En el límite

Alergia y fobia al cambio

Hace algunos días, un prestigioso medio internacional exponía sus dudas sobre la disposición de Mariano Rajoy a acometer las imprescindibles reformas que España necesita. Una exhibición de aguda perspicacia, quizá motivada por la observación exhaustiva de una política española que evoluciona a tirones, a golpe de improvisación, más a la deriva y a merced de las corrientes que gobernada por un habilidoso timonel con rumbo firme.

Las medidas adoptadas van siempre a remolque, mirando de reojo la reacción de nuestros socios europeos, como aquel niño que engulle a regañadientes media cucharada con la esperanza de que su madre transija y le permita dejar el resto del plato. El mínimo imprescindible para evitar la regañina. Y siempre primando aquellas políticas inocuas para el statu quo y la cómoda posición de la clase política y sus adláteres. Definitivamente, no era eso lo que la gente esperaba aunque tampoco causa sorpresa. Un gobierno verdaderamente reformista decide sus cambios antes de llegar al poder y acomete las medidas con ímpetu en los primeros meses, no las pospone en un desesperante goteo.

Sin embargo, el inmovilismo no constituye rasgo privativo del actual presidente del Gobierno. Se trata de una constante que afecta de manera permanente al Régimen de la Transición, como ese defecto de fábrica que determina un inevitable colapso final. Un espejo cóncavo de la ya lejana Restauración canovista, donde muchos veían los fallos pero nadie era capaz de acometer la regeneración. Con una diferencia. La mediocre clase política actual no sólo no percibe los defectos sino que, como el necio que continúa el baile cuando acaba la música, todavía se jacta de las bondades del Régimen, del pretendidamente generoso espíritu de la Transición y del ejemplar sistema que “nos dimos”, como si de un traspié con bofetón incluido se tratase. Consignas desgastadas y vagos eslóganes, que reflejan el profundo vacío conceptual reinante.

Todos dejaron pasar la oportunidad

Sorprende, por ello, el eco mediático alcanzado por los alegatos del expresidente Aznar a favor de las reformas, un toro que sólo se disponen a lidiar aquellos que, habiéndose desprendido del traje de luces y cortado la coleta, carecen de opciones para volver al ruedo. Ninguno de los presidentes tuvo voluntad, valentía, disposición o entendimiento suficientes para impulsar los cambios que hubiesen permitido una España diferente, más moderna, justa y eficiente. Quizá porque la dinámica e intereses partidistas dominan e inmovilizan cualquier impulso regenerador del líder, suponiendo que éste hubiera existido.

Por el contrario, todos los gobernantes favorecieron ese lento pero inexorable avance partitocrático en el dominio y manipulación de la justicia, de las instituciones, de los organismos reguladores, de los medios de comunicación o de multitud de organizaciones de la sociedad civil. Nadie hacía ascos al reparto de consejeros, magistrados o representantes paniaguados en ese ignominioso juego de Monopoly que tanto furor causaba entre los jefes de los partidos. Todos impulsaron, en mayor o menor grado, la creciente complejidad de las leyes como una artera vía hacia la discrecionalidad del poder político, abriendo enormes espacios a voluntad y capricho de oligarcas y caciques. Ninguno puso freno a la insoportable corrupción: por acción u omisión todos favorecieron su expansión.

En lo que al funcionamiento de las instituciones respecta, la etapa de Zapatero no supuso el corte radical con el pasado que pretende el presidente de honor del PP. Como mucho, implicó una cierta aceleración del inexorable deterioro del Régimen, ofreciendo al respetable una lamentable fotografía, sin trucajes ni photoshops, de la verdadera calidad de los políticos españoles.

Las reformas chocan con la lógica del sistema

Pero no podía ser de otro modo. Las reformas radicales chocan frontalmente con la lógica del sistema instaurado en la Transición, caracterizado por las barreras a la participación política y económica, pues implican una trasformación de las instituciones con el fin de que actúen con rigor e imparcialidad. Se trata de un cambio en las reglas del juego por otras más justas y aceptables para todos. Una supresión de trabas y barreras para garantizar la igualdad de oportunidades. Una apertura de las instituciones para poner fin al monopolio del poder y a esa entente entre políticos y ciertos empresarios para el reparto de rentas, caldo de cultivo donde se desarrolla la corrupción.

Las reformas no consisten en subir impuestos o recortar temporalmente ciertas partidas de gasto. Se trata de ajustar el tamaño de la administración a los servicios públicos esenciales, de eliminar los chiringuitos creados para colocar a los cercanos y de plantear desde cero el reparto de competencias entre Estado, autonomías y ayuntamientos con criterios de eficiencia. En interés del ciudadano, no del político.

Tampoco consisten en añadir leyes y más leyes a las cientos de miles existentes sino justo lo contrario. Implican una simplificación legislativa que elimine las restricciones a la competencia, permita la acción de los emprendedores y suprima los amplios márgenes existentes para la concesión de privilegios a costa del resto de los ciudadanos. Pocas normas, justas y sencillas constituyen la mejor vía para alcanzar la seguridad jurídica, el cumplimiento de las leyes, las relaciones impersonales e institucionalizadas, la libre competencia política y económica, la selección por mérito y la igualdad de oportunidades. Estas reformas también incluyen cambios en los sistemas electorales que permitan mejor representación y más eficaces controles sobre los gobernantes.

Aunque algunos políticos hablen de reformas, es poco probable que cometan semejante atentado contra sus privilegios. La regeneración de la vida pública, la apertura de puertas y ventanas para que corra aire fresco sólo pueden venir de la sociedad civil, de ciudadanos comprometidos, conscientes de la vital encrucijada y propensos a aportar su esfuerzo. Y dispuestos a aplazar sus diferencias para impulsar unas reformas que beneficien a la mayoría. Quizá se escuchen los primeros ecos.


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