En el límite

¿Debe salir España del Euro?

En un momento en que la salida de Grecia del euro se considera muy probable, y sólo parecen existir dudas sobre el calendario y las condiciones, comienzan a escucharse voces señalando las ventajas que podríamos obtener siguiendo los pasos de nuestros amigos helenos. Recuperar la peseta, argumentan, facilitaría un control propio de la política monetaria y abriría la posibilidad de una devaluación competitiva para poder exportar con más facilidad. Por desgracia, la realidad suele ser bastante más compleja.  

Comparar correctamente dos opciones requiere tomar en consideración todos los costes y beneficios de cada alternativa y, sobre todo, los riesgos y oportunidades que se abren o cierran en cada caso. La experiencia nos enseña que, debido a notables deficiencias de la política española, existen ciertas reformas imprescindibles que sólo se acometen bajo la insoportable presión de circunstancias externas. Y la permanencia en el euro, en momentos de extrema dificultad, parece constituir una poderosa fuerza impulsora de las reformas.  

Resistencia a acometer las necesarias reformas

A pesar de sus notables errores de diseño, la moneda única permitió un comercio más ágil, una financiación más barata y una disminución del riesgo percibido por los agentes externos. Sin embargo, los desajustes provocados por desordenes presupuestarios, o indisciplina en la formación de rentas, no podrían ya corregirse mediante una devaluación de la moneda o un manejo autónomo de la política monetaria. Para evitar insoportables tensiones, se imponía la conveniencia de mantener un equilibrio presupuestario en el largo plazo y, sobre todo, la necesidad de promover ambiciosas reformas liberalizadoras de los mercados de bienes y trabajo. Desgraciadamente, algunos países sólo comenzaron a aplicar estas medidas cuando la gravedad de los problemas no permitió otra opción. Y alguna clase política, como la griega, ni siquiera se molestó en impulsar estos cambios, aun cuando la situación se tornó extremadamente desesperada. Se diría que preferían romper la baraja a modificar el statu quo.   

La economía griega sufría un intenso intervencionismo, un exceso regulatorio, una notable carencia de base industrial y, sobre todo, una desmedida corrupción política en el marco de un sistema cerrado y clientelista. Un caso similar al español, sólo que más intenso. La presión de los mercados, y del resto de los socios, logró que los gobiernos griegos recortaran el déficit pero resultó infructuosa a la hora de exigir reformas liberalizadoras o privatizaciones. No parece existir fuerza capaz de mover la voluntad de los grupos de presión griegos sin que el sistema estalle antes por alguna otra costura. El tremendo desprestigio de la endogámica casta política se tradujo en el ascenso electoral de partidos populistas, radicales o antisistema, con graves peligros para el futuro.  

La rotura de la cuerda encamina a Grecia hacia el abandono del euro, el “corralito”, una sustancial pérdida del ahorro de sus ciudadanos, una fuerte contracción económica y, probablemente, el caos y la hiperinflación. Aunque la devaluación pueda devolver una parte de la actividad económica a medio plazo, también contribuirá a perpetuar ese sistema cerrado, a la medida de grupos de intereses, que antepone el privilegio al esfuerzo y el intercambio de favores a la competencia.

España puede ser diferente a Grecia

Por suerte, el caso de España ha resultado distinto en importantes aspectos. Aun partiendo de una economía dominada por la búsqueda de favores, por una nociva connivencia entre poder político y grupos empresariales para limitar la competencia y por una omnipresente corrupción partidaria, la arrolladora presión de los mercados obró por fin el milagro de iniciar aquellas reformas que debimos acometer dos décadas atrás. En adelante, se abre la posibilidad de que la hercúlea fuerza de las circunstancias extremas pueda llegar a doblegar definitivamente la férrea resistencia de castas políticas, caciques y grupos económicos privilegiados para impulsar la liberalización definitiva de todos los mercados, eliminando las barreras a la competencia, permitiendo la actividad emprendedora y estableciendo las condiciones apropiadas para una necesaria devaluación interna. Ante la descomunal tensión, debemos lograr que la cuerda se rompa por el nudo de los privilegios, no por nuestro anclaje al euro.

Permanecer en la moneda única supone recorrer una vía dura y sacrificada a corto y medio plazo. Pero la única que puede conducir definitivamente a las reformas que fomenten la competitividad de la economía española, promuevan el surgimiento de un régimen basado en la libertad, el mérito y el esfuerzo y amplíen el abanico de oportunidades disponibles para todos. Abandonar la moneda común conllevaría enormes costes de ajuste y un enquistamiento de nuestro ineficaz sistema económico y político. Una vía hacia la decadencia de España en una economía muy globalizada, que desterró por obsoletas determinadas formas de funcionamiento y organización.   

La salida de Grecia desviará hacia nosotros todas las miradas, elevando considerablemente la temperatura de cocción. Será el momento de mostrar entereza, desoyendo los cantos de sirena que invitan a regresar al pasado, a esa pretendida infancia feliz y sin responsabilidades, bajo la protección paternalista de la casta política y sus conocidos acompañantes. Al contrario, la estrategia consiste en usar la formidable tensión de la cuerda para quebrar ciertas resistencias, abolir injustas prerrogativas, retirar inadecuados obstáculos, asumir las oportunas responsabilidades y salir catapultados hacia el futuro en un mundo abierto y competitivo, que ya no entiende de cunas o privilegios sino de esfuerzo y valía.

En caso de claudicar, abdicando de nuestra responsabilidad, y continuar con nuestro defectuoso sistema, correríamos el riesgo de perder, por enésima vez y a pesar de nuestros AVEs, el tren de la historia. Y, en el futuro, habríamos de aplicar con seriedad y contundencia la sabia recomendación que formuló Groucho Marx: “no pertenecer a ningún club que nos admita como socios”.

Twitter: @BlancoJuanM


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