En el límite

Corinna y la información con reservas

Quizá no estaba en el ánimo de Soraya Sáenz de Santamaría ofrecer una respuesta tan ilustrativa al ser preguntada por la ya famosa finca La Angorrilla. "Me he tenido que estudiar la normativa de Patrimonio Nacional, que es compleja. Hay bienes de la Jefatura del Estado de los que es normal que el Gobierno no tenga datos de lo que hace la Jefatura de Estado", señaló la vicepresidenta en un nueva muestra de la transparencia que reina, nunca mejor dicho, en España. Notable decepción para una opinión pública fascinada por un asunto que reúne todos los elementos provocadores del morbo. Lujo a raudales, visitas furtivas, o no tanto. Un profundo bosque de encinas iluminado con la explosiva presencia de la bella y áurea Corinna, mostrando abiertamente sus trofeos de caza mayor. Y una mansión, próxima a la Zarzuela, que fue acondicionada como sede de algún organismo unipersonal, informal pero dotado de llamativas atribuciones.

Hay, sin embargo, otros aspectos mucho más interesantes, que trascienden la inevitable vertiente rosa. Soraya tiene razón: la normativa debe ser muy compleja y enrevesada. Como cualquier ley en España. Caso contrario las obligaciones de los gobernantes, o los límites a sus acciones, se percibirían con demasiada nitidez. Para un político, la normativa ideal contemplaría una regla con un número suficiente de excepciones como para poder interpretar cualquier cuestión al derecho o al revés, según convenga al poder. El gobierno podía dar la información solicitada sobre La Angorrilla… o no darla; decir que la tiene… o que no la tiene. Y todas las opciones entrarían en la categoría de “normal”. La real gana asciende a categoría de norma allí donde los dirigentes no sienten la obligación de rendir cuentas.

Pero la opacidad, la reserva de información, no es resultado del capricho sino un elemento fundamental de esos regímenes cerrados y clientelares, donde predominan el intercambio de favores y los privilegios, imperando la ley del embudo. Un rasgo consustancial a esos sistemas con leyes de goma, que se estiran y encogen a placer, favoreciendo a unos a costa de otros mientras se cumplen, aparentemente, las reglas.

La información como recurso para el intercambio de favores

Ese clientelismo marca las relaciones del poder político con grandes empresas, sindicatos u otros grupos de presión. Pero también con la prensa convencional, creando graves dificultades a la participación ciudadana. La información libre y sin trabas constituye un elemento crucial para el buen funcionamiento de un sistema democrático. El elector necesita conocer en profundidad el comportamiento de los dirigentes, la acción de los gobiernos y sus consecuencias para votar con plena consciencia. En España, sin embargo, los políticos suelen convertir la información en un recurso de uso privado, que intercambian por otros favores. 

Así, detrás de la opacidad puede ocultase una tendencia a suministrar cierta información selectivamente a sus contactos a cambio de buen trato mediático. Un intercambio marcado por las relaciones personalistas, donde la información es más un privilegio, una concesión o un instrumento, que un derecho. Así, la frontera entre lo público y lo privado se difumina y, como resultado, los gobernantes o la Corona, tienden a considerar como intromisiones en la vida privada ciertas críticas bastante comunes en países mucho más abiertos. Buen ejemplo es el insólito estatus y los sorprendentes privilegios obtenidos, presuntamente, por la señora Sayn-Wittgenstein a costa del sufrido contribuyente español, que sobrepasan con creces la estricta esfera privada.

El modelo mediático ideal, el más compatible con una sociedad abierta, pasaría por una prensa comercial, plural, competitiva e independiente del poder, que vive de sus lectores y se debe a ellos. Que presta un servicio público, comprueba una información que fluye libremente y difunde las noticias con objetividad y neutralidad, guardando las valoraciones para la sección de opinión. Así, el poder político ejercería muy poca influencia sobre los medios mientras la publicidad, contratada por motivos puramente comerciales, constituiría una vía adicional de ingresos.  

El negocio no estaba en la cuenta de resultados

Desgraciadamente, la realidad mediática se aparta casi siempre de este modelo ideal pues los sistemas políticos tienden a contagiar sus defectos al resto del cuerpo social. El clientelismo destruye la autonomía de la prensa y, en general, la de todas las organizaciones sociales. En España, la escasa circulación de periódicos impidió la creación de una industria sólida que pudiera nutrirse exclusivamente del mercado. En su lugar, fue forjándose un sector dependiente de las ayudas y del intercambio de favores, con fuerte alineamiento partidista y una profesión demasiado conectada al poder político.

El objetivo principal de los empresarios mediáticos convencionales no era tanto hacer negocio como ejercer influencia política. En este sistema cerrado, los periódicos podían constituir una actividad muy poco rentable, pero sólo en apariencia. En realidad, siguiendo la lógica del sistema, esa influencia resultaba crucial para el éxito de otros negocios. En esta misma línea, la publicidad no siempre perseguía fines meramente comerciales: se enmarcaba con frecuencia en las redes de intercambio de favores. Así, el sistema clientelar fue permeando peligrosamente los medios, dejando la objetividad y el servicio a los lectores en un segundo plano. Era incluso demasiado fácil identificar a los profesionales férreamente alineados con uno u otro partido. 

Por suerte, la crisis y la fuerte competencia de los emergentes medios digitales podrían debilitar estas insanas relaciones y abrir las puertas del cambio. No todo el mundo resiste indefinidamente un juego que obliga a perder cantidades crecientes de dinero para obtener menguantes dosis de influencia política. Otrora sólidos imperios se tambalean a ojos vistas y sus antes inexpugnables muros amenazan con derrumbarse. Y van disolviéndose pactos de sangre basados en un mero reparto de unas rentas… cada vez más exiguas. Un nuevo equilibrio, con mayor protagonismo de esa prensa digital, mucho más independiente, podría atisbarse en el horizonte.  


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