamos la superioridad de los economistas pero esta supremacía objetiva está íntimamente ligada a su sentido subjetivo de autoridad y cualificación. Si bien esta superioridad ha impulsado su implicación práctica y su considerable influencia, también los ha expuesto a conflictos de intereses, crítica política, incluso burla."

Los economistas mantendrían una confianza casi ciega en la infalibilidad de sus avanzadas herramientas y un acusado desdén hacia los rudimentarios métodos de sus vecinos. Impresionarían al público, a sus potenciales clientes, con una arrogancia capaz de ofrecer previsiones con dos decimales, elegantes modelos matemáticos, una axiomática bien especificada que separa lo fundamental de lo accesorio, el grano de la paja. Y un lenguaje directo que expone los problemas de forma abstracta y sencilla, ofreciendo soluciones puntuales y concretas.

No todo son incentivos materiales

No puede sorprender el éxito de la profesión en una sociedad que no busca matices, dudas o ambigüedades sino argumentos poderosos y respuestas claras. Si surge cualquier problema,  los economistas se aprestarán a ofrecer raudos la solución: una intervención precisa, un pequeño empujón, un ajuste capaz de modificar los incentivos de los participantes en el mercado y...  voila, la máquina volvería a funcionar. Al menos en teoría. 

La enorme autoestima profesional, la confianza en sus técnicas, constituyen un gran logro de los economistas pero también su talón de Aquiles. Las herramientas específicas fallan en ocasiones, especialmente cuando se aplican a entornos que contienen otros elementos relevantes, no considerados en el análisis. La misma medida no siempre genera idéntico resultado pues el proceso depende del comportamiento humano, poco predispuesto a regularidades.

En 2000, unos investigadores llevaron cabo un experimento en varias guarderías de Israel: introdujeron una multa de tres dólares por cada retraso en la recogida de los pequeños. Es justo el tipo de medida que los economistas recomendamos para desincentivar una conducta. Pero, lejos de descender, el número de impuntualidades... aumentó de manera muy considerable. ¿Cómo podía explicarse tan sorprendente fenómeno? ¿Se comportaron los padres de forma irracional? No exactamente. Los individuos no se mueven sólo por incentivos económicos (qué puedo ganar o perder) sino también sociales (qué imagen tendrán de mi los demás) o morales (qué pensaré yo de mi mismo)

La imposición de la tasa cambiaba el enfoque: el retraso dejaba de ser un acto reprobable para convertirse en una prolongación del servicio de guardería, que podía comprarse a un precio razonable. Eliminaba así el auto-reproche moral (estoy abusando del pobre cuidador), un freno más potente que la perspectiva de perder tres dólares. Por suerte, la tribu está evolucionando, introduciendo paulatinamente ciertos elementos como las creencias, las reglas informales o las normas sociales en el núcleo del análisis.

El "síndrome de Calixto"

Otro error de bulto en el que tienden a caer notables economistas es el llamado síndrome de Calixto ("yo soy el más listo"): considerar que las decisiones económicas inadecuadas están causadas por mera ignorancia o estupidez de los gobernantes. Por ello, algunos tratan de convencer a los políticos, supuestamente bienintencionados pero intelectualmente limitados, repitiendo hasta la saciedad los argumentos hasta que finalmente los dirigentes vean la luz. O, incluso, pregonan que los puestos de responsabilidad política deben ser ocupados por personas de elevadísima cualificación académica, es decir, ¡por ellos mismos!

Las "malas" decisiones económicas no son meras equivocaciones sino medidas deliberadas, dirigidas conscientemente a reforzar las trabas a la competencia, proteger a los amigos y salvaguardar los ingresos que se reparten las élites

Pero no es más que una ingenuidad, un torpe enfoque incapaz de considerar el complejo entorno institucional donde se toman las decisiones políticas. Los gobernantes pueden ser ignorantes pero no idiotas: son plenamente conscientes de sus intereses, con frecuencia distintos a los del ciudadano. En un sistema de intercambio de favores, cerrado, con fuerte connivencia entre clase política y ciertos grupos empresariales, las "malas" decisiones económicas no son meras equivocaciones sino medidas deliberadas, dirigidas conscientemente a reforzar las trabas a la competencia, proteger a los amigos y salvaguardar los ingresos que se reparten las élites político-económicas. Cualquier intento de convencer, o de cambiar meramente las caras, es una pérdida de tiempo si antes no se transforman radicalmente las reglas del juego.  

Por suerte, algunos van comprendiendo poco a poco que los problemas de España no provienen de la ignorancia, o la falta de preparación, que caracteriza a la clase política sino de un nefasto funcionamiento institucional. La verdadera reforma económica requiere una radical reforma política que modifique los incentivos materiales pero también las reglas informales, las expectativas, las creencias. Aprehender la complejidad de las instituciones es hoy condición imprescindible para seguir aspirando al codiciado título de "Calixto".

Tengan todos una Feliz Navidad. 


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