En el límite

Calma, solo era un juego

Sábado 7 de septiembre, media España contiene la respiración ante la inminente votación de Buenos Aires. Sinfonía de medios transmitiendo al segundo los pormenores de esa crucial reunión, donde parece jugarse el honor y la autoestima patrias. Pero… finalmente una gran decepción embarga por igual a representantes oficiales, periodistas y curiosos.  

Todo parece haberse dicho y escrito al respecto, desde calificativos poco amables hacia una parte de los miembros del COI, quizá merecidos con independencia del sentido de su voto, expresiones de alivio por la liberación de tan pesada carga o mofa y rechifla de esa parte de la casta política directamente responsable del desaguisado. También, aunque minoritarias, manifestaciones de mal contenida alegría ante el supuesto mal ajeno, un producto de esa animadversión e insana envidia tan abundantes en estas latitudes. Por suerte, el transcurso de los días permite observar el panorama con más reposo, lejos ya de las intensas pasiones desatadas. Y señalar que los Juegos Olímpicos, esa explosiva mezcla de negocio, política e incluso deporte, acarrean unos costes para las ciudades y países organizadores que suelen superar con creces las supuestas ventajas que proporcionan.

Los defensores de los Juegos apuntan con entusiasmo a esa ventana de oportunidad que se abre para construir unas infraestructuras útiles, catalizadoras del desarrollo y modernización de la ciudad. Pero este argumento encierra alguna falacia ya que las costosas inversiones, necesarias para acoger un gran evento, no se rentabilizan en un par de semanas y difícilmente coinciden con las necesarias para los habitantes de una urbe en su día a día. Si las infraestructuras fueran rentables a largo plazo, su construcción debería acometerse con independencia de la Olimpiada. Sin embargo, el incremento del número de disciplinas olímpicas en las últimas décadas ha conducido a una multiplicación de instalaciones que resulta a todas luces excesiva para las necesidades posteriores de casi cualquier ciudad. Y esta inversión pública acaba desplazando inversión privada productiva, especialmente cuando el crédito es escaso, y detrae fondos de otros usos socialmente más necesarios.

Una visión de corto plazo

Con el fin de limitar los palpables perjuicios, algunos analistas han apuntado la necesidad de reducir el número de deportes olímpicos o cambiar la estructura organizativa para que no sean las ciudades sino los países quienes acojan los Juegos. De éste modo, la inversión se repartiría entre varias ciudades evitando la concentración de instalaciones infrautilizadas.

Tampoco el pretendido fomento de la actividad económica resulta convincente. La llegada de aficionados al deporte desplaza en ocasiones el turismo convencional. La Olimpiada es una actividad temporal, que a duras penas encaja con los negocios permanentes previamente existentes. Por ello, los efectos económicos se manifiestan más bien en el corto plazo y se diluyen rápidamente. Los Juegos pueden difundir la imagen de una ciudad pero de forma  marginal cuando las urbes son bien conocidas del público. Además, durante los actos, la televisión atiende mayoritariamente los eventos deportivos y poco la ciudad en sí. Y si la hace más visible, puede reflejar tanto sus fortalezas como sus debilidades.

¿Por qué tanto interés e insistencia en albergar los Juegos cuando aparentemente no aportan a la larga ventajas a la sociedad? Como en otros casos similares, la organización de eventos de repercusión mundial permite obtener réditos y ganancias a ciertas élites dirigentes y a grupos de empresarios en connivencia con el poder.

Las Olimpiadas sirven de pantalla propagandística para los políticos que se ponen sus particulares medallas reclamando implícitamente para sí unos méritos que raramente se corresponden con su gestión. El fenómeno alcanza su extremo en aquellos casos históricos donde los Juegos (o los deportes en general) fueron utilizados por regímenes poco recomendables para difundir una visión desenfocada de su verdadera naturaleza. Se reducen los límites y controles sobre el gasto, favoreciendo el despilfarro sin límite de los recursos públicos pues, supuestamente, la imagen internacional del país está en juego. Y en países ya de por sí corruptos, la puerta se abre de par en par al negocio oscuro, a las comisiones y a un maná que llueve sobre constructores adictos al poder para repartirse deportivamente entre los que cortan el bacalao.

Una gran fábrica de emociones

Pero existen aspectos emocionales que no pueden soslayarse y que explican el apoyo de una buena parte de la población. La organización de las Olimpiadas crea en amplios segmentos sociales un sentimiento de orgullo y autoestima nacional, un estado de euforia colectiva, que incita a aceptar la carga de deuda que a la postre implica el evento deportivo. Hay razones del corazón que la razón no entiende pero que, aun así, respeta. Sentirse digno, reconocido y respetado, tanto en el plano individual como en el grupal, son necesidades y anhelos primordiales del alma humana.

Sin embargo, entendiendo la predisposición de muchas personas a admitir importantes gastos por motivos sentimentales, cabe también reconocer que, en etapas de elevado y creciente endeudamiento público, la Olimpiada se torna un lujo difícilmente soportable, especialmente tras el desmedido despilfarro en todo tipo de infraestructuras no rentables a lo largo y ancho del territorio español. Al fin y al cabo, este orgullo y renovada autoestima son perecederos, demasiado efímeros, pues desaparecen poco después de consumados los Juegos.

Definitivamente, existen mejores vías para recuperar la perdida autoestima, para restaurar, no de manera transitoria sino definitiva, ese mermado orgullo de sentirse español. Un país que funcione correctamente, con instituciones fiables, libre de corrupción generalizada y regido por unos dirigentes con un aceptable nivel de capacidad y sentido del deber, constituye un entorno capaz de proporcionar a sus habitantes unas dosis de dignidad y pundonor, no sólo superiores sino mucho más duraderas que las generadas por un llamativo festejo, aun con mundial repercusión. El verdadero camino hacia la autoestima requiere menos espectáculo y autobombo y mucha más convicción, perseverancia y claridad de ideas.


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