En el límite

Las Autonomías: mito, dogma y tabú

De los mitos establecidos en la transición política española, ninguno conserva tanto arraigo y carga emocional como el relativo a la organización territorial del Estado. Así, las Autonomías constituirían un indefinido “derecho de los ciudadanos”, una poco explicada “profundización de la democracia”, un improbable “acercamiento de la administración al público” o un “decidido avance” hacia algún lugar no especificado. Muchas frases hechas y demasiados lugares comunes para tan escaso debate sensato y racional, como si de un dogma cuasi religioso se tratase. Quien osare ponerlo en cuestión, violando el terrible tabú, sufriría severas penas de vilipendio y descalificación.  

Quizá por ello, la muy improbable devolución de algunas competencias por la Comunidad de Madrid provocó tan airadas como inquisitoriales respuestas. Sin embargo, ni la democracia depende del grado de descentralización de un Estado, ni la multiplicación de administraciones guarda relación alguna con los derechos individuales. Y difícilmente puede constituir la autonomía un “avance”, o la devolución de competencias un “retroceso”, cuando no se especifica hacia dónde nos dirigirnos.

A muy pocos ciudadanos preocupa que sea una u otra administración la que proporcione un servicio, mientras éste se preste eficazmente. Para los políticos, por el contrario, parece éste un asunto crucial, como si enormes intereses anduvieran en juego. Por ello, lejos de pretendidos agravios regionales, de extendidos sofismas ideológicos  o de absurdas pugnas localistas, se echa en falta una discusión valiente y racional sobre los pros y contras de la descentralización, señalando los criterios para que la organización territorial funcione de manea eficiente.

No siempre tiene ventajas la descentralización

La teoría tradicional del federalismo fiscal aportaba buenos argumentos a favor de la descentralización. La prestación de ciertos servicios en el ámbito regional permitiría una mejor adaptación a las particularidades y preferencias locales, mientras la autonomía propiciaría un control más cercano y directo de los votantes sobre los gobernantes y fomentaría una sana competencia entre administraciones regionales por atraer ciudadanos de otras zonas. Todo ello desembocaría en una gestión más eficiente, unos impuestos más bajos y un Estado más pequeño y eficaz.

Sin embargo, la experiencia de muchos países en las últimas décadas del siglo XX reveló que la descentralización podía generar resultados indeseados: más corrupción, gran ineficiencia, administraciones hipertrofiadas y enormemente intervencionistas, tendencia a déficits abusivos y, en ciertas condiciones, menor crecimiento. La indisciplina presupuestaria se exacerbaba cuando los ingresos de las regiones dependían de las transferencias del centro pues ello permitía gastar a manos llenas sin tomar la impopular medida de elevar la presión fiscal en el territorio.

Además, en contra de lo previsto, los gobiernos regionales evitaban con mayor facilidad los controles democráticos: mantenían una relación demasiado cercana con la judicatura, ejercían una enorme influencia sobre los medios de comunicación locales (más frágiles y dependientes de las concesiones o subvenciones) y se encontraban sometidos a una menor presión de los votantes, que tendían a atribuir las responsabilidades preferentemente al gobierno nacional. Para colmo de males, muchos gobernantes locales entorpecían la necesaria competencia entre regiones, estableciendo toda suerte de trabas, regulaciones o intervenciones administrativas que, además de perjudicar gravemente el crecimiento en su territorio, llegaban a poner en peligro la propia unidad de mercado.

Los hechos mostraban que la descentralización aportaba ciertas ventajas si contaba con un adecuado diseño que favoreciese el equilibrio de poderes, generase incentivos correctos entre los gestores y estableciese eficaces mecanismos de control sobre los gobernantes. Sin embargo, si el planteamiento era incorrecto o el sistema no gozaba de un apropiado juego de contrapoderes, la descentralización agravaba los problemas, generando más ineficiencia, despilfarro y corrupción.

Autonomía en España: apaños y componendas

Por desgracia, el origen del proceso autonómico español estuvo marcado por la improvisación, el apaño, la componenda y la falta de visión de futuro. Muy pintoresca la ocurrencia de dejarlo abierto, al albur de los intereses de los gobernantes y de la correlación de fuerzas parlamentarias. Por ello, los traspasos de competencias no siguieron un criterio racional de eficacia en la prestación del servicio sino una regla de mera conveniencia política. Una moneda para comprar ciertos apoyos coyunturales.

Raramente se beneficiaron los ciudadanos de unos servicios más baratos y eficientes pero los partidos observaron que los traspasos multiplicaban exponencialmente los cargos a repartir entre sus miembros, mientras se instauraba en buena parte de las autonomías un sistema de favoritismo, privilegio, clientelismo y sumisión al poder. Un nuevo caciquismo que permitía, en algunos lugares, la promulgación de normas que violaban flagrantemente los derechos individuales. Finalmente, el proceso autonómico ni siquiera logró su objetivo primigenio de integrar en el marco constitucional a los movimientos disgregadores. Su efecto fue justo el contrario.

Por suerte, nada dura eternamente. Las crisis económicas agitan las conciencias, propiciando la rotura de disparatados tabúes y el triunfo de la razón sobre el oscurantismo. Es hora de sacar el debate autonómico del terreno de los dogmas y los impulsos primarios para introducirlo en el de la racionalidad y el sentido común. De replantear de raíz nuestro sistema a fin de que el reparto de competencias siga un criterio de eficiencia y ahorro, mientras se garantiza el necesario control sobre los gobernantes. Y de proponer las reformas necesarias para que los beneficiarios del proceso autonómico sean los ciudadanos y no, como hasta ahora, los partidos, los caciques regionales y los grupos de intereses que se encuentran a su alrededor.

Esperemos que, en esta ocasión, la caída del mito no requiera innumerables escándalos, conductas poco edificantes, ni grotescos accidentes de caza. 


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