En el límite

Conmoción en la red clientelar

El culebrón de Nicolás, ese joven que se colaba en cada acontecimiento político y social, moldea una historia repleta de aristas, quizá alguna morbosa. Caso contrario no alcanzaría tan amplia difusión en los medios. Pero hay un elemento que se me antoja altamente ilustrativo, fiel reflejo de la naturaleza del poder en España: para engatusar a los incautos, al protagonista le bastaba mencionar su relación con altos cargos, alardear de conocimiento o amistad, real o fingida, con destacadas personalidades. Por lo visto, una comida con el ministro, la cercanía al subsecretario o llamadas frecuentes del presidente, son elementos que componen un deslumbrante señuelo, forjan el infalible anzuelo donde pica una legión entera. Una mágica varita que procura todo tipo de ayudas y facilidades, franquea la entrada en muchos círculos y atrae una copiosa lluvia de regalos o dinero.

El número de parroquianos que rodea a un personaje depende mucho menos de su simpatía o ingenio que del cargo que ocupa

Resultan chocantes las tremendas molestias que se toman algunos para obtener contactos con el poder, para entrar en determinados ambientes, tan restringidos como informales, aunque sea de manera efímera. En ciertas recepciones, el número de parroquianos que rodea a un personaje depende mucho menos de su simpatía, o ingenio, que del cargo que ocupa. Y la amplitud de las sonrisas es directamente proporcional a la altura del escalafón ¿A qué se debe tan arraigada tendencia a hacer la pelota descaradamente a los altos cargos? ¿De dónde proviene esa absurda y vergonzante sumisión al poder, esa pleitesía a la autoridad?

En España no existe un sano respeto al poder político, quizá porque no lo merece. Se transita, sin solución de continuidad, desde el halago, la lisonja, la aplicación de jabón por toneladas, al ataque despiadado, al insulto. Y la explicación hay que buscarla en la flagrante contradicción entre legalidad y realidad, ese violenta colisión entre teoría y práctica, entre lo que señala el derecho y lo que llevan a cabo los gobernantes en la trastienda. Es la esquizofrenia de un sistema que se guía formalmente por el imperio de la ley pero que, en la praxis, abre enormes espacios al intercambio de favores, a la arbitrariedad.

En un sistema legal-racional, la amistad con un gobernante nunca rebasará el ámbito privado, ni podrá generar favor o asignación de puesto

Autoridad legal-racional... sobre el papel

En su famosa conferencia La política como vocación (1919), Max Weber exponía las distintas fuentes de legitimidad del poder, contraponiendo la autoridad tradicional, de base consuetudinaria, esa que ejercían jefes de tribu o monarcas medievales, con la autoridad legal-racional, una creación del Estado moderno. El pensador alemán apuntaba una diferencia crucial entre ambas: mientras la primera se basa un vínculo personal entre jefe y vasallo, la segunda se fundamenta en relaciones impersonales. En este sistema legal-racional, la posición no depende de la persona: está determinada por las leyes. Y la selección para ocupar puestos en la burocracia se ejecuta con criterios meritocráticos. No hay nada personal. Una amistad con cualquier gobernante nunca rebasará el ámbito privado, ni podrá generar favor o asignación de puesto. Ni la enemistad acarrará perjuicio alguno. En este esquema, las relaciones personales quedan excluidas del marco institucional. Ni favor ni quebranto: el Estado actúa de forma neutral.

Si nuestro régimen se ajustase perfectamente a este tipo ideal, cualquier mequetrefe presumiendo de mantener una conversación diaria con Mariano Rajoy, o con algún ministro todavía más insulso y aburrido, difícilmente sería objeto de admiración o envidia. Más bien de lástima y compasión, ¡menuda cruz te ha caído, chaval! Pocos encontrarían atractivo en unos contactos que no aportan ventaja o privilegio. Y nadie pagaría por aprovecharlos.

Pero la complejidad del mundo real empuja esta aseveración hacia un terreno fronterizo con la ficción

Si atendemos a la letra de las leyes, nos encontramos en un Estado de derecho, en el moderno sistema legal-racional. Pero la complejidad del mundo real empuja esta aseveración hacia un terreno fronterizo con la ficción. La degeneración del Estado, su captura por grupos interesados, abrió las puertas de par en par al clientelismo, al intercambio de favores. Penetraron a raudales elementos típicos de la autoridad tradicional, como los privilegios o las relaciones personalistas. Y regresó la idea del Estado como patrimonio semiprivado, una confusión entre administración y propiedad, entre lo público y lo privado, que animó a los partidos, y a sus dirigentes, a saquear el presupuesto. 

Ha vuelto la España de Galdós

El resultado final es el retorno a esa España del enchufe y la recomendación, retratada magistralmente por Benito Pérez Galdós. Una tropa de zascandiles recorriendo distinguidos salones, buscando un puesto, o un ascenso, a cambio de fidelidad, de lealtad ciega. O comprando un privilegio en un entorno que valora mucho más el contacto, la relación personal, que la valía profesional. Lo que cuenta no es lo que conoces sino a quien conoces.  Así, el político coloca a los cercanos, a los fieles, no para prestar mejor servicio al ciudadano, sino como favor que debe ser correspondido. El nombramiento de Blesa o Rato en Caja Madrid, u otros personajes de semejante o peor ralea en otras cajas, respondería a este lamentable esquema. También la arraigada costumbre de filtrar ciertas informaciones exclusivas a los periodistas fieles, a cambio de buen trato en el medio. Al amigo todo, al enemigo nada y al indiferente... la legislación vigente.

Allí donde abunde el clientelismo y prolifere la arbitrariedad dominará el temor, la sumisión al poder o el rechazo al gobernante

No sorprende que cualquier chisgarabís, capaz de convencer de que mantiene relación estrecha con las más altas esferas, pueda levantar admiración y ser agasajado, invitado a compartir tan jugosos contactos para comprar favores. Pero los aduladores no siempre alcanzan las anheladas gracias y prebendas. Y es entonces cuando el peloteo se transforma en cabreo supino y descalificación. ¿Qué justificación tiene una autoridad que no satisface mis deseos?

Allí donde abunde el clientelismo y prolifere la arbitrariedad dominará el temor, la sumisión al poder o el rechazo al gobernante. Difícilmente el respeto a la autoridad. Y los puestos de responsabilidad rebosarán de incompetentes cercanos a los gobernantes. Aún con su amplia y diversa colección de granujas, ineptos y aprovechados, las cajas de ahorros distan de ser un caso aislado. Muchas personas se ejercitarán en las pícaras lides de la relación personal, y la búsqueda de contactos, como un camino despejado para colmar sus aspiraciones vitales. Existen pocos incentivos a adquirir una formación sólida allí donde apenas se valora el mérito y el esfuerzo.  


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba