En el límite

¿Déficit democrático en Europa?

Sostienen los altavoces de los partidos que estas elecciones son cruciales, un envite para decidir el futuro de Europa. Pero nadie lo diría a juzgar por la apatía del público, O por la interpretación de la votación, siempre en clave más española que europea. ¿Ganará Valenciano, ganará Cañete, o se irán los dos al garete? ¿Castigarán los votantes a Rajoy? ¿Caerá Rubalcaba de la montura en este agitado rodeo? ¿Crecerán todavía más los grupos minoritarios? ¿El resultado final será el preludio de las municipales? Los grandes partidos repiten banalidades, se esfuerzan por distanciarse entre sí, culpar al contrario, movilizar a "su" electorado y ocupar unos escaños cuyo descrédito es sólo comparable a su rentabilidad. A pesar de las novedades de temporada, las elecciones al parlamento europeo no levantan pasiones.   

Poco interés, baja participación o insuficiente información son rasgos característicos de las votaciones europeas. Se ha atribuido la desgana al llamado déficit democrático, la idea de que las instituciones del viejo continente son burocráticas, elitistas, con dirigentes designados por los gobiernos. Unos órganos alejados de la gente, sin control efectivo del votante. Sin embargo, las instituciones europeas se han transformado en los últimos años. De ejercer un papel técnico, regulador, fueron adquiriendo nuevas funciones políticas que requieren otro enfoque, una renovada organización.     

Los burócratas europeos podrían ser antipáticos y aburridos pero casi siempre preferibles a la última astracanada del cacique o 'conselleiro'

En su origen, la Comunidad Europea se dotó de una burocracia técnica, deliberadamente aislada de la lucha partidista. Supuestamente neutral, capaz de ejercer tareas de armonización y homogeneización en los mercados. Con funciones comparables a los entes reguladores nacionales. Y un funcionamiento que debía basarse en la despolitización, la independencia y la observancia de los procedimientos. A pesar de sus muchos defectos, estas burocracias adquirían mucho lustre al compararse con los manipulados y partidistas organismos patrios. Los europeos intentaban fijar reglas comunes para un mercado único, en dura pugna con las comunidades autónomas, siempre empeñadas en establecer barreras, en imponer regulaciones distintas a las del vecino. Los burócratas europeos podrían ser antipáticos y aburridos pero casi siempre preferibles a la última astracanada del cacique o "conselleiro" autonómico de turno.

La democracia no consiste sólo en votar

El déficit democrático no tuvo efectos graves mientras las instituciones europeas ejercieron mayoritariamente tareas regulatorias. Pero, poco a poco, y especialmente a raíz de la crisis, fueron tomando decisiones políticas, aquéllas que son objeto de conflicto, controversia. Ésas que deben ser guiadas por los votantes, sometidas a estricto control democrático. Europa acabó convertida en un monstruo de dos cabezas, una técnica y otra política, y aquejada de una esquizofrenia que requería tratamientos opuestos. Así, constituye un arma de doble filo la reciente norma que permitirá al candidato del partido ganador, presumiblemente Jean Claude Juncker o Martin Schultz, alcanzar la presidencia de la Comisión Europea. La nueva cláusula refuerza el control democrático pero añade riesgos de politización del papel regulador, ése que debe acometerse desde una posición neutral.

Sin embargo, a pesar de las imperfecciones europeas, buena parte de las disfunciones electorales se originan en casa. Son producto de un erróneo y engañoso concepto que las élites difundieron en España. Una idea que pervierte y corrompe nuestra política: la falsa identificación de democracia y voto. Aunque el sufragio es parte importante, la democracia no consiste sólo en votar. Son fundamentales las reglas electorales, la información disponible, el carácter de la representación o los debates que marcan la campaña. No se trata de introducir una papeleta de cualquier modo, por impulso o simpatía. El sufragio debe ser informado, consciente, promoviendo una eficaz representación y un adecuado mecanismo de control.

Una integración sin información ni debate

En España nunca hubo información suficiente, mucho menos debate o controversia, sobre asuntos europeos. Tanto la adhesión a la Comunidad Europea como la entrada en la Zona Euro se acometieron desde ese papanatas discurso oficial que, mirando el envoltorio sin examinar el contenido, aceptaba todo cuanto viniera de "Uropa". Lo europeo era la quintaesencia de lo bueno, lo moderno, la solución externa a todos los problemas de España. Un paquete de fantástico contenido. Y "lo ha dicho Europa", la fórmula mágica para zanjar cualquier conato de discrepancia.

En España éramos los más europeístas sin plantearnos el significado

El debate público sobre ventajas y riesgos del euro fue extirpado de raíz. La integración en la moneda única constituía un dogma, un atuendo para estar a la moda. Éramos los más europeístas sin plantearnos el significado, sin saber qué reformas eran imprescindibles para desenvolvernos adecuadamente en la Unión Monetaria. La adopción del euro debió ser la culminación de un proceso de discusión sobre pros y contras, condiciones, ventajas y sacrificios. Y el resultado afirmativo de un referéndum. En su lugar, fue una decisión exclusiva de la clase dirigente, siempre deslumbrada por el brillo del corto plazo.

Sin información adecuada ni debate público riguroso, el elector medio se siente incapaz de formar su criterio sobre política europea. Y acaba votando, cuando lo hace, con meras pautas de política nacional. Sospechando que, tras conceder el voto a una lista cerrada, los elegidos harán las maletas, se integrarán en la disciplina de grupo, acatarán las órdenes del jefe, se darán a la buena vida y no dejarán que se les vea el pelo hasta dentro de cinco años... si no caen de la lista. Toma el dinero y corre. Con tan prometedora perspectiva, no puede sorprender el reducido entusiasmo ciudadano. Sobran cuentos de hadas, dogmas, complejos provincianos, consignas vacías. Y falta mucha transparencia, apertura de miras y confrontación de ideas para que Europa deje de ser una nebulosa, un agujero negro en el imaginario del votante medio.


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