En el límite

Abdicación: un sorpresivo debate

Pareciera que los hados, tan favorables antaño, se han conjurado últimamente contra la Corona. Viento en popa, la vela de Juan Carlos recogía todas las brisas, avanzando sin temor entre bajíos y arrecifes. Hasta que un día, un yerno codicioso, una peligrosa cacería de elefantes, una dudosa compañía femenina y una caída tan fortuita como inoportuna… daban al traste con tan feliz trayectoria. Y, para colmo, su propia hija, imputada, prestará declaración en el juzgado. Obligada, no motu proprio, pero haciendo de la necesidad virtud.

¿Se ha ensañado el destino con el Rey? Es muy improbable. La culpa, querido Bruto, no es de nuestra mala estrella sino nuestra”. El crepúsculo de la Corona es la culminación de un proceso de degradación cuyas raíces se hunden décadas atrás. Un fenómeno que corre parejo a la acelerada descomposición del Régimen de la Transición. Sin embargo, la caída no es lineal sino que, sospechosamente, tiene un antes y un después. Hay un indeterminado momento crucial, un punto de no retorno a partir del cual algunos medios de comunicación, siempre amordazados por la más estricta autocensura, comienzan a airear las vergüenzas del Monarca, como si éste hubiera perdido el favor de ciertos grupos de poder que antes brindaban su apoyo incondicional. ¿Qué pudo causar este cambio de actitud?

Todo comenzó en la Transición, cuando se estableció una profunda divergencia entre las funciones que la Constitución otorgaba al Rey y el papel que verdaderamente representaría. Las “instituciones informales”, esas normas no escritas basadas en costumbres y acuerdos tácitos entre los círculos de poder, marcaron desde el principio la actuación de la Corona, sustituyendo a las leyes. Y transformaron radicalmente las perspectivas vitales de Juan Carlos. Quien ejerce meras funciones representativas y moderadoras carece de oportunidades para introducirse en el tráfico de prebendas. Difícilmente puede otorgar favores quién nada decide. Sin embargo, el Rey conservó de facto, parte de los poderes heredados.

Los moscones alrededor de la miel

En la práctica, Juan Carlos mostró siempre una gran capacidad para influir en la política nacional o para teledirigir la acción de los servicios secretos, la fiscalía, la abogacía del Estado o la Agencia Tributaria. Y, como muestra del acrecentado poder, proliferó a su alrededor una caterva de dudosos personajes que, sin tratarse de los Reyes Magos, ofrecían numerosos regalos. En busca de favores, claro. El revoloteo de los moscones delataba el escondrijo de la codiciada miel. Encaja en este esquema el caso Urdangarin, con políticos y empresarios accediendo de buen grado a abultados pagos al considerar, presuntamente, que estaban comprando futuros favores del Rey. 

La inviolabilidad del monarca, justificada para las actividades oficiales, se extendió abusivamente a todos los aspectos de su vida privada. Los políticos no fueron conscientes de que se trataba de un arma de doble filo pues esta inviolabilidad no implica que la responsabilidad quede en suspenso o impune sino que recae sobre las autoridades que refrendan, por acción u omisión, presuntamente sus actos. El Rey no es procesable pero si cometiere alguna irregularidad, la infracción podría ser atribuida al gobierno correspondiente. 

Los poderes informales del Rey, el carácter exhaustivo de la inviolabilidad, la ausencia de oportunos mecanismos de control sobre la Corona y la radical opacidad, condujeron irremisiblemente a comportamientos peligrosos, de difícil digestión. Sin embargo, la mayor parte de la prensa, ejerciendo su proverbial autocensura, ofrecía invariablemente una visión tan falsa como idealizada del Monarca, ocultando o edulcorando los aspectos más vergonzantes. Hasta que, a partir del batacazo de Botsuana comienza a hablarse abiertamente, no ya en petit comité, de sus negocios, de su agitada vida privada o de la abultada fortuna que la prensa extranjera le atribuye. Como la Monarquía se fundamenta en aspectos emocionales, los lazos de afectividad con el pueblo se rompen definitivamente una vez comprobada la falta de ejemplaridad de su titular. Y el agua sucia embalsada en la enorme presa fluye rápidamente a través de las grietas y resquicios, agrandándolos paulatinamente hasta que todo se desmorona.

De repente, el debate de la abdicación

Si por muchos años se mantuvo en pie el castillo de naipes, si durante décadas la prensa ocultó eficazmente la información comprometida, ¿cómo se explica el cambio de actitud? ¿Cuál fue la colosal fuerza que volteó la tortilla hasta lograr que el Rey perdiera por primera vez la batalla de la opinión pública, impulsando el debate de su abdicación? Puede que el cántaro se rompa al frecuentar tanto la fuente. O que una determinada gota colme el vaso de la paciencia. Incluso que Internet haya quebrado el férreo control político sobre la información, debilitando las bases de la autocensura.

Pero tampoco es descartable que nos encontremos ante una de esas despiadadas luchas de facciones que caracterizan los finales de Régimen. Al igual que en los estertores del franquismo, algunos grupos podrían haberse alineado con el Príncipe y, aprovechando la mala salud de Juan Carlos, impulsado por métodos variados una abdicación que desplace, en su beneficio, a los que se encuentran en la órbita del Rey. Un nuevo, y posiblemente estéril, intento de reproducir en el futuro ese sistema de intercambio de favores que ha caracterizado el Juancarlismo.

Nada resolverá una abdicación sin enmendar los graves defectos de diseño del sistema político, verdadera causa del presente desastre. Quienes  argumentan que el Príncipe está muy “preparado” olvidan que la Monarquía no puede basarse en las cualidades o la buena voluntad de su titular sino en estrictas reglas, adecuadas leyes, eficaces mecanismos de control y garantía de trasparencia. El simple cambio de persona podría conducir a frustración y a un acrecentado desgaste. La sola idea de un Felipe intentando tejer con los mismos mimbres que su padre ofrece una perspectiva muy poco prometedora. 


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