En el límite

¿Derechos o favores?

El año nuevo y la festividad los Reyes Magos marcan una etapa de buenos propósitos, formulación de deseos, anhelos, renovados sueños que insuflan ilusión, trascienden la apatía, el tedio, la rutina cotidiana. De planes y proyectos que permiten sentirnos vivos. O de esperanza para superar el traspié, ese terrible mazazo que la crisis asestó a muchos hogares. Pero otros caen en la tentación de escribir su carta, no a los Magos de Oriente sino a los gobernantes, confiando en que sean ellos quienes traspasen el balcón cargados de regalos.  

Muchos piensan que los dirigentes deben redoblar sus esfuerzos el año que comienza, afanarse para solucionar las penurias, favorecer al grupo propio derramando el maná del presupuesto o las bendiciones del sacrosanto BOE. Esa funesta creencia de que los gobernantes poseen capacidad, deber y responsabilidad de allanar todas las dificultades, conjurar todos los males, garantizar permanentemente nuestra felicidad. Inconmensurable error. En España los políticos, sean nacionales, autonómicos o locales, resuelven pocos problemas pero viven de crearlos con su actividad entrometida y entorpecedora, un rosario de improvisaciones dirigidas a otorgar privilegios y cobrar a cambio. Hay países que crecen y prosperan cuando la política duerme; aquí se diría que nunca descansa.

Proponiendo soluciones mágicas para cada dificultad, prometiendo cuidar mimar, proteger al ciudadano, incluso de sí mismo, los sucesivos gobernantes generaron un creciente infantilismo, fomentado una ciudadanía dependiente, quejumbrosa, blanda. Protestona pero muy poco crítica. Una suerte de masa pedigüeña, inclinada a despotricar pero no a buscar remedios. El omnipresente paternalismo propició una creciente mengua de laresponsabilidad individual, ese concepto demodé, construyendo un espejismo de nuevos "derechos", mientras se disolvían en el éter los correspondientes deberes. Supuestos derechos que no eran más que obligaciones fiscales para el resto de los contribuyentes. O prerrogativas otorgadas por la mera pertenencia a un determinado colectivo, prebendas que aumentaron exponencialmente a medida que se multiplicaban los grupos interesados. No hay que caer en la estúpida trampa: los derechos especiales para un grupo concreto se denominan privilegios.

El siglo de las sombras

La Ilustración, el Siglo de las Luces, generó una de las transformaciones del pensamiento más profundas de la historia, una ruptura radical con las creencias de la sociedad estamental. La idea de que todos los ciudadanos eran depositarios de los mismos derechos, que la verdadera justicia consistía en una ley igual sin distinción de raza, sexo, condición social, nacimiento o cualquier otra circunstancia. Una revolución que alumbró el concepto de ciudadano, un individuo libre, no súbdito, dueño de su futuro, con capacidad de cooperar, o de competir con los demás, de tomar decisiones por sí mismo en busca de sus anhelos y sus sueños. Se derrumbaban así, al menos en el terreno de las ideas, las infranqueables murallas que separaban nobleza, clero y plebe, fundiendo a todos ellos en esa ciudadanía depositaria de la soberanía nacional.

Pero este potente planteamiento, que comienza a quebrarse en el siglo XX, acaba seriamente cuestionado en los tiempos actuales. Asistimos a un regreso de la sociedad estamental, donde el tratamiento que se recibe del poder, incluso la consideración que otorgan las leyes, depende en gran medida del colectivo al que se pertenezca. Una sociedad no ya compuesta de ciudadanos iguales sino de grupos con derechos distintos. Las leyes ad-hoc para personajes o colectivos concretos implican una regresión a aquella sociedad cerrada, trufada de barreras a la movilidad social, con notables desigualdades de derechos.

Los dirigentes argumentan que hay que garantizar la seguridad, salvarnos de terribles peligros, catástrofes o apocalipsis, promoviendo una sociedad del miedo que se asusta de su sombra. O que deben asegurar la igualdad, paradójicamente otorgando a cada grupo derechos distintos. Ocultan que son los propios gobernantes quienes generan buena parte de estos males con su irresponsable cortoplacismo. Y que el ciudadano admite de buen grado la desigualdad debida a diferencias de mérito y esfuerzo pero tolera mal aquélla que proviene de influencias, amiguismo, sobornos, favores, privilegios o deliberadas trabas a la participación.

Una sociedad organizada en rebaños

Ni seguridad ni igualdad. Los gobernantes descubrieron que resultaba mucho más fácil aferrarse al poder en una sociedad organizada en diferentes rebaños, en permanente contienda por el presupuesto, reclamando cada uno prebendas a costa de los otros. Un régimen clientelar, donde los votos se adquieren prometiendo privilegios o comprándolos con el dinero de todos, un malsano juego de suma cero donde los beneficios de unos son costes para otros. El engaño está dirigido a justificar la arbitrariedad de la clase dirigente, a conculcar el derecho a un gobierno transparente, limitado, controlado, forzado a rendir cuentas, a desterrar definitivamente esa sociedad basada en el mérito y el esfuerzo.

Las democracia requiere una ciudadanía responsable, independiente, segura de sí misma, conocedora de sus deberes. Comprometida a dedicar tiempo y esfuerzo a controlar constantemente al poder, identificar los fallos del sistema y exigir las oportunas reformas. Las responsabilidad personal, esa idea de que cada individuo puede y debe decidir su propio destino, sin formar parte del rebaño, es consustancial a las sociedades abiertas, a los regímenes de libre acceso. El ciudadano consciente de sus derechos y obligaciones no resulta fácil de adoctrinar, ni de ser disuelto en el grupo o la masa. Y exhibe mayor propensión a exigir cuentas a los gobernantes que a poner la mano, a esperar de ellos el favor. ¡Qué buen deseo para el año que comienza!


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